Medio Ambiente

«Los valores sobre los que descansa el progreso no son para nada universales». Entrevista con Serge Latouche

Un célebre periodista ecológico escribía recientemente “La mundialización, sean cuales fueren las condiciones en las que se ha hecho, es también una suerte. Ella permite una nueva expansión del imaginario”[2]. Usted, al contrario, no cesa de insistir en el igualamiento que engendra la mundialización, la destrucción de culturas enteras, de lenguas, de modos de vida, y afirma que el desarrollismo es “etnocida”[3]… ¿Podría usted volver sobre este análisis central en su obra?

Serge Latouche: Primero pongámonos de acuerdo en lo que hay detrás de las palabras. Lo que tras la caída del muro de Berlín hemos llamado “mundialización” no es sino el advenimiento del triunfo planetario de la sociedad de mercado, la total omni-mercantilización del mundo, mientras que la mundialización de los mercados existe desde al menos 1492, cuando los amerindios estupefactos descubrieron a un tal Cristóbal Colón. Esta “globalización” del mercado marca el momento en que se pasa de una sociedad con mercado a una sociedad de mercado. Entonces la economía ha fagocitado totalmente lo social o casi, y por tanto también a la cultura. En este sentido, la mundialización es sólo una suerte para las firmas multinacionales y sus vasallos. El imaginario que la acompaña no es otro que el de la religión de la economía (sobre todo ultra-liberal) y de la tecnociencia, y no el del mestizaje de las culturas. Se trata más bien del remate de la occidentalización del mundo.
El etnocidio no atañe, pues, ya solo a los países del Sur como en tiempos de la colonización, del imperialismo y del desarrollismo, sino que se convierte en algo planetario. Según el filósofo Slavoj Žižek, somos todos indígenas en el devenir de un capitalismo planetario. Si nos remontamos hacia atrás en la historia, esta mundialización es la continuación de la era del desarrollismo que a su vez siguió a la de la colonización. Hay que entender bien que en todas las civilizaciones, antes del contacto con Occidente, el concepto de desarrollo estaba del todo ausente. En varias sociedades africanas, la palabra misma desarrollo no tiene traducción en la lengua local. Así, en wolof se ha intentado encontrar el equivalente del desarrollo en una palabra que significa “la voz del jefe”. Los cameruneses de lengua etón son más explícitos aún, y hablan del “sueño del Blanco”. Y podríamos multiplicar los ejemplos[4].

Esta ausencia de palabras para nombrarlo es un indicador, pero no bastaría para probar la ausencia de toda visión desarrollista. Tan sólo que los valores sobre los que descansan el desarrollismo, y particularmente el progreso, no corresponden para nada con aspiraciones universales profundas. Estos valores están ligados a la historia de Occidente, y probablemente no tengan ningún sentido para otras sociedades. En lo que respecta al África negra, los antropólogos se han percatado de que la percepción del tiempo se caracteriza por una clara orientación hacia el pasado. Así, los sara del Chad estiman que lo que se encuentra detrás de sus ojos y que no pueden ver, es el porvenir, mientras que el pasado se encuentra delante, puesto que es conocido. Parece que esto es bastante común y no solamente en África; pero para no dejar de ser precisos, digamos que esta representación no facilita la aprehensión de una noción como la del progreso, que es sin embargo esencial para el imaginario desarrollista. A esto habría que añadir la ausencia general de la creencia del dominio de la naturaleza en sociedades animistas. Si la serpiente pitón es mi antepasado, tal y como piensan los achantis, a menos que no sea el cocodrilo, como para los bakongo, difícil será el hacerse cinturones y billeteras con su piel. Si los bosques son sagrados, ¿cómo explotarlos racionalmente? Aún hoy en África, nos topamos con este tipo de obstáculos al desarrollismo.
Es interesante notar que reencontramos en estas visiones africanas la aspiración al buen vivir[5] de pueblos amerindios que desembocaron recientemente en clamorosas reivindicaciones alternativas al desarrollismo, y que como escribe Françoise Morin “se distinguen de la noción del ‘vivir mejor’ occidental, sinónimo de individualismo, de desinterés en los demás, de búsqueda del provecho, en donde se hace necesaria la explotación de los hombres y de la naturaleza”[6]. En América del Norte, también encontramos, en cierto número de grupos amerindios, esta noción del buen vivir y en particular en los cri[7].
Incluso en la India brahmán, tal y como analiza Louis Dumont, si bien los valores que se acercan al desarrollo económico sin duda existen, estos participan del Artha, es decir de una esfera de actividad inferior. Los comportamientos implicados en el desarrollismo contrarían ampliamente la esfera más valorada, la del Dharma (el deber)[8]. En la visión brahmánica, la tarea del hombre según Madeleine Biardeau “es únicamente la de mantener lo que existe primeramente a través de una actividad ritual”. Toda otra actividad pondría en peligro el orden cósmico[9].
Lejos de los mitos en que se funda la pretensión de la dominación de la naturaleza y la creencia en el progreso, la idea del desarrollo está totalmente desprovista de sentido y las prácticas que van a él asociadas son rigurosamente imposibles por impensables o prohibidas. La universalización del homo-economicus significa la destrucción de culturas y el triunfo de la lucha del todos contra todos, es decir una forma de regresión a una mítica ley de la jungla, en la cual el hombre se convierte en un lobo para el hombre. Lo que vemos menos es que esta hegemonía, este dominio de un orden mundial cuyos modelos —no solamente técnicos y militares, sino también culturales e ideológicos— parecen irresistibles, va acompañada de una reversión extraordinaria por la cual esta potencia es lentamente minada, devorada, canibalizada por los que son sus mismas víctimas.
L.D.: A pesar del hecho de que la búsqueda desenfrenada del crecimiento deja náufragos y destroza nuestro medio (la catástrofe ecológica está abundantemente documentada, regularmente salen informes sobre la extinción en masa de especies, la desertificación de territorios enteros, etc.), el decrecimiento parece una herejía, la carrera prosigue, y la pedagogía de las catástrofes no ha tenido lugar. ¿Nos hemos convertido en incapaces, aunque sólo sea, de imaginar otras formas de sociedad, no estructuradas alrededor del imperativo del crecimiento?
S.L.: No podemos decir que la pedagogía de las catástrofes no ha tenido lugar. Las disfunciones ineluctables de la megamáquina, contradicciones, crisis, riesgos tecnológicos mayores, averías, son fuentes de insoportables sufrimientos y son desgracias que no podemos más que deplorar. Sin embargo, son también ocasiones de tomas de conciencia, de rechazo, o de revueltas. Ciertamente, los ejemplos de catástrofes que no arrastran ningún cambio o, peor, que provocan repliegues que pueden conducir a reacciones de tip fascistas no faltan. La elección del presidente Trump es un buen ejemplo… No obstante, hay muchos ejemplos en sentido contrario. Acordémonos de que la inquietante canícula del 2003 ha hecho mucho más que todos nuestros argumentos para hacer oír la voz del decrecimiento y convencer al menos a una minoría de la necesidad de orientarse hacia una sociedad de abundancia frugal o de prosperidad sin crecimiento[20].
No es que nos falte imaginación para proponer alternativas a la civilización capitalista occidental, pero para desencadenar a nivel de las masas el detonante suficiente para romper con la tóxicodependencia del consumismo y proceder a la necesaria descolonización del imaginario, no podemos contar demasiado con la pedagogía de las catástrofes. El verdadero problema, como subraya Jean-Pierre Dupuy es que “no logramos darle un peso de realidad suficiente al porvenir, y en particular, al porvenir catastrófico”[21]. Ya que, como escribe Hans Jonas: “Más vale prestarle atención a la profecía de la desgracia que a la de la felicidad”[22]. Y esto no es por gusto masoquista del apocalipsis, sino precisamente para conjurarlo. La política de la avestruz es, en todo caso, la causa de una forma de optimismo suicida. Bien entendido, no hay ninguna certeza de que esto funcione a tiempo. Sin embargo, no perdemos nada intentándolo.
L.D.: Todas las sabidurías, las filosofías, las religiones insistían en la virtud de la templanza y de la necesidad de la autolimitación. Sin embargo, el decrecimiento parece hoy como una provocación última y la transgresión es proclamada como una norma. ¿Cómo explicar esta inmensa inversión, la pérdida del sentido y de la medida? ¿No tendríamos que volver a las bibliotecas para reconectar con una visión del mundo y una concepción de la existencia opuesta a la voluntad de poder que mueve nuestras sociedades?
S.L.: El decrecimiento implica ciertamente el “invertir nuestras maneras de pensar”, pero también, evidentemente, nuestras maneras de hacer. Para cambiar nuestros comportamientos a nivel colectivo, cambiar de sistema, de paradigma e incluso de civilización, en resumen para salir de la sociedad de crecimiento, hay que descolonizar (es decir antes de nada deseconomizar) nuestros imaginarios. Para ello, antes hay que comprender cómo estos han sido colonizados, y así, pues, hacer una metanoia, un recorrido inverso en el pensamiento. Las sabidurías, las filosofías, las religiones, como usted dice, que insistían en la virtud de la templanza y la necesidad de la autolimitación han sido abandonadas, inhibidas, traicionadas. Es una larga historia. Cada una de las etapas que ha desembocado en la sociedad globalizada de mercado es concomitante con cambios importantes en distintos órdenes: técnico, cultural, político, hasta llegar a la revolución digital y la instalación de lo virtual, la contra-revolución neoliberal, todas las cosas que hacen desaparecer las últimas barreras hacia lo ilimitado y la desmesura, en la emergencia contemporánea del imperio mundial del mercado. Liberarse de la capa de plomo de la ideología dominante, aun cuando la enorme máquina mediática se esfuerza en descerebrarnos, no es una tarea fácil. Felizmente, tenemos dos hemisferios en el cerebro y el izquierdo sigue resistiendo… Puede despertarse en todo momento. Toda esperanza no está pues perdida y conviene regocijarse serenamente del milagro de estar simplemente vivo.

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