Medio Ambiente

Cuestionar el colonialismo del carbono.

Las valoraciones del supuesto “éxito” de la conferencia climática de la ONU COP26 han sido variadas, pero ninguna ha sido positiva. El secretario general de la ONU, António Guterres, describió el objetivo del acuerdo de París de limitar el calentamiento global a 1,5℃ por encima de los niveles preindustriales como un paciente «con respiración asistida», mientras que los informes posteriores a la conferencia sugieren que el mundo está en camino de alcanzar «niveles desastrosos» de calentamiento global. La respuesta de algunos sectores ha sido pedir nuevos objetivos estrictos, aunque, como señaló el jefe del Comité de Cambio Climático del Reino Unido, es probable que esto simplemente «amplíe la brecha entre la ambición y los resultados».

por Laurie Parsons –

Este problema afecta al núcleo de los esfuerzos de las naciones ricas para hacer frente al cambio climático. El anuncio de su sexto presupuesto de carbono en abril de 2021, por ejemplo, vio al Reino Unido comprometerse a reducir las emisiones de carbono en un 78% en comparación con los niveles de 1990. Como afirmó el gobierno, esto «establece por ley el objetivo de cambio climático más ambicioso del mundo». Pero estos objetivos nunca podrán desafiar adecuadamente la crisis climática sin abordar primero el «colonialismo del carbono» implícito que sustenta el enfoque del Reino Unido sobre el cambio climático. Aquí, el carbono se mide según un sistema de dos niveles: rigurosamente dentro de las fronteras del Reino Unido y con mucho menos cuidado fuera de ellas.

Figura: Flujos de emisiones de los países productores a los consumidores

 

Este enfoque de la huella de carbono del país tiene poco sentido ante el problema mundial del cambio climático. Alrededor del 22% de las emisiones mundiales de carbono se deben a la producción de bienes, como ropa y productos electrónicos, que se consumen en otro país. El Reino Unido es un notable consumidor -de hecho, el tercero a nivel mundial- de «emisiones importadas» como éstas. Sin embargo, los objetivos climáticos fijados por el gobierno británico se centran en la reducción de las emisiones del propio país.

En la actualidad, las leyes británicas que regulan las emisiones sólo se aplican a los productos de producción nacional, mientras que los productos importados están sujetos a normas voluntarias, lo que significa que las empresas que los fabrican no tienen que informar con exactitud sobre sus emisiones. Esto fomenta la «externalización» de las emisiones en el extranjero. Las industrias más sucias e intensivas en carbono, como la moda rápida y la construcción, se trasplantan a países en desarrollo como India, Bangladesh, Sri Lanka y Camboya.

Las empresas británicas que desean parecer ecológicas pueden entonces hacer más fácilmente afirmaciones de «cero deforestación» o «cero residuos a los vertederos» en sus cadenas de suministro -aunque sean falsas- ya que la falta de aplicación de la ley en estos países hace que muchas afirmaciones queden sin controlLa explotación humana y medioambiental asociada a la extracción de cobalto para piezas de teléfonos en la República Democrática del Congo es un ejemplo escalofriante.

Desde la perspectiva de los objetivos nacionales, las emisiones de estas industrias han desaparecido, contribuyendo al supuesto éxito de la estrategia de descarbonización del Reino Unido. Pero desde la perspectiva del planeta, no se han ido a ninguna parte.

Cadenas de suministro

Hay otra complicación. Es difícil evaluar el verdadero alcance de las cadenas de suministro internacionales porque son intrínsecamente turbias. Atraviesan las fronteras, suelen implicar a varias empresas y se miden de forma diferente según los países. Esto hace que el cálculo de las emisiones en estas cadenas sea un reto político y técnico.

Sin embargo, las leyes del Reino Unido no ofrecen ningún incentivo para que los implicados en las cadenas de suministro detallen los complejos procesos, y las personas, implicadas. Esto significa que muchas cadenas de suministro se comunican tanto al gobierno como a los consumidores de forma muy simplificada, lo que permite a las empresas parecer más cumplidoras de los objetivos de emisiones de lo que son.

Esta práctica oculta las verdaderas distancias recorridas por las materias primas en las cadenas, así como el verdadero impacto medioambiental de lo que se utiliza para fabricar. La industria de la ropa ofrece un ejemplo de este problema: incluso líderes del sector como Stella McCartney admiten que rastrear la procedencia del material utilizado para fabricar sus prendas es «extremadamente difícil».

Este sistema necesita una seria revisión, especialmente a la luz del anuncio del gobierno de que las emisiones del transporte marítimo formarán parte de los compromisos netos del Reino Unido. En el caso de la industria de la confección, las evaluaciones actuales de la longitud de las cadenas de suministro del transporte marítimo -y, por tanto, de las emisiones que producen- son subestimaciones enormes.

Para que el Reino Unido cumpla sus compromisos en materia de emisiones de carbono, es necesario regular mejor sus cadenas de suministro y depender menos de los informes voluntarios sobre lo que ocurre en ellas. Y para hacer frente a la crisis climática, tenemos que abordar el colonialismo del carbono que sigue influyendo en la política medioambiental. Nuestra huella medioambiental no empieza ni termina en nuestras fronteras: tampoco debería hacerlo la forma de medirla.

Fuente:Blog del proyecto Lemu

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