Cultura

Fernando Cabrera: «Trato de llegar al hueso de la canción»

Fernando Cabrera busca la excelencia y la simpleza en igual medida. El cantautor uruguayo sostiene que toda su vida ha perseguido la simpleza, como si se tratara de una utopía. Porque su “forma natural de ser” es la complejidad; la elaboración minuciosa, detallada y prolija de cada verso, de cada acorde. En su nuevo disco, Simple (2020), intenta encontrar una canción que sintetiza esa tensión entre la complejidad y la sencillez, entre el artista de culto y el artista popular. “Creo que hay una búsqueda, no sé si consciente o inconsciente, de síntesis. De ir al hueso de la canción”, afirma Cabrera, desde su casa de Ciudad Vieja. “Aislado del todo no pero casi, salgo a hacer las cosas mínimas. Mi vida no ha cambiado mucho en ese aspecto porque yo ya desde mucho antes de la pandemia que llevo una rutina con poca vida social”, le cuenta a Página/12 este referente de la canción rioplatense, que presentará su nuevo disco el domingo 1 de agosto a las 21 a través de un streaming en vivo desde Montevideo.

-¿Pero extrañás los conciertos presenciales y salir de gira?

 

-Sí, no sabés lo que extraño la Argentina, eso sí que lo extraño. Porque se había convertido casi sin darme cuenta en una cuestión de ir cuatro o cinco veces al año, a distintos lugares y provincias, no solo a Buenos Aires. Y eso lo tenía integrado a mi vida desde todo punto de vista: en lo profesional, pero sobre todo en lo humano. Y la emoción de hacer tu música en lugares en los que nunca te imaginaste… hace un año y medio que me falta y lógicamente que lo siento mucho.

Durante la presentación con público en el Auditorio Nacional Sodre, que en Argentina podrá verse por streaming, el uruguayo estará acompañado por el multiinstrumentista y cantante Diego Cotelo. Bajo una cuidada puesta escenográfica, Cabrera interpretará las diez canciones del disco, además de los clásicos infaltables, como “Dulzura distante”, “La casa de al lado” y “El tiempo está después”. En este nuevo trabajo, el cantautor se hizo cargo de la grabación de todos los instrumentos, además de la guitarra y la voz. Es el primer disco sin banda ni músicos invitados. Cabrera canta, hace coros, toca guitarras, piano y un poco de percusión. “No me parece que sea determinante o importante el hecho de haber grabado todos los instrumentos, porque lo único que cuenta son las canciones”, precisa el músico. “Se dio así porque empecé a ir al estudio solo y me sentí cómodo. Aparte fue mucho antes de que empezara este problema del Covid, así que no fue un disco fruto de la pandemia, como también se podría pensar”.

El proceso de grabación, en estudio Sondor –el más antiguo de Montevideo-, le llevó más de un año y medio en total. “Lo empecé un año antes, porque me lo tomé con mucha lentitud. Un proceso de grabación que también me interesaba experimentar: ir al estudio un día, hacer una cantidad de cosas, y después dejar pasar dos meses hasta la siguiente sesión”, cuenta sobre la paciencia que le dedicó al disco. “Me parece que quedó tal como yo pretendía, me gustó mucho el proceso de grabación. Quedé muy conforme. Y las canciones me parece que son relativamente peculiares, porque reflejan mi manera de componer canciones hoy. No son canciones que yo hubiera hecho en la época de Viveza (2002) o de Bardo (2006), son cosas que se me ocurren ahora, son otras estructuras. Y además son canciones bastante independientes una de otra”, dice.

-¿Y son canciones que tienen varios años o son recientes?

-La mayoría son recientes. Pero hay dos o tres que las tenía guardadas desde hace años y hasta ahora no había encontrado la fórmula para grabarlas. Y ahora las grabé, pero en general son más o menos recientes. «Creo que te amo» tiene unos años. «Diario de viaje» y «La estancia» también, pero las otras son de este tiempo. Lo que pasa es que yo tengo muchísimas canciones sin terminar, guardadas, y algunas capaz tienen veinte o treinta años. Me ha pasado muchas veces que cuando pasa un tiempo, vuelvo a agarrar esa carpeta y me encuentro de vuelta con algún tema inconcluso y le encuentro la manera de terminarlo. Pero eso me pasó toda la vida. Tengo canciones guardadas y voy sacando las que preciso junto con las nuevas que voy haciendo en ese momento. Tengo muchas más para el futuro, de hecho ya estoy pensando en el próximo disco.

-Venías tocando en vivo varios de estos temas, como «Era el águila de la libertad» y «Cartas de Cristo», ¿Te interesa testearlos con el público antes de grabarlos?

-Desde un tiempo a esta parte sí, hago eso. Ya no guardo las canciones para mostrarlas después de que se editó el disco, como una especie de actitud de resguardo o para que no se rompa la sorpresa. Eso ya no me importa, ahora al contrario: prefiero tocarlas en vivo bastante antes de grabarlas, si es que las tengo terminadas. Porque la canción cobra otra madurez, se ajusta todo, vas comprobando si funcionan. Y si estoy con la banda lo mismo, los muchachos se van acostumbrando. Y cuando llega el día de grabarlas ya están aprendidas. A mí me da un resultado muy positivo eso. Para que no te pase lo contrario: grabar algo nuevo, recién terminado de componer, y meses después de haber editado el disco la canción se transformó, porque ya la tocaste varias veces, le encontraste otro swing, otra velocidad, pero ya no podés modificarla más. Y sentís que la grabaste verde. Entonces, prefiero tocarlas antes. Yo cuando tengo una canción nueva la quiero mostrar, ya no me aguanto tenerla en mi casa.

-¿Y quién es el Horacio de «50 años de Horacio»?

-Mi hermano, el que me sigue. El mayor después de mí. Compañero de infancia, de juegos y miles de aventuras. Tenemos poca diferencia de edad; entonces fuimos compinches en la infancia y en la adolescencia. Y hace poco cumplió 50 años y le regalé ese poema, que son unas décimas, y poco después le puse música.

-Aparece bastante tu familia en tus canciones…

-Sí, empezaron a aparecer en los últimos años. Ya apareció mi madre, otros hermanos a los que les dediqué canciones, y una futura canción a mi padre que está en proceso. Al principio de mi carrera musical, cuando tenía 19 o 20 años, le había hecho una canción a mi abuela (“María Elena”), que como a todo adolescente, le pega mucho la muerte de una abuela querida. En el caso mío era como una segunda madre. Después pasaron varios años o décadas hasta que volví a hacer alguna. La primera fue «Buena madera» (Viva la patria, 2013) y después hice «El trio Martín» -dedicada a uno de sus hermanos y sobrinos- y «Pollera y blusa» para mi madre, ambas de 432 (2017). Ahora esta canción a Horacio y vamos a ver… ¡Mi familia es grande! (risas). Pero no se te ocurren todos los días, son difíciles. Ya mi hermana me dijo «falta este, falta el otro».

-¿Y por alguna cuestión en particular te surgió esto de escribirle tanto a la familia?

-Por la misma razón que se me ocurren todas las canciones: que algo me conmueva. Que algo adentro de mí me produzca sensaciones y reflexiones. Yo tengo un mecanismo, me imagino que a todos los artistas les pasará lo mismo, que es que cuando algo me toca tengo la tendencia natural a buscar un papel y un lápiz y dejar aunque sea una frase escrita. Cuando algo me emociona fuertemente tengo la necesidad de escribir. Pero no pasa todo el tiempo ni todos los días. Y eso puede derivar o en una letra para una canción o puede quedar en un papel perdido en mi casa. Pero siempre tengo ese impulso de manifestar mis emociones escribiéndolas, por algo me dediqué a esta profesión. Y con la familia pasa eso: son seres muy queridos, personas que hemos estado juntas desde siempre, ni hablar los padres, que uno vive con ellos desde que nace y son una presencia eterna en tu vida. Y los hermanos lo mismo. Somos una familia unida.

-¿Y sos muy obsesivo con el texto de la canción? ¿Lo trabajás mucho, al igual que la música?

-Sí y a veces más. No sé si usaría la palabra obsesivo, que me suena un poco rígida. Cuando uno va a hacer algo quiere hacerlo lo mejor posible, dar el máximo, llegar a tu tope. A mí no se me cruza la idea de hacer una música o una letra de una canción que esté a mitad de camino, que yo sepa que le puedo dar más y no se la di. La vergüenza no me lo permite. Entonces, cuando hago algo trato de llegar al máximo de mi nivel. No creo que sea por obsesión, sino por el sentido de hacer las cosas bien, de ser prolijo y hacer las cosas con profundidad, como las hace el deportista que está jugando una final o el abogado que está defendiendo a su cliente. Todos queremos hacer las cosas bien. Un amigo de mi padre decía «las cosas se hacen bien o no se hacen».

-¿Y te preocupan las repercusiones de tus discos o a esta altura ya no estás tan pendiente de eso?

-No estoy pendiente, pero te aseguro que me preocupa muchísimo y me afecta. Si alguien en un diario o en una revista comenta un disco mío me recontra interesa ver lo que dice. Y según lo que diga, me va a caer bien o mal, me va a dejar triste, enojado o feliz. Claro que me importa la opinión de los otros. Soy un hombre inseguro y si alguien me dice el más mínimo reparo sobre algo que hice me desmorono. No soy un tipo de gran autoestima. Entonces, todo me afecta, cualquier crítica o comentario. Y ni hablar lo feliz que me hace cuando alguien me elogia o le parece que lo que hice está bien. Lo mismo que el aplauso en el espectáculo. Después, si una persona opina que lo que hice es un desastre, está bien, está en su derecho de hacerlo.

-Pero tu obra goza de gran reconocimiento, ¿Ni siquiera eso te da seguridad?

-Hay una cuestión psicológica que experimento y es que yo sigo viviendo cada día como si todavía fuera un desconocido que recién empieza y que no sacó ni su primer disco. Eso es algo que en mi cabeza nunca cambia. Yo me olvido que tengo 40 años de trayectoria, que tengo una cantidad de discos y premios; eso nunca está presente en mi cabeza. Lo único que está presente siempre es el desafío de seguir haciendo música y para mí siempre es la primera vez. Cuando voy a mostrar una canción nueva estoy siempre nervioso. Entonces, siento que estoy dando examen cada día, nunca termino de creerme que ya haya hecho algo bueno, si es que lo hice. Lo cual me parece que es un estado psicológico que no está mal. Está mal si perturba mi paz mental, pero como actitud para seguir haciendo cosas me parece que está bueno. No creerte nada y seguir haciendo todo como si fuese la primera vez.

-Esa actitud juega a favor del hecho creativo, porque siempre vas a querer escribir tu mejor canción, ¿no?

-Sí, es que ya no me acuerdo lo que hice. No están presentes en mí las canciones viejas o los discos viejos, no me acuerdo. Lo digo de verdad, no es una pose. No lo tengo presente, nunca escucho mis discos, muy rara vez. Ahora con internet es más fácil. De repente algún día escucho una canción mía o a veces se reedita un disco viejo y tengo que hacer prensa y tengo que hacer un esfuerzo de memoria para acordarme cómo fue el proceso de grabación. Ahora en Uruguay salió una reedición en vinilo de Mateo & Cabrera (1987). Y a fin de año, con el sello Ayuí, va a salir una reedición en vinilo de Fines (1993), que es un disco muy especial para mí, que tiene todos arreglos míos.

¿Y canciones emblemáticas como «Te abracé en la noche», «El tiempo está después» o «La casa de al lado» te siguen emocionando cuando las tocás en vivo?

-Por supuesto, sí. Es más, hay veces que estoy cantando una canción que vengo cantando hace muchos años y la hago de una manera tan sentida que se me aflojan las lágrimas. Eso me pasa siempre. El que se siente en la primera fila en mis recitales lo puede comprobar. Cuando voy a tocar en vivo esas canciones estoy de nuevo adentro de la canción.

-¿Y tenés canciones preferidas?

-Desde un punto de vista emocional no, son todas iguales, son como hijos. A todas las hice con la misma dedicación y esfuerzo. Y después, si quedaron algunas mejores que otras, es cosa de la suerte o el azar. Ahora, haciendo un análisis más intelectual, hay doce o quince que me parecen las mejores, que me representan bien. Hice como trescientas canciones. «Te abracé en la noche» es un poco especial. Pero yo estoy encariñado con una que me parece que tanto la letra como la música, junto con los acordes y la melodía, todos los componentes son muy míos, me veo ahí muy claro. Se llama «Agua», pero no es muy conocida en Argentina. Es de comienzos de los ochenta. No es que sea la mejor, pero me siento más en familia adentro de esa canción. La toco poco en vivo, hace 40 años que la hago.

Una canción y más allá

Cabrera cuenta que una mañana, desde su ventana, vio un águila detenida en las azoteas de la Ciudad Vieja, en el casco antiguo de Montevideo. El ave miraba para todos lados y giraba su cabeza como si el entorno le resultara ajeno. Había llovido y el día estaba gris. “Fue un espectáculo estremecedor, porque es un animal impactante y hermoso. No es común encontrarse un águila en la ciudad. Son bichos muy ariscos, que andan en el campo. Yo me imaginé que estaba perdida, que la tormenta la había arrastrado hacia un lugar que no era el suyo. Estuvo un rato largo y al final se fue”, recuerda el uruguayo. La imagen le quedó grabada en la cabeza y lo motivó a escribir una canción: “Era el águila de la libertad”, la que eligió para abrir el disco.

 

“Nunca entra en la ciudad, yo la vi desorientada / Dentro del amanecer, en un viento se engañó / Se fue el águila lejana, algo trajo, algo dejó”, canta el músico, fiel a su estilo de utilizar escenas cotidianas para hablar de asuntos universales. “Para mí es un águila que obviamente representa la libertad, pero también es una libertad con dificultades, porque está en una tormenta. Es un águila que está como confundida, porque una tormenta la llevó a un lugar inesperado, en el medio de una ciudad”, dice Cabrera. “Pero yo creo que es mejor que cada uno elabore la interpretación que más le guste. Está bueno que la gente tenga la libertad de pensar algo distinto al autor sobre la canción”.

Fuente:Página12

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