Opinión

Homo (In)Mobile

UNO Desde el pasado miércoles, gente hablando sola y llorando acompañada por calles y ramblas y paseos, luces extrañas en los altos de la Sagrada Familia, manadas de ballenas suicidándose en las playas de la Barceloneta, sardónicos y sardánicos separatistas hablando en lengua y diciendo cosas aún más raras de las que suelen decir y ya no cantando «El Segador» sino temiendo al Grim Reaper. Todo eso y mucho más. Terremoto emocional y económico ante la confirmación de lo que ya se venía anticipando desde hacía días, gota a gota y compañía a compañía que se bajaba del evento como víctimas en serie en una de Agatha Christie: la suspensión del Mobile World Congress –a realizarse del 24 al 27 de febrero– por «preocupación global» por el coronavirus «y otras circunstancias». El MWC caído y todos de pie para presentar sus respetos. Joya de la corona expositora/congresera de la Ciudad Condal desde el 2006 con contrato firmado hasta el 2023 pero –de un tiempo a esta parte– no del todo en firme; porque Barcelona ya no es lo que era y por momentos es más bien Badcelona/Madcelona aprovechando cualquier tipo de protagonismo mundial para «internacionalizar El Conflicto» jodiéndole la paciencia a visitantes y locales.

«Una ciudad en vilo por su gallina de los huevos de oro», cacareaba días atrás El País. Cien mil visitantes para éxtasis de taxis, hoteles, dealers de lo que se precie y precise y aprecie, autos de alquiler, restaurantes, azafatas de stands, discos, bares, afters, escorts multisex. Compra de entradas que van de los 799 a los 4999 euros, 30% de la facturación anual de la Fira de Barcelona, 14.000 puestos temporales y casi 500 millones de euros a recaudar. Limitless era el slogan de la convocatoria del MWC 2020 pero todo tuvo un límite. Y no es que Rodríguez esté contento por lo sucedido y por lo que significa para tanto trabajador; pero tampoco se siente exactamente infeliz por que se desenchufe un tanto la histeria consumista y consumidora de/por los gadgets. Y sí disfrutó contemplando en noticieros el pasmo asmático de las poco autorizadas autoridades políticas de una ciudad siempre más preocupadas por premiar lo pasajero que por atender a lo residente. Y no le parece mal que, por un rato, se deje de hablar tanto acerca de la irreal independencia para pensar un poco en la dependencia real.

DOS Ahora, claro, la pandemia de la conspiranoia y la teoría fake y las acusaciones cruzadas y las preguntas en cuanto a quién pagará el pato (o el murciélago) por los costos de lo que ya no se cobrará invocando force majeure o alguna otra letra más pequeña que los microbios. Y abundan, claro, los virales monólogos on line que alguna vez fueron conversaciones. ¿Por qué no se suspenden congresos/ferias en Ámsterdam, Berlin, Madrid, París o Ginebra? ¿No se consideraron suficientes o efectivas las medidas sanitarias dispuestas para el predio ferial (y no para la ciudad entera, claro)? ¿Y qué tal la revelación de que pocos focos de propagación son más potentes y efectivos que el andar pasando el dedo por pantallitas? ¿Acaso no le caía bien el Mobile a la plácida y sonriente alcaldesa-hada madrina de Barcelona y lo quiere mucho la presidenta de la Comunidad de Madrid siempre con esa mirada de opiómana actriz de cine mudo? ¿O quizás boicot encubierto marca Trump de compañías occidentales a lo oriental? ¿Temor a demandas multimillonarias de empleados posiblemente contagiados? ¿Represalia por las ganas españolas de aplicar la Tasa Google? ¿Es verdad que Wuhan es una ciudad que se especializa en el estudio de bacterias surtidas y que se escapó alguna? ¿Y que hay de eso de que la implantación ciudadana de tecnología 5G puede resultar en florecimiento de tumores surtidos? ¿Por qué Sabina se cayó de un escenario madrileño justo cuando daba entrada a «Mediterráneo» de Serrat días después de actuar/incubar en el Sant Jordi? ¿La OMS sabrá tanto (más bien poco) sobre brotes de mala salud como el FMI a la hora de anticipar crisis financieras? ¿Tiene sentido angustiarse tanto por algo que mata a mucho menos personas que la gripe normal año tras año? ¿O tal vez será que los magnates informáticos manejan mucho mejor y más atemorizante información que los desinformados pobres?

Así, Rodríguez no puede evitar pensar que es por aquí que transcurre la pestífera saga [•REC]. Y se acuerda de la impresión que le produjo –según Wikipedia ahora con «renewed popularity» por profética– la película Contagion. Y se entera de que acaba de publicarse una especie de secuela post-mortem de La amenaza de Andrómeda y de que se viene nueva miniserie de The Stand. Y no hace mucho se estrenó ese documental en Netflix titulado Pandemic: Rodríguez empezó a verlo pero no aguantó a esos científicos afirmando que la propagación de «algo» que fulmine a buena parte de la humanidad ya no pasa por si tendrá lugar sino por cuánto falta para el doblar y redoblar de campanas.

TRES La noche de la cancelación del MWC Rodríguez se va a la cama y tiene tos y escalofríos y líneas de fiebre y dolor de articulaciones. En resumen: tiene miedo. Y sueña raro. Sueña uno de esos entrecortados sueños víricos y virales. Son breves sueños como estáticos mensajitos de móvil enviado a un uomo immobile. Sueña con que un president catalán no duda en afirmar que el coronavirus no afectará a los «catalanes autóctonos» genéticamente más cercanos a los franceses que a esas «bestias con forma humana y que padecen un pequeño bache en su cadena de ADN» que son los españoles. Sueña con que un colega bromea que «en China hay tantos más muertos que los que admiten que pronto van a dejar de comer chino para comer chinos, juá juá juá». Sueña con que comienzan a ser atacados esos rebaños de turistas orientales siempre cubiertos por barbijos y se les grita –con rocío de saliva incluido– por qué se protegen tanto fuera de casa si son ellos los que lanzan al mercado estos flagelos al mundo. Sueña con que su hijo lo cita para presentarle a su novia y que ésta resulta ser Greta Thunberg (Rodríguez se entera de que su segundo nombre –¿será posible?– es Tintin) quien, apenas lo ve, le aúlla «¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves?» Y Rodríguez se despierta pensando que es una buena pregunta teniendo en cuenta que, desde hace tiempo, él no se atreve a casi nada y, mucho menos, a abrir la boca porque así, supone, sus posibilidades de contagio serán menores.

Así que baja al bar y pide café y ensaimada y no pide prestado el periódico ya manoseado por tantos y decide comprarse el suyo. Y sí: páginas enteras de noticias infecciosas (Rodríguez piensa que, en verdad, el Mobile World Congress es casi un intimidante virus en sí mismo). Y que la Organización Mundial de la Salud ha avisado que el tiempo de incubación es mayor del que se pensaba (y que los contagiados son cada vez más). Y que la obtención de una vacuna demorará unos dieciocho meses. Y que se ha resuelto rebautizar al coronavirus (para quitarle peso dramático a su nombre y mientras se diseña su inevitable emoji) con el impersonal Covid-19.

«Suena a modelo nuevo de teléfono móvil», piensa Rodríguez.

FUente: PAGINA12

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