Cultura

«Habitación Macbeth», un cuerpo lleno de fantasmas

Habitación Macbeth 9 Puntos

Actuación y dirección: Pompeyo Audivert

Música: Claudio Peña

Vestuario: Marta Davico, Mónica Goizueta

Escenografía: Lucía Rabey

Diseño de luces: Horacio Novelle

Asistencia de dirección: Marta Davico, Mónica Goizueta

Centro Cultural de la Cooperación, sábados a las 21 y domingos a las 20.

Pompeyo Audivert acuñó hace años el concepto de “piedrazo en el espejo” para hablar del teatro como máquina desmitificadora: se trata de una operación de enmascaramiento a través de fachadas aparentes (por ejemplo, textos clásicos de Armando Discépolo, Roberto Arlt o Florencio Sánchez en trabajos anteriores) que funcionan como unidad referencial para los espectadores; una vez establecida esa máscara, los procedimientos teatrales deben producir una rasgadura para des-ocultar esa apariencia y poner en crisis la ficción histórica. En Habitación Macbeth eso se produce no sólo por la operación shakesperiana misma sino también porque es el cuerpo de Audivert el que invoca y encarna a todos los personajes de esta adaptación. La obra es una clase magistral en la que se apedrea el espejo y se revelan las potencialidades que aloja el cuerpo de un actor. Puede verse sábados a las 21 y domingos a las 20 en el Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543).

Ese piedrazo en el espejo –no es casual que en sus puestas siempre haya uno como elemento escénico– ha sido ejecutado de diversas formas a lo largo de su trayectoria: en piezas como MuñecaLa farsa de los ausentes o la reciente Trastorno el mecanismo de enmascaramiento resulta más evidente que en experiencias como Edipo en EzeizaOperación nocturna Museo Ezeiza, propuestas algo más radicales que establecían otro tipo de convenciones. Esta adaptación de la tragedia de William Shakespeare parte de la premisa del actor como médium y habitáculo que aloja presencias esporádicas. El cuerpo de Audivert es visitado sucesivamente por la tríada de Brujas Fatídicas, Macbeth, Lady Macbeth y Banquo; su gran ductilidad vocal y corporal permite que se distinga la llegada de cada huésped en los distintos momentos de la pieza.

La puesta subraya algunas cuestiones que remiten a un contexto que –a diferencia de anteriores propuestas– ya no se ciñe estrictamente a lo nacional porque, tal como declaró Audivert a este diario, “se trata de un momento estallado, universal, donde se suspenden las cuestiones particulares”. Aparece la cuestión del poder y las máscaras de las que se vale la política (“Sonríe, Macbeth. Estamos haciendo política. Sonrisa y cuchillos”, recomienda Lady Macbeth cuando lo induce al crimen); la idea del mundo como teatro (en esta versión las brujas se presentan como adivinas y actrices del Páramo de Huesos, miembros de la Compañía de Hécate, esa reina del subsuelo que rodea la escena y echa su aliento sobre el actor, una deidad encarnada por el público detrás de sus barbijos); y también la idea de lo cíclico traducido en la dimensión de la representación (“Estamos haciendo lo mismo hace milenios: ustedes allí, en las sombras; yo haciendo lo que nadie se atreve”, dice Macbeth, y se queja de las permanentes resurrecciones).

Hay aquí una fuerza actoral poderosa que funciona como piedra basal: el registro oscila entre el grotesco (para Banquo y las Brujas) y un tono algo más convencional para Macbeth y su esposa. Pero a esa fuerza se suman elementos fundamentales: la música de Claudio Peña no sólo acompaña la escena sino que por momentos se vuelve protagónica (la melodía risueña y fantasmal cada vez que aparece Clov, el personaje creado por Beckett en Fin de partida que oficia aquí como una suerte de utilero, o la atmósfera musical que tiñe la caída de Lady Macbeth en ese estado de locura donde es visitada por los muertos); el destacable diseño lumínico de Novelle permite remarcar los elementos escenográficos distribuidos por el espacio o la gestualidad del rostro pintado de Audivert –que en ciertos momentos pasa a primer plano– e incluso generar climas de terror a partir de las sombras proyectadas sobre las paredes de la sala.

Audivert, hijo de una poeta y un artista plástico, elabora una puesta que puede ser leída en términos de composición. Las Brujas levantan el cuerpo olvidado en la fosa del teatro y lo obligan a representar una vez más su propia tragedia como una ofrenda para Hécate. La resurrección es amarga y se parece bastante a un tormento pero, aún así, se vuelve una y otra vez.

Fuente:Página12

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