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Rafael Nahuel: un fusilado que vive

A dos años del asesinato por la espalda de Rafita, una reconstrucción minuciosa para entender por qué el joven estaba junto a la comunidad, y por qué la Prefectura llevó adelante un brutal operativo de tres días en el lof Lafken Winkul Mapu Lago Mascardi, donde recuerdan lo que gritaban los efectivos para arengarse: «¡Maten a un indio!»

Aylén Tapia es música. Mujer mapuche. Weichafe (guerrera) y Lawentufe (persona que sana con las plantas). Hace dos años ella estaba en el lof de Villa Mascardi, ubicado a 30 kilómetros de Bariloche, acompañando la recuperación territorial de la comunidad, cuando en la madrugada del jueves 23 de noviembre irrumpieron efectivos de Prefectura, bien de noche, monte adentro, dispuestos a desalojarlos a fuerza de represión y violencia. Ella, junto a otras tres mujeres y sus niñxs que dormían, fueron detenidxs, maniatadxs y maltratadxs.

Cuando nos liberaron, el primero en venir a darme un abrazo fue Rafa. Me pedía perdón por no haber estado, como si él hubiera podido detener semejante aparato represivo”. Luego Rafa se iría al lof, a llevar comida y abrigo a sus hermanos que habían quedado en la montaña —sin nada— desde la noche anterior.

“Rafa no era un niño que de casualidad acompañaba a su familia. Rafa era un weichafe. Él sabía por qué estaba ahí. Estaba luchando. Sus palabras eran “vamos a ayudar a construir la ruka (casa) a la machi y después voy a empezar a construir mi ruka”. Él se quería ir a vivir al territorio, sabía todos los problemas que genera la ciudad. Cómo todos los pibes caían en las drogas. Y no quería eso para él. Quería irse a vivir al territorio porque sabía que la vida mapuche viviendo dentro de la cosmovisión es lo mejor que le podía pasar, y eso lo tenía muy claro”, remarca Aylén.

«Rafa se quería ir a vivir al territorio, sabía todos los problemas que genera la ciudad. Cómo todos los pibes caían en las drogas», remarcan

Al día siguiente, el grupo Albatros iría tras de quienes lograron huir de la represión, a cazarlos. Por la espalda, el prefecto Javier Pintos le disparó un balazo letal a Rafa Nahuel.

“En el primer procedimiento, cuando a nosotras nos llevan detenidas, fue una represión. Pero cuando ocurrió lo de Rafa fue un fusilamiento. Fueron a matar y se fueron. Los pibes tuvieron que bajar el cuerpo”, señala.

Recapitular
La comunidad hizo público su proceso de recuperación territorial ancestral el 10 de noviembre de 2017, en una parcela que figuraba como perteneciente a Parques Nacionales. “Basados en la necesidad en la que nos encontramos, luego de ser reducidos, reubicados y despojados de nuestra mapu por parte de los wingka (…) acá se levantará una autoridad espiritual ancestral, que -como puelche- hemos venido pidiendo en nuestro ngillipun/rogativa, la cual fortalecerá y ayudará a establecer nuestro Puel Mapu”, decía el comunicado lof Lafken Winkul Mapu.

Inmediatamente, el gobernador Alberto Weretilnek la declaró como una decisión “inadmisible”. Y una semana antes de que en Bariloche se congregara la comisión organizadora del G20, la orden de desalojo a cargo del juez federal subrogante de Bariloche Gustavo Villanueva, se puso en marcha.

 

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“Una nena se asustó y salió corriendo atrás mío, la agarré y nos escondimos. Se escuchaban tiros, era de noche todavía. Vieron a la nena primero, que lloraba, y me levantaron del piso, me pegaron en las piernas, nos patearon, me pegaron en la cabeza, me sacaron a la nena. A una lamien (hermana) le hicieron comer tierra para hacerla callar. La estaban asfixiando. Le pegaron. Después nos empezaron a bajar. Cuando íbamos bajando vi a las otras chicas que estaban con sus hijos, y estaban todas reducidas. Les tiraron gas pimienta cuando ya estaban reducidas y no las dejaban acercarse a sus nenes. Estaban todas con precintos. Los nenes lloraban porque tenían gas pimienta. Estuvieron toda la mañana llorando, no tuvieron asistencia. Esto fue tipo 5 de la mañana y recién a las 11 del mediodía nos llevaron para la comisaría”, recuerda Aylén.

Horas más tarde, ese mismo 24, se convocó a la población mapuche y a la sociedad consciente a pedir por la liberación de las compañeras detenidas, y se solicitó un recurso de amparo para la comunidad, que ya temía —por el grado de saña con que actuó Prefectura— que aquello no terminaría allí, y que irían tras el resto de quienes habían logrado escapar, que estaban en el cerro, acorralados.

Desde la madrugada de aquel 23, hasta la tarde del sábado 25, el grupo Albatros de Prefectura, cargado con armas de guerra, ejecutó una verdadera cacería. Los corrieron hasta arriba de la montaña, más allá de los límites de Parques Nacionales. Los persiguieron disparando a diestra y siniestra. Los weichafe (guerreros) de la comunidad intentaron defenderse, y defender a su gente, ejerciendo la “autodefensa”, como ellos mismos denominan al hecho de arrojar piedras. Pero nada le gana a las balas. Y las 9 milímetros del Grupo Albatros llovían, de abajo hacia arriba, en una jornada eterna y salvaje.

Desde la comunidad ejercieron la “autodefensa”, como llaman al hecho de arrojar piedras. Pero las 9 milímetros del Grupo Albatros llovían

“Un prefecto gritaba ‘¡Avancen mierdas!’ y seguían tirando. ¡Ta, ta, ta, ta! Nos persiguieron así hasta la noche del jueves. Ya estábamos a mil metros de altura, bien arriba del cerro, y se veían como seis drones y dos helicópteros, uno de Policía y uno de Gendarmería. Nos separamos en grupos para pasar la noche; dormimos ahí en el medio del cerro. Teníamos hambre, sueño, frío, sed y habíamos corrido tanto, y nos habían tirado tantos tiros… ¡tiros de fusil! ¡En el medio del monte!”.

El viernes por la noche llegó Rafa junto a otros peñi (hermanos mapuche). Les traía abrigo y alimento. Pasaron la noche, y al día siguiente, el sábado, ya no se veían los drones y parecía que se había calmado la situación.

“Ahí empezamos a bajar unos diez o quince metros como mucho, y escuchamos de nuevo: ‘¡Maten un indio! ¡Maten un indio de una vez!’, y de nuevo las ráfagas: ¡Ta, ta, ta, ta! Al lado había unos árboles secos y todas las balas que nos tiraban daban en los árboles y se veía cómo saltaban todas las astillas. Y ahí un peñi grita, ‘¡Le dieron a uno, le dieron a uno!’. ‘¿A quién? ¿a quién?’. El Rafa estaba guardando su mate recién, y le gritamos, ‘¡Rafa escondete!’, y apenas Rafa se agacha y se da vuelta, caeFue un tiro de fusil. Voló. El tiro vino de tan cerca que lo voló”, se detalla en Reunión, una publicación donde el lof Lafken Winkul Mapu relata en primera persona y cuenta por primera vez las razones de la recuperación territorial y todo lo acontecido esos días.

Una de las razones fundamentales de esta recuperación para el pueblo mapuche es que está renaciendo una Machi. “Aquí, en Wall Mapu, en la parte argentina, hace cien años que no se levanta una autoridad ancestral, la machi. La machi se ocupa de la salud del lugar, no sólo de la salud de las personas, sino de la salud del lugar mismo, de restablecer el equilibrio en un territorio. Hoy tenemos una machi en Winkul Mapu, y por eso fueron a matar a Rafa ahí. Ellos se hacen los que no saben nada, que no nos respetan, porque no saben nada de nuestra espiritualidad. Y sí saben. Y por eso encarcelan machi, lonko, werken. Por eso los primeros lugares que pisan, que violentan, que maltratan, son los lugares sagrados. Saben que así debilitan a una comunidad. Saben que así dejan a la comunidad como un cuerpo sin cabeza”, explica Soraya Maicoño en Reunión.

 

Mentiras televisadas
La teoría del «enfrentamiento», desplegada por la ministra Patricia Bullrich y los medios de comunicación devotos a su doctrina; las afirmaciones insostenibles de la vicepresidenta Gabriela Michetti, quien desde la mesa de Mirtha Legrand aseguraba que los mapuche portaban armas de guerra, que eran “terroristas del RAM”; la ausencia de Parques Nacionales en las distintas instancias de las mesas de diálogo pedidas por los organismos de derechos humanos y la propia comunidad; todo esto sumado a un sinfín de causas armadas contra todos los que pudieron identificar, es decir, personas que se solidarizaron en las marchas pidiendo justicia y fueron detenidas y judicializadas, espiadas y criminalizadas, generaron un escenario que se prolongó hasta la actualidad.

A dos años de su asesinato, la justicia para Rafa no llegó, como tampoco llegó el diálogo político. Y el único imputado, el prefecto Pintos, fue beneficiado.

Sin embargo, tras casi dos años, la Justicia no llegó para Rafa, como tampoco llegó el diálogo político. Además, paradójicamente, el único imputado por el asesinato de Rafita —el prefecto Francisco Javier Pintos— fue beneficiado luego de que la Cámara Federal de Casación Penal anulara su procesamiento.

El único procesado en las causas que involucran al lof Lafken Winkul Mapu es Lautaro, uno de los peñi (hermano mapuche) que bajó el cuerpo herido de Rafa para intentar salvarle la vida, poniendo en riesgo la propia, entregándose a manos de los Albatros, junto a Fausto Jones Huala, el otro portador de la improvisada camilla con la que asistieron a Rafita, llevando la esperanza de que sobreviviera al furibundo balazo.

A Rafa lo mataron por la espalda. No debe haber algo más terrible. No sé si será la inconsciencia de no poder mirarte a los ojos. ¡Mirame a los ojos! Yo sé por lo que estoy luchando. Y sé que mi lucha es completamente indispensable y válida. ¿Me podés mirar a los ojos realmente?”, pregunta Aylen.

“A Rafa lo mataron por la espalda. No debe haber algo más terrible. ¡Mirame a los ojos! Yo sé por lo que estoy luchando», dice Aylén

Rafa murió de un cobarde tiro por la espalda. Las balas las disparó Prefectura. Pintos fue quien lo ejecutó. Pero las órdenes venían de arriba, y eran claras. Patricia Bullrich, y su —por entonces— jefe de Gabinete, Pablo Noceti, el juez Villanueva, el juez Moldesla fiscal Little, los responsables políticos de la muerte de Rafa, aún gozan de impunidad y ocupan sus puestos en el aparato represor del Estado.

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