Cultura

“Entre hombres”, por HBO Max: retrato impiadoso de la resaca del menemismo

“Él sabe muy bien que una bala en la noche en la calle espera por él”. La lírica y el sonido de “Ya no sos igual” de 2 Minutos dinamita una escena de Entre hombres (estreno del domingo 26 en HBO Max, cada domingo habrá un capítulo, al día siguiente en Flow). No se trata de un momento epifánico de la miniserie de cuatro capítulos, pero la truculencia, la topografía del conurbano, el imaginario de “esos” ‘90, el timing y la narrativa confluyen con la secuencia en que un balazo le revienta el cráneo a un cabo borracho. Ese fragmento deja en claro los propósitos del proyecto, dirigido por Pablo Fendrik (El asaltanteLa sangre brota), en tanto thriller visceral y adictivo que explora los bajos fondos con un apreciable y desvergonzado regodeo pop.

Entre hombres es una transposición de la novela de German Maggiori publicada hace dos décadas. Se trata de un policial de culto, venerado en su momento por Ricardo Piglia, que ubica su trama hacia 1996. La resaca del menemismo encuentra aquí un retrato sin piedad. El disparador será una orgía de la que participa gente muy poderosa que acaba con la muerte de una mujer por sobredosis. El VHS con el registro de la “fiesta negra” servirá de macguffin intersectando a tres séquitos: una dupla de policías de la Bonaerense, dos criminales pesados y unos pichones de barrio que se topan con un cadáver. Las dinámicas de estos grupos son las que impulsan la trama y, según Maggiori (guionista a su vez del proyecto), operan de guías en este “safari por el infierno”.

De todos estas criaturas y círculos dantescos se destacan los oficiales que reciben la orden de su superior de dar con el video que enchastra al senador Achabala (Luis Machín). El Sargento Garmendia (Gabrel Goity) y el Inspector Almada (Diego Velázquez) irán arrastrados por este tsunami de sangre sucia, cocaína y violencia. O, mejor dicho, regocijados de ese viaje. “Había mucho por explorar entre ellos a partir de sus diferencias. Esta dupla tiene a un policía malo y a otro que es peor. Es una dupla incómoda porque sus pasados son diferentes. Ninguno quiere estar con el otro. Y trabajar esa tensión del policial desde un humor muy pero muy negro, lo hace muy rico”, explica Fendrik entrevistado por Página/12.

“Mostro”, ligado a los grupos de tareas en la Dictadura, es un Martillo Hammer de la Maldita Policía. Su compañero, apodado “el Loco”, recita cada uno de los artículos de procedimiento, los cuales irá infringiendo a medida que la trama se torne más espesa. “Almada representa la oficialidad pero es un cuadro psiquiátrico y se desmadra exponiendo otro aspecto de lo monstruoso”, dice su guionista. “Son dos espantos”, sintetiza Goity quien destaca la construcción del universo policial de la serie. “Ellos pertenecen a una casta que tiene muchos códigos y conductas especiales. Mi personaje es un sargento mayor de edad y de experiencia que su compañero. Y eso lo carcome. Son opuestos complementarios que se juegan una vida que no vale nada”, apunta el actor.

La otra dupla está integrada por “Mosca” (Nicolás Furtado) y “Zurdo” (Diego Cremonesi). Son dos asaltantes que conocen a quien registró la grabación y se saben marcados. Maggiori los define como “un poco arltianos y discepolianos”. “Todos trabajan en grupos bien diferenciadas: los pibes que se drogan, los policías y los delincuentes. Lo que equipara a cierto orden moral, o lo que sea, es el respeto a ciertas normas. Es la herencia de esos mundos donde todo está subvertido. En ese juego, ante una sociedad descalabrada y ante una descomposición total, el orden lo establecen los criminales”, expone. Sigue Furtado: “Son chorros de códigos que se manejan en la vida con esos principios que vuelve a esta historia más contradictoria e interesante”.

El relato es un sprint de postales desaforadas. Va de la zona roja palermitana a un matadero de Florencia Varela, pasa por una comisaría de bonaerense, desarmaderos e incluye a un agente de la SIDE neonazi. También se cuelan algunas referencias a la época, por mencionar un caso, la venta ilegal de armamento a Ecuador (lo de Pompeyo Audivert como un lascivo revendedor de “chiches” es colosal). La narrativa y el punto de vista de la miniserie, a su vez, varía y juega con los tiempos. Ese vértigo también está presente en una paleta visual que se regodea con el shocking (gran trabajo del director de fotografía Daniel Ortega) y la valiosa selección musical (a cargo de Cachorro López) con su vuelo entre la cumbia, el heavy metal y punk.

Fendrik lo asume sin tapujos: las influencias de la producción provienen cine independiente de los ’90. Entre hombres es el amor platónico de Quentin Tarantino y Guy Ritchie por El Bonaerense (Pablo Trapero; 2002) y 76-89-03 (Flavio Nardini y Cristian Bernard; 2000). “El nivel de violencia y oscuridad de la novela te estrujan los órganos. Toda esa intensidad narrativa la llevamos al plano audiovisual para que sea entretenida de ver. Esa combinación de lo dinámico y divertido, pero inquietante e incómodo, es lo que le da valor a Entre hombres”, plantea Fendrik. “Humildemente, creo que hemos hecho un material que duele. Demuestra lo depredadores que somos”, analiza Goity.

La temática y la clase de personajes, por otro lado, ubican a Entre hombres en el mismo club de realizaciones locales (El marginalUn gallo para EsculapioMonzón) encandiladas con el caldo urbano y social podrido. Maggiori asegura que al momento de escribir la novela su interés simplemente era el de hacer un policial contagiado por el entorno que veía día a día. “Los ’90 eran de mucha efervescencia de noche y reviente, producto de la frivolidad de esa época. El hecho de ser del conurbano hizo que ese tipo de intercambios fueran más naturales. En la ciudad podía materializarse en el pizza con champagne, pero en el conurbano se correspondía con algo más bizarro”, dice el escritor.

Según Fendrik, no se puede escindir lo que pasó del relato pero que la operativa de la miniserie fue ir más allá del documento de época. “La idea era meternos desde otro ángulo, como sería esta aproximación si estuviéramos adentro. La táctica fue abordar la estilización del relato, estilizar el cuento hasta el extremo como para tomar distancia. Una decisión muy básica fue aproximarme no desde el realismo crudo sino desde el género. Dicen por ahí que parece un comic. Yo no tenía tan claro cuál era el género, pero sí que tenía que alejarme del realismo crudo porque sino iba a ser imposible de ver y de disfrutar. Llevarlo a este lugar más pulp, negro, y de humor exacerbado es lo que lo hacía accesible. Desde el realismo hubiera sido muy áspero”.

-¿Qué es lo que llama la atención de lo marginal? ¿Cuál es el diferencial de Entre hombres?

Germán Maggiori: – Hay una fascinación por lo bárbaro y lo ligado a lo marginal que responde a ese morbo que jala a la audiencia. El diferencial está puesto en que hay una horizontalidad en todos los estratos sociales presentados. Ese gesto de bucear en esta marginalidad se extiende a toda la sociedad en un momento conflictivo muy particular.

-El humor es una de los grandes anclajes de la novela. ¿Cómo lo fueron encontrando y traspasando a la serie?

G.M.: -Hubo que encontrarlo. Sobre todo en el momento de la escritura que tenía un vértigo el texto y necesitaba de ciertas pausas. Ahí aparecía la oportunidad para este humor muy negro y oscuro que te permite digerir el texto. Ese era el chiste: que no decaiga el ritmo. El humor sirve para eso, para que sea soportable. Es una tradición, igualmente. Tarantino es una referencia muy clara: lo usa para alivianar la tensión narrativa de temas muy duros.

-La serie se destaca por su puesta en escena, pero también en el léxico. ¿Cuál era la búsqueda para no caer en clisés?

G.M.: – Es un elemento, la lengua, que marca el tono de la novela y la historia. Es un componente “arltiano”. Complementa a lo visual, contrasta a lo pulp. Ese uso y apropiación del habla del mundo criminal de alguna manera viste más la apuesta.

Nicolás Furtado: -Para mí fue muy fácil. Es lo mejor que tiene la novela y estos guiones. Yo vivo cambiando los diálogos. Ahí está lo rico de lo que va a ser la actuación. Y en este caso, se lo dije a Germán, el vocabulario, la calle, se nota que está vivida. Y está plasmado y por eso funciona.

-Los personajes se destacan mucho por su imagen. ¿Cómo fue esa composición?

N.F.: -Para mí “Mosca” es un gorila. Eso se ve en su cadencia. Y se complementa con “Zurdo”. Busco esa animalidad en los personajes. Pablo, el primer día me pidió que fuera más rápido y yo le expliqué porqué creía que debía ser así. Y me bancó en esta. Y si el “Mosca” es como un mono, “Zurdo” es un toro, va para adelante chocándose contra lo que venga. Es impulsivo y de explosión. Esto está presente en la novela.

Gabriel Goity: -No fue el punto de partida, pero en el caso de mi personaje, que tiene esa mancha y forma de hablar, lo fuimos trabajando y puliendo hasta llegar a esa voz. La mancha en la cara de Garmendia me fascinó, genera muchas inquietudes y preguntas. Encontrarlo fue arduo y maravilloso.

-¿Fue adrede no suavizar este mundo de hombres?

Pablo Fendrik: -Sí, está la decisión bastante reflexionada y pensada de mostrar la hipertoxicidad del mundo masculino en esa época. Y la decisión no era mostrar de lo que aprendimos en el presente e incorporarlo, sino ponernos en ese contexto histórico y retratarlo desde ahí. A partir de esa decisión iba a haber más impacto. Nos íbamos a poder poner en los zapatos de esa época y esos tipos. Cada acción en extremo, machista, chauvinista y tóxica no es gratuita ni es que no nos dimos cuenta. En cada uno de los casos, hablamos muchos si dosificar o hasta dónde ir. Lo más complejo de entender, es que estos tipos los resuelven todo a través de la violencia. No conocen otra forma de resolver las cosas. Es muy patente en los personajes de los policías: avanzan como una tromba porque les dieron una tarea, no conocen otro lenguaje más que eso. Lo cual genera otro problema: ¿cómo empatizas con estos sujetos? Porque son lisa y llanamente despreciables. ¿Dónde está la humanidad de estos tipos?

G.M.: -Lo que puedo decir es que el abordaje no reivindica en absoluto esa masculinidad salvaje. Se trata de ponerla en cuestión sin edulcorarla ni sacarle nada para respetar lo que era el material original. Habla más del horrible patriarcado en el que vivíamos y el mostrarlo como era que tratar de disfrazarlo de otra cosa. La lectura polémica y el debate está abierto. No hubiera sido digno del texto poner en marcha ciertos mecanismos para adecuarse a estos tiempos. Lo que se tiene que poner en acto es ese cuestionamiento de esa violencia machista y de la invisibilización de una minoría sexual como las travestis. Era la manera de generar la atmósfera de cómo funcionaba en ese entonces y como subsiste ese comportamiento que hoy nos resulta escandaloso. Pasaron poco más de veinte años, pero no estamos tan lejos. El mundo de los hombres nos llevó a esto…ése es el problema.

Fuente:Página12

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