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Su mamá es cocinera, su papá albañil: la historia de la primera soprano transexual del Teatro Colón

Ingresó al coro estable como tenor, cuando tenía su identidad de varón. Hoy se llama María Castillo de Lima y es soprano. ¿Cómo cantaba antes de cambiar su identidad de género? ¿Cómo canta hoy? Escuchala en esta entrevista exclusiva con Infobae Docs. Una nueva edición de #VidasTrans

Están por cumplirse 10 años del día en que le dijeron que sí. María todavía no era María sino un tenor de frac que se había preparado desde la niñez para ese momento. Están por cumplirse 10 años del día en que un jurado evaluó exhaustivamente las aptitudes vocales, musicales y el modo en que ese joven de 24 años pronunciaba en los idiomas asociados a la ópera (italiano, alemán, francés y ruso) antes de decirle «sí, sacaste el puntaje más alto de la audición, estás adentro: desde hoy sos parte del coro estable del Teatro Colón».

Fue acá mismo que ese tenor, que desde los 10 años había perfeccionado sus registros vocales masculinos, empezó a escuchar otra voz interior, en el sentido más literal de la frase: la voz aguda de esta soprano que ahora entra al salón dorado del Teatro Colón de largo, con una sonrisa permanente, los labios rojos, pestañas postizas y el cabello rubio y ondulado envuelto en una diadema brillante.

Es miércoles, es mediodía y el Teatro Colón está en silencio. María Castillo de Lima cuchichea con el director de orquesta César Tello, su amigo, que ya está sentado al piano. María mira a la cámara de Infobae Docs, empieza a cantar la entrada de Turandot, de Giacomo Puccini, y es como tirar un pedacito de pan en un lago artificial: todos los turistas que están haciendo la visita guiada por el teatro se desordenan y salen a buscarla, celulares en mano, guiados por el llamado de su voz.

De tenor a soprano
María tiene 33 años, nació en las afueras de San Pablo, Brasil, y tiene un hermano y una hermana. Su mamá es cocinera y brasileña -descendiente de la última generación de esclavos-, su papá es albañil y argentino. Fueron y vinieron de un lado y del otro de la frontera y se instalaron definitivamente en La Plata cuando ella era un niño de 7 años.

«Desde chica yo escuchaba a mi mamá cantar en casa», dice María, sentada en una silla de pana y dorado, una de las pocas que no son patrimonio histórico en este salón. «Mi mamá tiene una voz de soprano muy aguda y mi papá toca la guitarra pero ninguno de los dos se ha dedicado a la música profesionalmente. Bueno, mi mamá ahora dice que pudo hacerlo a través mío», sonríe

Le cuelga un bordado de canutillos brillantes de los hombros, se mueve en un ambiente tradicionalista, sus casas son los teatros dedicados a la música académica, al ballet, a la ópera y, sin embargo, no tiene ningún reparo en contar de dónde vienen sus padres. «Al contrario: yo creo en la riqueza de las personas, no en la profesión o el nivel académico al que llegan. Ellos aman tanto la música, el arte y a su familia que soy consciente de que si ahora estoy en este teatro en gran parte se lo debo a ellos«.

A los 14 años, en paralelo al secundario, cursó el profesorado de educación musical, el de canto y el de piano en el conservatorio Gilardo Gilardi, en La Plata. Era un adolescente que «obviamente no se perfilaba dentro de la heterosexualidad» pero dice que siempre estuvo «más allá del género» y que su carácter -una mirada positiva de la vida, una profunda convicción espiritual- fue clave para no tomar las opiniones ajenas dramáticamente.

Que no vive la identidad de género con la que ahora se auto percibe como un drama se ve en las palabras que elige para contar su historia: «En cuanto a mis padres, ellos habían observado esta cualidad mía», dice. «Sin embargo, no se hablaba del tema, era algo tácito. Más adelante, cuando afloró esta persona que soy hoy, a ninguno le cayó como una sorpresa desagradable, todo lo contrario. Mi madre me dijo que siempre supo que no tenía una sola hija sino dos, y que ahora me ve mejor que nunca».

Sus padres -se seca las lágrimas con pequeños golpecitos para que no se le corra el maquillaje cuando habla de ellos- son evangélicos. Cree en un poder superior María, en un poder con el que conecta cuando canta. No cree en una religión ni en una iglesia pero dice «gracias a Dios», «Dios quiera que pueda seguir progresando» y que se siente acompañada por la Virgen de la Medalla Milagrosa. Ninguna creencia, sin embargo, obstaculizó su decisión personal de cambiar su identidad de género. Tampoco la creencia de sus padres. 

Fue en 2011, un año después de haber ingresado al Colón, que inventó un personaje de mujer llamado «Vkallasova»: «Un modo de que la gente del ambiente de la música académica se fuera acostumbrando a mi nueva identidad de género», cuenta. María le tiene un cariño especial a «la Vkallasova» porque, a través de ella y por primera vez en su vida, se puso en la piel de una mujer y se mudó a una de las tres cuerdas femeninas (soprano, mezzosoprano y contralto).

La transición de aquel tenor (uno de los tres registros masculinos, además de barítonos y bajos) a esta soprano transexual no fue de un día para el otro. Dos años después, empezó a cantar como soprano con la misma compañía con la que el mes pasado hizo de mujer y madre en «Norma». En 2013 empezó los trámites, el cambio de ropa, eligió su nombre. En 2014 llegó su nuevo DNI.

Cuenta que, a diferencia de lo que les pasa a otras mujeres trans, no fue hasta los 25 años que sintió «el llamado» a cambiar de género: «Tal vez inconscientemente haya habido cosas. Mi mamá dice que yo siempre dibujaba a una mujer con instrumentos musicales. Era una mujer muy refinada, muy rococó, con un arpa, un leopardo y una casa antigua. Bueno, esa mujer se terminó convirtiendo en mí», dice, y se tienta de la risa por lo pomposo del recuerdo.

El año pasado, María Castillo Lima compitió como soprano en el «Primer concurso internacional de canto lírico Ópera Mendoza», organizado por la famosa soprano argentina Verónica Cangemi. Ganó el segundo premio, lo que le dio una visibilidad mundial. Se llevó, además, tres mil dólares, un lugar para actuar junto a los otros ganadores en el Centro Cultural Kirchner (CCK) y otro para dar un recital como soprano solista en Tenerife, España.

Hay una marcha con bombas de estruendo fuera del teatro y falta poco para la hora del ensayo general, adentro. Están por cumplirse 10 años desde que el Colón se convirtió en su casa y dice María que sigue siendo su «lugar sagrado», su «templo». Que un día anda por el bar y se cruza con Plácido Domingo, que otro día sube al ascensor y adentro está el pianista y director de orquesta Daniel Barenboim. Que el día que está llegando tarde, a su lado, la pianista Martha Argerich también camina rápido para no llegar tarde.

(Fotos: Diego Barbatto)

(Fotos: Diego Barbatto)

«Si unos años atrás me hubieran hablado de una mujer trans en un teatro de revista de la calle Corrientes, yo habría pensado ‘fantástico’. Pero si me hubieran hablado de una persona transexual en el Teatro Colón, yo habría dicho ‘uf, pobre’«, dice María. «Bueno, tal vez mi historia deje una huella y sirva para mostrar que las personas transexuales no tenemos por qué estar a un costado de la vida común de cualquier otro profesional».

Después se pone de pie, se retoca el maquillaje de los labios y le hace una seña al «maestro Tello», que todavía la espera en el piano. Se yergue María, infla el pecho, mira un punto fijo entre todo este dorado y empieza a cantar Casta Diva, de Vincenzo Bellini. Ninguno de nosotros entiende la letra pero, apenas termina y la cámara de Infobae Docs se apaga, varios -turistas incluidos- nos frotamos los brazos: señal universal de piel de gallina.

Fuente:Infobae

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