Cultura

70 años de televisión argentina: la historia detrás de la historia

Fue el evento audiovisual argentino más importante del siglo pasado y, sin embargo, en su momento pasó casi inadvertido, como una nota al pie en los diarios y las radios que cubrieron el acto presidencial que el 17 de octubre de 1951 sirvió de inauguración de la televisión en la Argentina. No era para menos: esa celebración del Día de la Lealtad Peronista fue un par de meses después del renunciamiento de Evita a su candidatura a la Vicepresidencia de la Nación y apenas tres semanas desde el fallido intento de Golpe de Estado para derrocar a Juan Domingo Perón. Un acto demasiado grande, demasiado relevante para la agenda política de esos tiempos, al lado de una tecnología por entonces incipiente y que implicaba la necesidad de contar con uno de los entre cuatro mil y cinco mil aparatos cuadrados con un tubo de luz que enlazaban imágenes y sonidos. ¿Qué pasó antes de esa jornada histórica? ¿Qué recorrido tuvo el desarrollo que permitió la creación del medio más importante de los últimos setenta años? ¿Cómo fue la historia antes de la historia de la televisión argentina?

La televisión prehistórica

Como ocurrió un par de décadas antes con la radio, la tecnología de la televisión no es producto de una mente prodigiosa, sino de una concatenación de experimentos y evoluciones realizadas por separado y sin conocimiento de los trabajos paralelos. Tampoco resulta sencillo ubicar temporalmente su punto cero. En el número 258 de la revista Todo es Historia, de diciembre de 1988, el periodista Ricardo Horvath, fechó el primer antecedente en 1817, cuando el sueco Jacobo Berzelius descubrió y aisló el selenio. Las pilas de ese material permitieron que un estudiante alemán, Paul Nipkow, ideara, en 1883, un disco perforado que descomponía una imagen en puntos y rayas. Veinticinco años después, un profesor del Instituto Tecnológico de San Petersburgo patentó el primer receptor de haces electrónicos, y en 1911 creó una instalación para transmitir la imagen a distancia. En 1923, el escocés John Logie Baird fabricó un elemento similar al disco de Nipkow con una bandeja de té, un motor, piezas de radio y pilas de linterna. “La proyección de la cabeza de un muñeco a dos metros, en 1925, sería su triunfo”, escribió Horvath.

Pero en Estados Unidos también pasaban cosas. En 1923, el ruso nacionalizado estadounidense Vladimir Zworykin, que trabajaba en los laboratorios de investigación de Westinghouse, patentó un telerreceptor de haz electrónico al que denominó iconoscopio, mientras que en 1927 Philo Taylor Farnsworth solicitó una patente relativa a un sistema de TV electrónico, basándose en experimentos con disco perforado y giratorio, casi al mismo que la empresa alemana Telefunken presentaba su propio sistema. Para fines de la década de 1920, la estación WHY, de GE, inauguró el primer servicio regular de TV con en tres programas semanales, preludio de las primeras transmisiones regulares que ensayarían las principales potencias europeas durante los años 30.

En 1931 comenzaron las pruebas en la BBC inglesa y tres años más tarde, en la Unión Soviética, aunque recién en 1938 se construyeron dos canales en Moscú y Leningrado. Pero la auténtica pionera en emisiones televisivas regulares sería Alemania. El 22 de marzo de 1935 se inauguró la que muchos historiadores consideran la “primera televisión del mundo”, transmitiendo tres veces por semana un único programa de alrededor de una hora y media. Al año siguiente ya tenían cámaras, y en 1938 el Ministerio de Comunicaciones comenzó a estimular la construcción de aparatos receptores mediante ventajas impositivas, un plan similar al que Estados Unidos había puesto en marcha un año antes, para en 1939 arrancar con las emisiones de beisbol.

Fue durante uno de esos partidos que, en 1941, se emitió el primer comercial, pilar fundacional del modelo de negocios que perduraría hasta hoy. “A partir de ahí comienza la historia de un fabuloso negocio que, después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos trasladó al resto del mundo vinculado a su órbita. En América Latina, la televisión –como antes la radio– nació y creció a imagen y semejanza de la norteamericana: ferozmente comercial y dependiente de ella primero en cuanto a la propiedad de los canales emisores y luego en cuanto a la compra de programación y equipo técnico”, escribió Horvath en Todo es historia, un diagnóstico similar al trazado por Mirta Varela en el libro La televisión criolla. Desde sus inicios hasta la llegada del hombre a la Luna. “La televisión norteamericana ha tenido un peso enorme, determinando inicialmente la instalación de canales a través de empresas que condicionaron su programación y orientación estética e informativa. Esta relación determinó la mirada y el tipo de lectura sobre ella: política antes que cultural, ideológica antes que estética, celebratoria o condenatoria, pero pocas veces reflexiva”.

Bajo esa lógica, la televisión desembarcó oficialmente en Latinoamérica durante la década de 1950. Los países que realizaron sus primeras transmisiones antes que la Argentina fueron México, Cuba y Brasil, en 1950, mientras que en los años posteriores se sumaron Uruguay, Guatemala, El salvador, Chile, Perú y Ecuador. Paraguay, en 1965, y Bolivia, en 1969, cierran el lote, marcando la relación directa entre el desarrollo televisivo y la capacidad económica de cada país de solventar los gastos, una tendencia repetida a lo largo y ancho del globo. En 1958, Asia y Oceanía, que juntas concentraban el 56 por ciento de la población mundial, tenían el 12 por ciento de los receptores del mundo; mientras que en América del Norte, con “apenas” el 15 por ciento de la población, estaba el 41 por ciento de aparatos.

Los orígenes en la Argentina

Para 1951, las pruebas audiovisuales en la Argentina tenían varias décadas encima. Al igual que con la autoría intelectual de la televisión, resulta por demás complicado ponerle nombre propio al precursor, aunque existen varios personajes fundamentales –y fundacionales– vinculados a la radiofonía que se interesaron en la TV. Horvath encumbró al radioaficionado Ignacio Gómez Aguirre, ya que en 1928 logró transmitir imágenes fijas y, dos años más tarde, integró la sociedad anónima Baird Televisión Argentina, que juntaba dinero para la experimentación con ondas televisivas. La sociedad duró un año, tiempo suficiente para que la semilla germinara en los ingenieros Antonio Medina y Carlos Lamarque, creadores, en 1931, del Centro Argentino de Televisión, integrado por ingenieros, estudiantes y simples aficionados. Por esa época Radio Splendid logró transmitir siluetas por su onda desde Olivos hasta el teatro Gran Splendid, ubicado en Santa Fe y Callao, mientras que la Facultad de Ingeniería comenzó a dictar diversos cursos, se creó el primer manual de Televisión y las principales revistas del espectáculo y la ciencia empezaron a dar cuenta de la novedad.

A mediados de la década del 30, Gómez Aguirre viajó por Estados Unidos procurando mejorar su tecnología, asistiendo a diversas experiencias realizadas por las fábricas líderes. También visitó Europa, de donde trajo  elementos para construir un receptor de baja potencia que presentó en una exposición de equipos para televisión en el actual Palais de Glace porteño, el mismo lugar donde años más tarde empezaría la aventura catódica. En 1941 se construyó la primera cámara en el país, con la que se hicieron numerosas tomas para especialistas. Lentamente, el terreno se allanaba para que el 18 de marzo de 1944 se produjera la primera transmisión de un programa. Fue entre las 21.30 y 22 y la señal se emitió desde el Instituto Experimental de Televisión y el Radio Club Argentino. En junio de ese mismo año, la Dirección General de Correos y Telecomunicaciones realizó un ciclo de emisiones televisivas. En aquella ocasión se usaron seis receptores y una cámara, y el alcance de la transmisión llegó hasta los 12 kilómetros.

Más pronto que tarde, la televisión estaría al alcance de todos. Pero aún faltaban detalles. En 1945, Martín Irving Tow, propietario de la empresa de calzados Tonsa, obtuvo del gobierno la primera concesión por cinco años para la explotación de un canal. Aunque no llegó a concretarse, fue el primer antecedente en el país en cuanto a licencias para este servicio. El gobierno otorgó una nueva licencia en 1949, esta vez al Centro Argentino de Televisión, que tampoco se efectivizó. La industria nacional no parecía estar en condiciones de lograr un servicio normal, lo que favoreció a que la brújula girara al Norte. Así como el 31 de julio de 1950 hubo transmisiones de ensayo en circuito cerrado para un Congreso Internacional de Cirugía con equipos de General Electric traídos desde Estados Unidos, Jaime Yankelevich, uno de los pioneros de la radiofonía y ex propietario de Radio Belgrano, viajó hasta allí para adquirir equipamiento técnico a la Standard Electric y capacitación que le permitieran montar un canal de televisión, bautizado Canal 7. El círculo iniciado por aquellos soñadores tres décadas atrás se cerró el 17 de octubre de 1951, cuando la reproducción de un acto político de Juan Domingo Perón marcó la primera transmisión oficial de la televisión argentina.

Impacto inicial y primeros pasos

Pero la noticia estuvo lejos de ser estruendosa. Por un lado, en ese momento existían entre cuatro mil y cinco mil televisores, haciendo prácticamente imposible su acceso a las clases sociales medias y bajas. Por otro, ese acto marcaba el regreso a la exposición pública de Eva Perón luego de un largo periodo de convalecencia. Los diarios y revistas apenas registran la aparición del nuevo medio. El hecho histórico es el Día de la Lealtad, el regreso de Eva Perón, la multitud en la calle. La transmisión televisiva agrega, reafirma, viene a contribuir, no es más que un detalle, un dato que ratifica el hecho de que la Argentina estaba entre los primeros países del mundo. “La televisión se asociará mañana a la magna fiesta cívica del país”, tituló Crítica el 16 de octubre. La televisión profundiza los sentidos del Día de la Lealtad porque es el medio más idóneo para la transmisión de la historia en vivo: es presentado como un medio más objetivo”, escribió Mirta Varela.

Todo era nuevo, todo estaba por hacer. Yankelevich había hecho un segundo viaje a Estados Unidos y adquirido cuatro cámaras Fedra, tres de cuales se usaban para los programas y la restante como reserva. De esas tres, dos estaban montadas sobre carros y eran controladas por un camarógrafo y un asistente. La restante la manejaba una sola persona. Canal 7 funcionó originalmente en el edificio del Ministerio de Obras y Servicios Públicos. De allí pasó al Palais de Glace y luego al Teatro Alvear. La última parada de la primera década de la TV sería el edificio Alas de la Fuerza Área. Durante la época del Alvear, el canal tenía un Estudio A en la planta baja, mientras que el Estudio B estaba en el primer piso. El problema era que, si bien los equipos eran nuevos y modernos, nadie tenía la experiencia para manipularlos con agilidad. “El personal que comienza en Canal 7 nunca había visto televisión, de manera que los modelos provenían de otros espectáculos y sólo en forma muy indirecta de la televisión contemporánea. Cuatro personas habían viajado a Estados Unidos para ver qué se hacía y cómo se trabajaba. Los demás provenían del cine o el teatro”, contó Varela.

La especialista recordó que en aquellos años se necesitaban al menos tres cuartos de hora entre programa y programa para el desarme y montaje de las escenografías y escenarios, obligando a los programadores a alternar fragmentos grabados o de ficciones entre las transmisiones en vivo. En el libro La televisión criolla se lee: “A pesar de que las emisiones comenzaban recién entre las cuatro y las cinco de la tarde, eran muy pocos los programas que se ensayaban en el estudio. Los cables de sonido o de materiales lumínicos –al principio se iluminaba desde el piso, no desde arriba como se haría más tarde– tenían tres o cuatro centímetros de espesor y eran muy pesados, de modo que si caían al piso hacían mucho ruido. Resultaba muy difícil lograr un silencio absoluto cuando, para ciertos programas, había que mantener armadas tres o cuatro escenografías más el espacio para las publicidades. A veces los técnicos trabajaban acostados en el piso, un cameraman debía mantenerse dentro de un decorado y el otro, colocarse en lateral de un ambiente que generalmente no superaba los tres metros de lado”.

“Experimentación y amateurismo”

Esa aura novedosa les dio a los contenidos televisivos un aire experimental que no volvería a repetirse en toda su historia. Así, Varela diagnosticó “una confusión entre experimentación, amateurismo y falta de diferenciación en las funciones”. Pero la televisión se las ingenió para brindar una programación más que acorde para su condición primigenia. Entre octubre de 1951 y 1953 inició su horario entre las 15 y 16.30, sin ninguna regularidad aparente, aunque muchas veces sujeto al horario de las transmisiones deportivas –amas y señoras de los domingos- o desajustes técnicos imprevistos. El cierre sí era algo más estable: a las 10 de la noche.

Empezaron, también, a estandarizarse algunos géneros y horarios. Los programas infantiles, por ejemplo, ocupaban la franja de las 16 a las 17, mientras que los teleteatros hegemonizaban la segunda parte de la tarde y los noticieros, las primeras horas de la noche. Y estaban, desde ya, los deportes, lo que demuestra, por un lado, que la relación entre ellos y la televisión no es precisamente nueva y, por el otro, la relevancia de los contenidos de exteriores, la posibilidad de “estar ahí” que siempre trajo aparejada la mal llamada caja boba. Varela: “Los lunes se transmitían festivales, los martes un espectáculo televisivo llamado Romerías, los jueves catch desde el Luna Park, los sábados polo, pato o boxeo y los domingos, fútbol o algún evento político. Las transmisiones desde exteriores también se aprovecharon intensamente desde los comienzos para los espectáculos deportivos. De hecho, la primera transmisión comercial después de la inauguración pública del 17 de octubre, sería un partido de fútbol entre San Lorenzo y River, disputado el 4 de noviembre de 1951”.

 

Con la posterior incorporación de otros tres canales en Capital Federal (el 9, el 11 y el 13) y el exponencial aumento de ventas de aparatos (de 3.500 en 1951 a 175 mil en 1959), la televisión argentina pegaría un salto de calidad –despegando hacia la categoría de fenómeno de masas– en la década de 1960, ayudada principalmente por la llegada de capitales extranjeros y asociaciones con canales estadounidenses, además de los primeros ensayos, en 1963, de lo que luego se llamaría televisión por cable. Pero eso, al menos ahora, es otra historia.

Fuente:Página12

Comentarios (25)

Comenta aquí