Medio Ambiente

Ejercicio: aprenda a escribir “combustibles fósiles” en solo 27 añitos

Balance emocional de un encuentro climático: Es de recibo empezar con la parte bonita, con la épica. La primera cumbre del clima se celebró en Berlín allá por 1995. Fue la esperanzadora inauguración de una larga serie de encuentros anuales —con permiso del covid— resultado de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático adoptada tres años antes. Una dosis de ilusión, optimismo y trabajo conjunto ante la losa que aparecía sobre el futuro de la humanidad. 

Pablo Rivas

La tarea era clara: que todos los gobiernos del mundo, ya sean amiguitos o no amiguitos, se juntasen para hacer frente a un problema común, con especial énfasis en los que tenían más juguetes para repartir, que habían dejado el parque hecho una mierda. “Cambio climático” venía a significar que, con el tiempo, le caería la del pulpo no solo a uno mismo, sino también al que le caía mal, pero que si se juntaban a jugar juntos conseguirían atajar lo que ya se vislumbraba entonces como el mayor reto de la historia para nuestra supervivencia como Homo sapiens, el cambio climático, ahora rebautizado más elocuentemente como crisis o emergencia climática a medida que el proceso se acelera.

Nada menos que acabar con la incertidumbre de cómo será el mundo del mañana, de lo que dependen cosechas, viviendas costeras y ribereñas, acceso al agua, alimentación, vida y sustento, entre otras menudencias, de millones de seres humanos. Y con incertidumbre hablamos de vivir con ansiedad. O ecoansiedad como se plantea en los últimos tiempos.

Si se quiere nombrar un sentimiento que agrupe a lo vivido en la inmensa mayoría —por no decir totalidad— de cumbres del clima de las Naciones Unidas sería, sin lugar a dudas, la decepción. La COP26 de Glasgow, finalizada este domingo, no ha sido una excepción.

La decepción es una emoción compleja. Si bien puede dar paso a un estado de desencanto, frustración o, incluso, depresión; una buena dosis de decepción puede, igualmente, desembocar en otros sentimientos más cercanos al enfado, la rabia o la ira. Un cabreo monumental dicho en román paladino.

Hay también quien, tras una profunda intensa y repetida decepción, resurge de sus cenizas y se pone manos a la obra con más fuerza que nunca para vencer al sentimiento de desengaño. Y es ahí donde surge la pasión, la excitación, la trepidante fuerza de quien sabe que lo que está haciendo es lo que necesita hacer. Lo que ha de hacer.

Algo ante lo que nada ni nadie se puede interponer. Ni siquiera toda la capacidad monetaria, empresarial y comunicativa de un gigante petrolero, de un gobierno ralentizador de la acción climática. No ya de un Brasil bolsonariano, una Arabia Saudí —aka lo más parecido a El cuento de la criada que tenemos por la Tierra—, un Shell o un Repsol, vistos como el mismísimo coco si hablamos de materia climática. Se puede mirar hacia una moderna, democrática y muy liberal nación como es la australiana, protagonista de gran parte de las zancadillas puestas en esta y otras cumbres, junto a otras naciones como India o Sudáfrica, sin olvidar a los grandes contaminadores: China y Estados Unidos, que se disputan todos los liderazgos globales, también el de llevarnos con más ahínco a la catástrofe.

Ay, el ego. Qué bien funciona para construir carísimos juguetitos de combate y bombitas, y qué mal para erigirse como ejemplo ecológico.

Imagen de Victor Solís: «Traición al Futuro»

Nada más lejos de mi intención decir a nadie qué tipo de emoción sentir —ni qué hacer—  tras escuchar que, tras 27 añitos de cumbres del clima de las Naciones Unidas, es el de 2021 el primer acuerdo final que hace una mención expresa a los combustibles fósiles. Sí, sí, 27. Y costó. Los países que en todo este tiempo en el que han podido hacer los deberes y desvincular su economía de actividades como dejar de extraer, procesar, comercializar o quemar carbón, gas y petróleo y no lo han hecho intentaron bloquear la frasecita hasta el final. Y no es que siquiera les obligara a cambiar sus economías. Solo se les pide, se les ruega, se les insta a ello.

La COP26 ha sido otro balonazo al vacío fondo del campo. Un nuevo patadón lleno de acuerdos no vinculantes entre escasas naciones. Véase el del fin de la venta de vehículos a combustiónel de la desinversión fósilel de la deforestaciónel de la financiación pública a los combustibles sucios… Todo adornado de alfombras y logos, con los delegados de las empresas responsables de la emergencia climática rondando cual Pedro por su casa. Todo muy greenwashing. Muy bla bla bla, en lo que ya es el nuevo meme de las COP. Mucho lirili, poco lerele, y a los humanos más pobres que les jodan, básicamente.

Lo dicho, nadie es quién para decir qué sentir o hacer, aunque me quedo con lo que este martes decían desde Fridays for Future – Juventud por el Clima, la rama hispánica del movimiento más joven por la lucha climática. Poniendo sobre la mesa que las COP se han convertido en “un espacio al servicio de las élites, una fecha anual para el lavado de cara de  instituciones y empresas, que promulgan sus promesas vacías”, el colectivo remarcaba que no nos podemos permitir que, un año más, la COP no sirva para nada.

“Para alcanzar la justicia climática, las transformaciones que deben asumirse son profundas y, si no nacen de las voluntades políticas, deben ser impulsadas desde la movilización ciudadana”, nos dicen. Hablan de que “todas tenemos que formar parte de la lucha”, de exigir una transición ecológica, de participación ciudadana, de organización y de asumir que “sobre la estructura de un tejido social fuerte, construiremos un futuro justo”.

¿Naíf? ¿Ingenuo? ¿Utópico? Puede. Cada cual que elija. Lo que está claro es que, 27 añitos después, es eso o a por los 4ºC de calentamiento global (no, eso no querran ni vivirlo ni sentirlo, creanme).

Quizá tienen más razón que un santo. Quizá toca, no sé, pasarse a una cooperativa de energía limpia. Pararle los pies en la comida al que, con la risita en la boca, te tacha de hippie buenista cuando se defiende una gestión de residuos diferente, una reutilización de productos, un menor uso del plástico, un cambio de costumbres, un uso más ecológico del transporte, un deja de coger el coche para ir a por el pan, un para de comprarle acciones a esa multinacional fósil… Todo eso mientras te defiende el sacrosanto mercado de la codicia y los humos fósiles, o la enésima política viejuna, ejercida por el enésimo político viejuno que solo rubrica la decisión del CEO viejuno de un sector empresarial viejuno. Un mundo viejuno que, de cumplirse lo que digan toda una serie de señoras y señores con bata y muchos estudios (se llaman científicos), pinta a viejunamente apocalíptico.

Quizá toca señalar a los culpables, atacarles donde más les duele, en el bolsillo, por ejemplo. Dejar de votar a todo humano representante público que no tenga el frenar la emergencia climática en lo más alto de su programa (a ser posible con pruebas de su compromiso). Dejar —cuña publicitaria precaria, aquí no hay multinacionales— de leer y apoyar medios con publicidad de las grandes empresas contaminantes y sus financiadores.

Quizá toca apoyar o sumarse a acciones más contundentes como las que protagonizó Rebelión por el Clima ocupando la sede de Repsol en Móstoles, Extinction Rebellion cerrando el centro de Londres al tráfico, Greenpeace escalando depósitos de gas o Sea Sepherd abordando codiciosos pesqueros o balleneros japoneses. Quizá hay que ir incluso más allá visto que todo apunta al desastre.

El cómo no está claro, lo que está claro es que 

algo hay que hacer. Y pronto.

Fuente:Blog del Proyecto Lemu

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