Medio Ambiente

Ante el ridículo de Glasgow, actuar desde abajo y hacia adelante

Lo que se ha visto las semanas pasadas en Glasgow, Escocia, durante la cumbre mundial sobre cambio climático debería avergonzar a toda la humanidad, pero sobre todo a sus gobiernos. Los que sí enviaron representantes de alto nivel han mostrado una enorme incapacidad para comprometerse a los mínimos indispensables para evitar una catástrofe, además de poner en evidencia su corrupción y complicidad con los grandes contaminadores del mundo, que son también los dueños de los grandes capitales que lo destruyen. Los que no han ido, por su parte, parecen preferir esconderse del tema y optaron por que otros se hagan cargo.  (Eugenio Fernández Vázquez)

Los espectadores del ecocidio y la defensa del derecho a vivir

El problema fundamental es que a estos liderazgos políticos les está quedando bastante grande el desafío histórico ante el cual se encuentran, y lo que es mucho peor, en los hechos están asfixiando la vida en la Tierra, de manera masiva; están jugando con la extinción. Algo que revela que, además del voraz apetito de acumulación de riquezas, y el aferramiento al poder por parte de élites globales y nacionales, hay un enorme extravío existencial, ontológico, epistémico por parte de estos grupos. Un profundo estado de alienación con respecto a la naturaleza. La pregunta que retumba es, ¿qué clase de mundo podrían estar avizorando estos ‘líderes’ y grandes ‘decisores’ mundiales? ¿Poderosos gobernando sobre un mundo devastado e invivible, poblaciones desechables, territorios y comunidades dejados al abandono, y áreas de privilegio diseñadas y recreadas con tecnologías de punta e infraestructuras ‘resilientes’ para sobrevivir al colapso? A las cosas por su nombre: lo que representa un Pacto como el de Glasgow es un crimen de lesa humanidad, y un ecocidio global, ambos, quizás, en su forma más extendida. Sobre esta base, a nuestro juicio, es desde la cual hay que partir tanto para reconocer la gravedad del problema, como para potenciar la exigencia social de la defensa de tres derechos cruciales: nuestro derecho a vivir; el derecho a la vida de las futuras generaciones; y los derechos de la naturaleza. La Vida debe estar en el centro. (Emiliano Teran Mantovani)

Así las cosas, no hay más remedio que emprender movilizaciones y acciones en todos los ámbitos de la sociedad, desde la construcción de una nueva economía a la acción política para democratizar las políticas públicas y hacerlas más eficientes.

La tierra tiene una cantidad finita de materias primas y una capacidad limitada para absorber desechos. El capitalismo necesita crecer constantemente para mantenerse en pie -el corazón mismo del sistema está en la inversión privada de dinero y recursos para obtener una ganancia, es decir, más de lo que se invirtió, y eso es, en pocas palabras, crecer-. Las leyes, los paradigmas económicos, las políticas públicas de todo el mundo están mal que bien alineadas a esa meta económica. La suma de estas tres condiciones -la lógica económica del crecimiento, la incapacidad natural de sostener una economía así y el sometimiento de la política a la economía- hace que la situación sea explosiva, y la principal muestra de eso es la crisis climática que los gobiernos deberían estar resolviendo en Glasgow. Ninguno de esos gobiernos, sin embargo, parece dispuesto a aceptar que así son las cosas y todos están tratando de impedir que se queme la casa pero sin dejar atizar el fuego.

La única salida que se presenta es transformar la economía, liberar y recuperar la política y construir una nueva relación entre sociedades y planeta. Para lograrlo hará falta un esfuerzo de base mucho más amplio y fuerte que lo registrado hasta ahora, y urge actuar en todos los ámbitos posibles.

Por lo pronto, el trabajo de cooperativas y organizaciones que buscan una nueva relación con los consumidores y con el entorno es importantísimo en ese sentido. Esos esfuerzos solidarios entre todos los actores de una cadena productiva, el trabajo por mantener cadenas cortas, la apuesta por la ética y la dignidad en las relaciones de producción marcan el camino a seguir y son experimentos e innovaciones que señalan la dirección por la que avanzar. En ese mismo sentido apuntan las iniciativas amigables con el medio ambiente, y de hecho muchas veces son las mismas. Sin embargo, y con todo y lo necesarias que son, estas iniciativas no son suficientes.

Como señala el geógrafo marxista David Harvey, estas acciones pequeñas y múltiples asemejan a termitas que debilitan una viga agujero por agujero, pero antes de que terminen de romperla siempre llega el propietario a rociarlas con insecticida, o las limita a espacios y escalas en las que no hacen daño. Por eso hace falta también trabajar en los ámbitos políticos, de gobierno y de regulación. (Eugenio Fernández Vázquez)

Un desencadenante para la justicia climática desde los pueblos en movimiento

La acción para abordar tamaño problema tendrá que ser, sí o sí, de carácter multi-escalar: requerimos incidir en cada escala posible. Desde lo más local, pasando por lo nacional, hasta la coordinación de orden regional y global. Pero parece quedar claro que el desencadenante para un giro político que rompa la inercia que domina la gestión del cambio climático, tendrá que venir desde las bases sociales, organizadas o no, lo que incluye a ciudadanas y ciudadanos preocupados por el futuro. Si revisamos el pasado, cada derecho adquirido y reconocido en los sistemas políticos actuales tiene tras de sí las luchas y movilizaciones de miles de personas demandando significativos cambios ante los sistemas de represión social, precarización económica y degradación ambiental. Este, el de la crisis climática, no será un caso diferente. Sólo que ahora, lo que el momento nos exige, es demandar al menos estos tres derechos trascendentales a los que hacíamos mención: el derecho a vivir, el derecho al futuro (nuestro y de las próximas generaciones) y el derecho de la naturaleza, del conjunto de especies que componen la comunidad de vida en el planeta. Este es ahora nuestro desafío histórico. Nos ha tocado defender el propio derecho a la Vida, en su más amplio sentido; y nos está tocando obligar a los ‘líderes’ mundiales a actuar con urgencia para abordar la situación.

¿Existen las posibilidades de que surja un gran movimiento global por la justicia climática? A nuestro juicio sí. Cada vez más personas se sienten sensibilizadas y alertadas por el problema. Y aunque es paradójico para las luchas por la vida, a medida que la crisis climática se agrave, más gente se sumará. La cuestión es también un problema de tiempo, ya que debemos generar un cambio significativo, quizás como ninguno en la historia de la humanidad, en esta misma década. 2020 es la década decisiva.

Cada acción cuenta, y mucho más en un sistema tan interconectado, en donde cualquier cosa, por más pequeña que sea, puede desatar una reacción en cadena. La clave está en que se sume cada vez más y más personas; configurar la masa crítica. La Acción Climática y la Justicia Climática es ahora.

Fuente:Blog del Preoyecto Lemu

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