Cultura

Pablo Stefanoni: «Son fenómenos pequeños pero sintomáticos»

La política mundial empezó a verse conmovida por la aparición de diversos grupos de extrema derecha que, poco a poco, fue ganando fuerza, sobre todo en la juventud. Y aunque algunos de sus representantes en la Argentina parezcan rozar la ridiculez, su crecimiento desconcierta a los actores de la vida política tradicional. Algo de eso es lo que propone conocer Pablo Stefanoni en ¿La rebeldía se volvió de derecha? (Siglo XXI Editores). “El título tiene la función de provocar al progresismo”, desafía el autor. “Hasta qué punto está perdiendo su razón de ser de canalizar el rechazo al orden establecido. Hubo una transformación por la cual el progresismo se vuelve más conservador en muchos aspectos, y por otro lado empiezan a emerger unas derechas alternativas, que empiezan a hacer de la transgresión y de los discursos antisistema un eje de su actividad política y de su incidencia en un sector más juvenil”, compara Stefanoni.

Doctor en Historia especializado en historia de las ideas, Stefanoni se reconoce políticamente “de izquierda”, su campo de estudio durante varios años. En el libro se dedica a analizar el hemisferio derecho del mapa político, y reconoce que su experiencia previa le sirvió mucho para identificar las distintas posiciones: “Estudiar a las izquierdas es estudiar tradiciones, grupos, culturas políticas. Eso te entrena en el análisis de pequeñas divisiones. Y en estas derechas alternativas hay un poco eso”, detalla. “Comparten con la izquierda que a diferencia de las derechas más convencionales, que perdieron el interés doctrinario, muchos de estos grupos, como los libertarios, discuten sobre autores y textos. Se identifican con referentes teóricos. Y en segundo lugar porque me interesan las ideas pero también cómo se construyen, las redes intelectuales y los divulgadores. Muchas veces no se leía a Marx pero sí a divulgadores que hoy nadie recuerda, pero fueron muy importantes para difundir esas ideas”, explica Stefanoni.

– ¿Por qué decidiste estudiar a estas nuevas derechas?

– La prehistoria del libro fue un interés sobre el tema de extrema derecha y homosexualidad. En Europa aparecían muchas figuras de extrema derecha que eran gays, y se empezaba a ver un apoyo mayor entre la población LGBTI a esas fuerzas. La conquista de derechos va haciendo que, al menos en Occidente, ya no sea una minoría oprimida como antes, entonces la solidaridad con otras minorías, como las de migrantes, ya no es evidente si es que alguna vez lo fue, y mostraba que hoy estamos lejos de poder asociar de manera automática homosexualidad y progresismo. En Argentina ahora tenemos “La Puto Bullrich”, y es interesante. Hace algunos años era imposible algo que una agrupación se llamara “La Puto Alsogaray”, porque además él la hubiera vetado. Pero Patricia Bullrich se junta con ellos, le parece genial. Eso me llevó a pensar aristas como el cambio climático, la incorrección política y la extrema derecha… Hay continuidades, no digo que inventaron la pólvora. Son fenómenos pequeños pero me parecían sintomáticos de algo. El libro combina figuras más conocidas como Marine Le Pen con figuras más de nichos, como era hasta ahora Milei. Y también centro en utopías de derecha, como los neorreaccionarios vinculados a la cultura Silicon Valley. Muchos de sus proyectos nos parecen ideas locas pero en cinco años nos pueden parecer muy preocupantes.

¿La rebeldía se volvió de derecha? propone un recorrido por sectores de una derecha radical que en Estados Unidos y algunos países europeos van ganando peso y que, de a poco, intentan construir un nuevo sentido común sobre temas como el ecologismo, los derechos de la comunidad LGTBI, la defensa de “minorías” y el reclamo de laicidad en la vida social, entre otros. Todo desde posiciones críticas al status quo pero fuertemente antiestatistas, racistas, misóginas y elitistas de acuerdo al caso. No se parecen a las derechas tradicionales, ni en sus formas ni en su organización. De hecho, es parte del enfrentamiento que llevan adelante: sus críticas apuntan al corazón del consenso democrático entre el liberalismo conservador y el progresismo. En sus páginas no hay una condena, sino una advertencia: las alt-right están creciendo y ocupando lugares que antes eran representados por las izquierdas y el progresismo, que en estos tiempos quedaron en una posición más conservadora que esas derechas por el miedo a que lo que viene sea peor de lo que es.

– En el libro describís casos europeos y norteamericanos. ¿Ves alguno de estos indicios en la Argentina?

– Si. Es novedoso que acá haya una derecha que aparezca claramente como derecha, que repite eslóganes como el de “Comunismo o libertad”, que fue del Partido Popular en Madrid. Es una cosa curiosa: las nuevas derechas se apropian del discurso anticomunista sin comunismo. Está el espacio liberal-libertario de derecha, que articula el anarcocapitalismo, versiones muy antiestatistas con posiciones reaccionarias en el plano social. Y me interesaba más allá de si les va bien o no en las elecciones, qué expresaban en términos de atracción cultural en sectores juveniles. Llegó por el lado de Javier Milei y Agustín Laje. El discurso de Laje es contra el feminismo, una figura muy de nicho de internet en Argentina porque está mal visto hablar en televisión o radio contra el feminismo, pero en América latina es invitado por derechas convencionales. Y Milei trajo un discurso de lo que en Estados Unidos se llama “paleolibertarismo”, un libertarismo de derecha que acá era muy extraño. En segundo lugar, creo que hay también una derechización de un sector del PRO. Patricia Bullrich juega ese juego.

– ¿Cuál sería la crisis de la izquierda y el progresismo que favorece el crecimiento de esas derechas?

– Hay un cierto agotamiento en el progresismo para capturar los enojos e insatisfacciones. Hay mucho enojo y temores al futuro con los que estas derechas venden un discurso simple, vehiculizable fácilmente con las nuevas tecnologías, y el progresismo tiene más pruritos para competir en el mercado de los memes. El problema es que la incorrección política, como está planteada, es una especie de vehículo para el racismo, la misoginia, la homofobia. La izquierda tiene que poder reírse de sí misma y romper cierto sermoneo moralizador que viene de algunas versiones del progresismo. Además, el progresismo se quedó cómodo hablando, por ejemplo, del lenguaje de género, y está bien. Son formas de exclusión y desigualdad. Pero a veces hay cierto confort, y discutir otras cosas tiene que ver con volver de una manera renovada a la dimensión material y de clase. En Estados Unidos el salario mínimo, la sindicalización, las desigualdades urbanas son temas muy importantes para tratar de armar una coalición interclasista.

– ¿Entonces la rebeldía se volvió de derecha? ¿El progresismo empieza a adoptar rasgos conservadores?

– El tema de la incorrección política es el vehículo para romper consensos establecidos. En cada país son distintos, en el nuestro puede ser el del Nunca Más, o el número de desaparecidos, y efectivamente algo de eso se vincula a la crisis de la democracia liberal. Pero me parece que además las izquierdas o los progresismos operan en un contexto de crisis de la idea de futuro. También el liberalismo proyectaba la suya, pero sin esa idea disponible cambia la forma de pensar la política. En ese contexto surgen unas derechas más “raras”, que se diferencian también de los viejos discursos conservadores porque no vienen a conservar nada, vienen a patear el tablero y de acuerdo al país patean distintos consensos establecidos. Hay una idea de que la izquierda defiende al capitalismo tal cual es por temor a cómo puede ser. Pensamos que las nuevas plataformas generan un trabajo mucho más precario, que el cambio climático va a empeorar el planeta, o que las transformaciones de la economía erosionan el Estado de bienestar… Quizás el feminismo compensa un poco, porque es un movimiento más dinámico aún con sus problemas.

– ¿Las medidas que hubo que tomar por el cuidado de la salud pública durante la pandemia les permitió crecer a estos sectores?

– El efecto de la pandemia sobre las extremas derechas me parece que es ambivalente. Para las derechas que no gobiernan puede ser positivo, salen a la calle contra las restricciones y construyen su discurso de “Comunismo o libertad”. Pasó en muchos países. En las derechas que gobiernan creo que es más complejo. El caso de Madrid es el primero en el que ganó una derecha de gobierno, pero local, con un discurso contra las restricciones. Podían seguir echándole la culpa de los males al gobierno nacional, como hace (Horacio) Rodríguez Larreta en la Ciudad de Buenos Aires. Ese es un detalle muy importante porque a los gobiernos de derecha nacionales más bien les complicó las cosas. En el caso de (Donald) Trump, de (Jair) Bolsonaro y de (Narendra) Modi en India, que son tres figuras de derecha en este estilo, ocurre este fenómeno. Las derechas que gobiernan enfrentan otros dilemas con la pandemia. Les complica más las cosas porque tienen una responsabilidad pública.

Un viaje a otro planeta

 

Stefanoni asegura que su libro es una especie de viaje a una “galaxia derechista” para conocer y tratar de entender sus discursos, sus propuestas, sus formas de intervención. Y para ello hace falta hablar su lenguaje, por lo que en ese recorrido se encontró con términos que a veces no tenía del todo claro qué significaban en ese universo, y tuvo que bucear en una nueva terminología que no era la que estaba acostumbrado a escuchar. Por ello, el libro finaliza con un glosario que define 23 términos que ayudan a entender un poco más de qué se trata esto de las “nuevas derechas”. “Fue una idea de la editorial, y me pareció muy bien hacerlo porque el libro lo viví como una especie de viaje a otro planeta”, confiesa Stefanoni, y cuenta que fue escribiendo el libro mientras aprendía todo eso. “Iba descubriendo términos (por ejemplo doxing o incel) que no conocía. ¡Eran un montón! Siguiendo el glosario se puede pensar cómo cada palabra remite a algo de esas derechas: los temas de género, la forma de hacer incorrección política, la violencia que puede existir en las redes y que eso se vuelva una violencia real, fuera de las redes”, concluye.

Fuente:Página12

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