Cultura

Sylvester Stallone, el perdedor que se volvió monumento

No es uno de los momentos más gloriosos de Sly en la pantalla. Se está arrastrando a través de una concurrida calle de New York, mirando con astucia, hasta que se las arregla para tropezar con un desaliñado hombre que camina en la dirección contraria. Se hace con la billetera del hombre. El hombre lo persigue. Corren a través de Central Park. El hombre está neurótico, resollante, bien entrado en la mediana edad y muy fuera de forma física. De alguna manera, de todos modos, consigue alcanzar a Sly, salta encima de él y lo amenaza con reventarlo a golpes a menos que le devuelva la billetera de inmediato. Sly cumple con la exigencia dócilmente.

La futura estrella de Rocky Rambo es casi ciertamente el único personaje en toda la historia del cine en terminar segundo en una pelea con un personaje interpretado por Jack Lemmon. La película en cuestión es El prisionero de la segunda avenida (Melvin Frank, 1975), una adaptación de la obra teatral de Neil Simon que trata sobre la angustia de la clase media en la mitad de la vida viviendo en Manhattan. Sylvester Stallone, que cumplirá 75 años dentro de un mes -el próximo 6 de julio-, ha construido su carrera cinematográfica sobre la base de lo físico. El es el «Semental Italiano», ese apodo que tomó prestado del boxeador que interpretó en las películas de la saga Rocky. Y aún así ahí estaba, en su temprana aparición en una película, abatido por el más insignificante, más blando protagonista.

Tales retrocesos y humillaciones son parte del mito de Stallone. La razón por la que diferentes públicos han conectado con él en la pantalla durante casi 50 años es que el actor es un verdadero tipo común. Cuando lo tiran abajo, él se levanta. Stallone nunca fue especialmente talentoso como actor. No es el tipo de intérprete de buena apostura como Cary Grant, que puede encantar a la audiencia con sus agudas réplicas. Raramente gana premios por su interpretación, aunque una vez fue votado como «el peor actor de la década» por sus películas de acción de los años ochenta. No tiene mucho instinto para la comedia, o no tiene el rango para ello. En pantalla es tan laborioso y predecible como Rocky Balboa podía ser en el ring. Pero a pesar de todo eso, es también una de las más grandes y perdurables estrellas de cine de esta era. Tiene un encanto natural que actores de mejor discurso y aspecto solo pueden envidiar. Escribe y produce muchas de sus películas. La adversidad nunca logra frenarlo. Stallone es como ese pibe al que le tiraban arena en la cara y se le reían, pero luego se convirtió en Mr. Atlas.

«Un accidente con los forceps durante mi nacimiento inmovilizó los nervios motores de la parte izquierda de mi cara, dejándome con una boca torcida, un ojo caído y esta famosa locución mía«, escribe Stallone como una simple descripción de hechos en su libro sobre el fisicoculturismo, Sly Moves: My proven programme to lose weight, build strength, gain will power and live your dream («Los movimientos de Sly: Mi probado programa para perder peso, construir fuerza, ganar fuerza de voluntad y vivir tu sueño»). Nunca fue grandote y no era hermoso. Cuando era niño, en el barrio neoyorquino de Hell’s Kitchen era típico objeto de burlas y abusos.

El desmañado y solitario chico creció idolatrando a estrellas del cine como el ex fisicoculturista Steve Reeves, famoso por interpretar a Hércules. Su madre abrió un gimnasio en el que pudo empezar a levantar pesas por sí mismo. A eso le siguió la aparición de músculos, pero no de roles de actuación. Al comienzo de su carrera, Stallone se presentó a audiciones de manera incesante. Casi siempre fue rechazado o, en el mejor de los casos, apartado para papeles pequeñísimos. Lo más cerca que estuvo de una aparición consagratoria en el comienzo de su carrera fue vapulear a Woody Allen en el subte en Bananas (1971) e interpretar a un rebelde de campera de cuero en la escuela secundaria de La pandilla del barrio (1974). No es que le guste recordarlo, pero también fue protagonista de la película porno soft de bajo presupuesto The Party at Kitty and Stud’s (1970), más tarde rebautizada El semental italiano para capitalizar el éxito de Rocky.

Entre los trabajos de actuación, Stallone mantuvo a duras penas su existencia con una extraña serie de trabajos a medio tiempo, de todo: tal como aseguró después, fue de «limpiar jaulas de leones en el zoológico» a «cortar cabezas de pescado». Todo eso fue la perfecta preparación para su gran aparición en la industria, Rocky, que hizo cuando tenía casi 30 años, luego de mucho tiempo de no llegar demasiado lejos.

La historia de cómo Stallone insistió en protagonizar la película se ha vuelto desde hace mucho tiempo una parte del folklore de Hollywood en la era moderna. Se negó a vender su guión, que aseguró haber escrito en el plazo de tres días «de un frenesí empapado de café», a menos que él mismo interpretara a Rocky. El hecho de que no fuera un actor especialmente experimentado se volvió irrelevante. Vio que en el largo plazo la historia de ese esforzado luchador era un reflejo bastante cercano de sí mismo.

«Siempre dije que Rocky es semi autobiográfica. Habiendo crecido en las calles, conocí a un montón de tipos como él, entrando y saliendo de la desesperación. Supe qué comían, dónde trabajaban, cómo pensaban. Y por sobre todas las cosas, entendí sus sueños destrozados«, escribió más tarde. «Soy un tipo que básicamente tuvo que construirse a sí mismo desde cero.» Es una clásica historia estadounidense del tipo que va de la nada al éxito y la riqueza, que ha recorrido un largo camino que explica su encanto. Al público, especialmente a los hombres jóvenes, se le hizo muy fácil identificarse con él. Al convertirse en una estrella, fue como si él viviera sus sueños por ellos.

Tampoco es que Stallone haya sido realmente el inocente hombre común que le gusta representar. Puede ser manipulador y despiadado. Cuando estaba haciendo Rocky, ciertamente no mostró mucho remordimiento por tomar prestada la historia de vida del peso pesado de la vida real Chuck Wepner, apodado «el sangrador de Bayona» que casi consiguió derrotar al mismísimo Muhammad Ali. Wepner llegó a entablar una demanda contra Stallone. Su relato de la relación («28 años de frustraciones, apretones de manos y promesas rotas») retrata a la estrella a una luz muy diferente de ese perdedor musculoso amado por los fanáticos.

En el transcurso de los últimos 45 años, Stallone ha trabajado con muchos de los más duros y notorios productores de Hollywood. Se asegura que su contrato con Menahem Golan, jefe de Cannon, para Halcón (1987), en la que interpretaba a un camionero que participaba de torneos de pulseadas, fue firmado en una servilleta. Trabajó para las películas de Los Indestructibles con el volátil y cabezadura Avi Lerner, quien ayudó a revivir su carrera.

A fines de los años noventa, cuando sus películas de acción era destrozadas por la crítica, Stallone consiguió cierto respeto al tomar el personaje de un sheriff pesado y sordo de oído en New Jersey para Tierra de policías (James Mangold, 1997). Aparecía nada menos que junto a Robert De Niro y Harvey Keitel. «Siempre pensé que era un excelente actor que había tomando algunas malas decisiones», dijo el jefe de Miramax, Harvey Weinstein, a cargo de la producción ejecutiva de esa película. El actor, mientras tanto, le dijo a The New York Times que aparecer en Tierra de policías había sido «una limpieza y una purga, un nuevo despertar de mi interés en hacer películas», como si fuera el equivalente cinematográfico a hacerse una enema.

Stallone renunció a su tarifa habitual de 20 millones para tomar ese personaje. Su performance fue recibida con respeto pero la película (a la que Weinstein había estropeado con su habitual estilo de Harvey Manos de Tijera) solo consiguió una recaudación modesta. Tal como le dijo el director Mangold a la publicación de negocios Indiewire, a los fanáticos de Rocky Rambo no les gustó porque no tenía el tipo de acción que esperaban, mientras que los cinéfilos «ignoraron la película por completo debido a que estaba involucrado Stallone.»

Pareció que la estrella estaba condenada a mantenerse en una continua repetición de sí mismo. El público lo aceptaría como Rocky o como el traumatizado veterano de Vietnam John Rambo, y no mucho más. Algunas de sus películas de acción pueden haber sido un fiasco de taquilla, pero aún las peores de ellas tuvieron una sobrevida muy beneficiosa en el mercado del video hogareño. Hubo momentos en los años ochenta en los que pareció mucho más preocupado por probar que era una estrella mayor que su archirival Arnold Schwarzenegger, que por extender sus fronteras como actor.

A medida que Stallone se acerca a los 75, su filmografía tiene un extraño aspecto de Peter Pan. En un momento en el que otros actores de su era se hospedan en El gran hotel Marigold o interpretan personajes que luchan con las aflicciones de la edad, el septuagenario aún hace las películas de acción favoritas de los pibes. Como si estuviera arrestado en una adolescencia permanente, alimentada por la testosterona, y no le fuera permitido crecer. Ahora está involucrado en dos tanques que serán estrenados en algún momento del resto del año: es el protagonista de Samaritan, un thriller que involucra a un avejentado superhéroe que reemerge tras estar desaparecido veinte años. «La mayoría de los veinteañeros no serían capaces de hacer lo que Sly hace en esta película», dijo un admirado Julius Avery a Total Film, sobre su venerable pero aún energético protagonista. También le pone la voz a un híbrido entre hombre y pez antropófago, King Shark, en Escuadrón Suicida, de James Gunn.

En su más reciente visita al Festival de Cannes, en 2019, Stallone se mostró con un estado de ánimo nostálgico. Allí le dijo a los periodistas presentes que cuando estaba comenzando no pensó que podría tener de ninguna manera una carrera de cine, debido a sus impedimentos para hablar. Evocó una imagen de sí mismo como un pibe sensitivo y atribulado, tratado con desdén por los agentes de casting que no podían entender una palabra de lo que decía.

Aún con su aspecto de hombre veterano, el actor aún se ve como un pibe algo perdido. Logró exprimir todo el pathos posible al interpretar a Rocky Balboa nuevamente en las recientes películas de Creed. El campeón de las películas originales de Rocky es ahora uno de los viejos tiempos, «un pedazo de ayer», tal como se describe a sí mismo de manera memorable. Se dedica a servir de mentor al joven luchador Adonis Creed (Michael B. Jordan) mientras trata de lidiar con el arrepentimiento, el duelo y los estragos de la edad. Este es un Stallone sin editar, crudo y emocional. Es un indicio de qué podría haber logrado si hubiera sido más audaz en la elección de sus personajes.

Para bien o para mal, de todos modos, Stallone ha pasado más de cuatro décadas protagonizando la misma clase de películas de acción. En el proceso, el delincuente de Hell’s Kitchen se convirtió en un monumento nacional: una respuesta italonorteamericana de clase trabajadora a John Wayne. Ha sobrevivido con facilidad a todos esos contemporáneos que tuvieron el aspecto y el talento que a él le faltaron. Cerca de los 75, sigue pateando culos. Y esa humillación que recibió de Jack Lemmon tantos años atrás ya está largamente olvidada.

Fuente:Página12

Comenta aquí