Cultura

Hernán Vanoli: «Uno nunca termina escribiendo lo que planea»

La belleza y el dolor se condensan en una escena de la infancia difícil de olvidar. “¿Era tan frágil la vida? ¿Podía un error ser tan definitivo?”, se pregunta un narrador argentino que se anota en un curso de taxidermia en Iowa (Estados Unidos), mientras acompaña a su pareja, becaria universitaria. “Cansado de que la tortuga que vivía en el jardín de mi casa no me prestase atención, capturé su cabeza entre mis dedos y quise obligarla a mirarme. No puedo recordar el sonido de su cuello al quebrarse, pero sí la aspereza de aquella piel y, en especial, el hilo de sangre que comenzó a precipitarse desde su boca filosa. Aquel asesinato involuntario empezó a enseñarme lo que era el tiempo: una gastada cinta magnética, llena de sonido ambiente, que se anuda y se quema al creer proyectarse”, recuerda ese narrador lo que sucedió cuando tendría no más de ocho años. La novela Arte Folk Americano (Literatura Random House) es una notable incursión en el género de la autoficción en la que el escritor y sociólogo Hernán Vanoli experimenta el aprendizaje de la taxidermia –que literalmente significa “mover la piel”– y la separación de una pareja.

Documento de barbarie

Vanoli (Buenos Aires, 1980) utiliza una primera persona quirúrgica en su afán de captar un tiempo, un clima y una experiencia, donde el intercambio con seres dañados y rotos, como son muchos excombatientes en Afganistán que hacen el curso de taxidermia con el narrador, le permite explorar sus propias heridas. “La última fase de la relación fue toscamente física, en sufriente promiscuidad con la violencia. En uno de los breves rounds de jiu jitsu en los que nos trenzamos, mi por aquel entonces mujer casi destruye el segundo manuscrito de esta novela, que jamás pude recuperar del todo. Poco a poco aprendí que el deterioro no se opone a la imaginación ni a la distancia: el deterioro es un cáncer de la imaginación que produce una distancia física”.

Arte Folk Americano puede leerse también como un ensayo “embalsamado” o, en términos de Walter Benjamin, un documento de barbarie cuando el narrador anota en su libreta: “La crueldad no es lo mismo que la violencia. Mientras que la violencia puede ser erótica, la crueldad es tanática. Mientras la violencia se juega en el filo de la ley, o lo pulveriza, la crueldad supera este límite por exceso y lo profana. La confusión entre violencia y crueldad es elementalmente humana. El rechazo a la violencia dificulta el pensamiento sobre la crueldad”.

El autor de las novelas Pinamar y Cataratas y los libros de relatos Varadero y Habana maravillosa y Pyongyang confiesa a Página/12 que siempre sintió fascinación por la taxidermia. “Me llama mucho la atención la conservación de los cuerpos, más allá de la muerte; cada vez que iba a un lugar donde había montajes me ponía a investigar cómo estaban hechos”, cuenta Vanoli el comienzo de su conexión con la taxidermia, antes de que comprendiera que “la virtud más importante para hacer taxidermia no es la precisión ni la paciencia, sino la piedad”, como plantea el narrador de Arte Folk Americano. “Me interesa ver cómo en la taxidermia se produce esa escenificación de la muerte que niega la muerte”, dice el autor de los ensayos El amor por la literatura en tiempos de algoritmos y Los dueños del futuro, escrito en colaboración con Alejandro Galliano.

La cultura de la caza

-¿Cómo explicás esta cuestión paradójica de escenificar una muerte que niega la muerte?

-Si uno se pone a pensar los motivos, hay una parte que tiene que ver con el narcisismo de los cazadores y la cultura de la caza. Estados Unidos tiene una relación torturada con la naturaleza; para ellos es un factor de amenaza permanente y están acostumbrados a combatir la naturaleza. La caza es un modo de vida y uno podría leer ese modo de vida en su política exterior y en un montón de otras cuestiones. La taxidermia es una actividad que exige un trabajo muy minucioso con el detalle, sin feminizar a la persona que lo hace; entonces hay una cultura muy machista y se pueden permitir estar concentrados mucho tiempo haciendo un trabajo detallista y en algún punto decorativo (porque la taxidermia también tiene un costado decorativo), sin pagar los costos de cierta feminización para esa cultura machista.

-El capítulo sobre el carneado genera mucha impresión porque es como el “destripamiento” de la actividad. ¿Acompañaste a un taxidermista para ver cómo se hace?

-Yo lo hice directamente. En la zona en la que estuve, que es como el Estados Unidos profundo, no están muy interesados en lo que pasa en el resto del mundo; es una cultura bastante cerrada y poco cosmopolita. Cuando empecé el curso de taxidermia (aunque es de cuatro o cinco meses, ellos lo llamaban “la carrera”), creían que yo era un cazador y que me estaba formando porque cazaba donde vivía y que iba a trabajar de eso. Entonces llegás el primer día y te tiran un animal, te dan un bisturí y te enseñan a despellejarlo. La verdad que fue bastante impresionante al principio.

Representación realista

-¿Era la primera vez que hacías taxidermia o habías tenido una experiencia previa?

-Cuando uno corta carne para comer no es tan diferente, aunque uno lo tenga disociado. Cuando desgrasaba una colita de cuadril o un matambrito para tirar a la parrilla, la única diferencia es que había pelos. Nuestra cultura urbana, occidental, tiene el recato de eliminar el pelo. Y ya sin el pelo parece otra cosa. Pero no es muy diferente.

-¿Por qué en un momento de “Arte Folk Americano” se dice que el pelo se tiene que conservar?

-En la taxidermia, todo lo que es el interior del animal se descarta; hay un trabajo muy puntilloso con productos químicos, en un proceso complejo de ir pasándolo por diferentes ácidos para purificar el pelaje. Pero lo más importante de la tarea que hacen los taxidermistas es lo que ellos llaman el montaje: darle naturalidad y hacer una representación realista del animal. Los taxidermistas están muy obsesionados con que parezca de verdad; discuten las posiciones, miran videos, quieren que el animal parezca vivo. Después de haber estado tanto tiempo con ellos, ahora puedo ver un montaje y decirte tres o cuatro cosas que hablan de la destreza del taxidermista que lo hizo.

-O sea que en cierto sentido “Arte Folk americano” es una especie de diario de tu experiencia como taxidermista en Iowa y a la vez el diario de una separación, ¿no?

-Sí. Aunque hay mucha ficción, yo hice en verdad el curso y tengo el título de taxidermista, estuve varios meses viviendo con ellos. Siempre supe que iba a escribir algo sobre la taxidermia; pero mi idea original era escribir una novela policial tipo Fargo con taxidermistas y con un protagonista latino para pensar el tema de ser un emigrado en Estados Unidos; qué criterios utilizan para dar una visa y qué derechos tienen las personas que se van a vivir allá. Pero uno nunca termina escribiendo lo que planea. Y me pasó que me separé de mi pareja. La literatura de autoficción nunca me había interesado mucho, no porque me pareciera mala (porque soy lector de esa literatura), sino porque me daba pudor y creía que no era tan interesante lo que tenía para contar. Llevar un diario sobre una separación era algo que lo veía muy lejano; nunca pensé, cuando empecé a escribir este libro y hacer el curso de taxidermia, que me iba a separar.

Sufrimiento animal

-A partir del epígrafe de Derrida, “las relaciones entre los hombres y los animales deberán cambiar”, ¿la novela interpela sobre este cambio?

-Totalmente. Yo sigo siendo el típico carnívoro culposo y trato de disminuir mi consumo de carne y con el tiempo lo voy logrando; pero no tenía tan en claro las cuestiones del sufrimiento animal como cuando estuve en Iowa. Y no solo por el trabajo tan violento y bestial que hay con los animales, sino porque en ese entorno rural uno ve la maquinaria de la producción ganadera funcionando a pleno. Iowa es un estado muy rural que tiene una relación con los animales muy paradójica: hay gente que tiene cabras que son sus mascotas y después está la muerte de los animales industrializada, el sufrimiento en los criaderos de pollos. Uno sabe que esto pasa en todos los países; pero estar conviviendo con la violencia tan descarnada en los cuerpos de los animales hace que por un lado la naturalice, porque lo necesita para seguir avanzando con la técnica de la taxidermia, pero por otro lado uno empieza a saber cómo es el párpado o el oído de un animal, cómo son los dedos…Y no somos nada diferentes. Somos muy parecidos en la capacidad de experimentar dolor; entonces uno empieza a hacerse preguntas. Yo no escribí este libro con una intención animalista; pero al ver el sufrimiento y el dolor de los animales de cerca me conecté de otra manera. Las sociedades invisibilizan el dolor y el sufrimiento de los animales; uno ve un matambrito y dice qué rico, pero cuando mirás más allá, ves que el cuero y la piel están unidos a los nervios, están unidos a la carne y al hueso, y esto te genera una conciencia diferente.

-“La muerte, como en todo el mundo occidental, era algo que se escondía”, se dice en un momento de la novela. ¿Por qué se esconde la muerte?

-Somos sociedades que estamos poco programadas para hablar de la vejez y de la muerte; son como dos grandes tabúes sociales. Y eso se vio mucho en la pandemia. El grado de ritual mortuorio en la pandemia se redujo a cero para las personas que no pudieron despedirse de sus parientes por las condiciones sanitarias; y no pudimos dar una respuesta social a ese problema porque no tenemos una relación más natural y reflexiva con la muerte. La muerte es una puerta que nadie quiere abrir, ni siquiera asomarse o acordarse de que está; la tapamos con una alfombra, con un tapiz o con lo que sea, y cuando la muerte pasa hay un período de duelo por la pérdida; pero no hay una cultura de incorporar la muerte como una dimensión de la vida y de trabajar la idea de la muerte. Eso me sorprende un montón. La taxidermia tiene la paradoja de ser una negación total de la muerte y al mismo tiempo es raro ver un cadáver que simula estar vivo. Es como un muerto que vuelve.

Sociedad armada

El narrador le cuenta a Jake que participó de las manifestaciones en diciembre del 2017 para frenar el recorte en los haberes jubilatorios del macrismo. “No le conté que había arrojado piedras a las fuerzas del orden”, aclara. ¿Estuviste en las manifestaciones?

-Si, fui con varios amigos y militantes como ciudadanos hartos de lo que fue el gobierno anterior; la protesta siempre me parece legítima. En la novela cuando discuto el tema de las armas con Jake él defiende el derecho a la portación de armas y termina reconociendo que es para defenderse del gobierno. Ellos tienen miedo de que el gobierno los oprima, una postura libertaria como ahora está emergiendo acá de una manera muy curiosa. Ellos tienen esa flema que llaman libertaria, que es reducir la injerencia del Estado en la vida de los individuos y eso implica que cada individuo puede armarse para defender su propia vida y su propiedad. A veces no valoramos muchas cosas de nuestra sociedad, como el hecho de que no seamos una sociedad que esté armada hasta los dientes ni que tenga los niveles de violencia que hay en Estados Unidos. Una sociedad armada es siempre una sociedad violenta. Muchas veces cuando se habla mal de la Argentina o cuando se estimula la emigración de una manera irresponsable, porque tienen la sensación de que este es un país de mierda, me parece que hay una cuestión ideológica muy fuerte y no se tiene en cuenta un montón de factores. Paradójicamente se vende como cosmopolita irse afuera, pero muchas veces es muy provinciano pensar que vivir afuera es mejor.

El narrador se pregunta, en un momento de la novela: ¿Se puede aprender una técnica y al mismo tiempo pervertirla? ¿Y hasta qué punto dicho ejercicio no me coloca en un sustrato de absoluta banalidad? Más que en la taxidermia, pareciera que la pregunta se abre también hacia los procedimientos de escritura de la propia novela, ¿no?

-Yo no me había dado cuenta… pero hay una reflexión sobre los procedimientos del realismo, sobre lo que es una representación realista. Yo creía que conocía la técnica de la novela, que la manejaba por libros anteriores, pero uno se da cuenta de que nunca la termina de aprender. Yo trato de hacer siempre cosas diferentes; pero a veces uno siente que eso ya lo hizo todo el mundo, ¿no será banal lo que hago? En la novela me permití poner estas preguntas porque lo que traté de hacer, aunque me haya salido más o menos, es pensar el libro como un documental; nada que ver con el policial que pensé que iba a escribir, pero es lo que me salió. La separación termina de definir un poco la novela. Me estoy separando, me están pasando un montón de cosas, ¿me voy a poner a escribir un policial? También es todo un género el de las novelas de separación; los yanquis tienen un montón de novelas de separación.

-En un momento se hace referencia al noruego Karl Ove Knausgard, el creador de la monumental saga de novelas autobiográficas conocidas como “Mi lucha”, como un autor que no estaba en el radar de consideración. ¿La separación propia cambia la consideración hacia Knausgard?

-Knausgard es como un paradigma de la novela en la que entra todo, y es como “el hombre que sufre”. No me interesaba eso en principio… Yo siempre digo que antes de volver acá hice dos años de cuarentena porque en Iowa viví bastante aislado. He llegado a pasar una semana sin salir de la casa porque afuera estaba nevando. Yo tenía prejuicios contra Knausgard y de repente un día lo agarré y me sentí en buena compañía. Y ahí me di cuenta de algo. Como lector estaba más acostumbrado a ver la literatura como un hecho estético y de pronto me di cuenta también de que podía ser una compañía. Knausgard es un gran escritor (aunque no pude leer todos sus libros) y un gran compañero, especialmente para la gente que se siente sola.

Estrés postraumático

 

Hernán Vanoli recuerda que la mayoría de los taxidermistas que conoció en Iowa habían sido soldados que terminaron con estrés postraumático después de la guerra de Afganistán. “Estados Unidos tiene bases militares en muchos lugares y en esa vida itinerante que llevan muchos soldados a veces los mandan a una guerra. Participan en una guerra, lo pasan mal, después sufren estrés postraumático y lo primero que hacen cuando vuelven a Estados Unidos es ponerse a cazar animales y embalsamarlos. O sea estar de vuelta con la sangre y con la muerte”, reflexiona el escritor que aclara que cuando se anotó en el curso de taxidermia no tenía idea de que se iba a encontrar con tantos excombatientes. “Hay un sentimiento de agradecimiento del pueblo norteamericano hacia el servicio que dan los militares combatiendo. Las guerras tienen apoyo popular; a nosotros nos llegan las noticias de una parte de Hollywood que está en contra, pero en general apoyan las guerras porque creen que la misión de Estados Unidos es defender la libertad del mundo y para eso hay que intervenir en países, hacer golpes de Estado y llevarse el petróleo. Hay una gran parte de la población en Estados Unidos que está a favor de la guerra”.

Fuente:Página12

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