Medio Ambiente

Innovación regresiva: cuando la innovación empeora

La situación de crisis total planetaria  (ecológica, climática, social, política-económica) no es casual, sino que es el resultado de un paradigma dominante,  que sienta sus bases en la aparición de la agricultura pero que se consolida con la modernidad y esta alcanzando su cénit en la época actual.

Por Carolina Flynn

La ficción del paradigma moderno, que corre por una gran mayoría de las mentes humanas actuales nos dice:
Que el homo sapiens tiene un lugar especial en la creación, separado del «resto» de la «naturaleza». Una naturaleza que no tiene otro propósito que estar bajo nuestro dominio, explotación, o -en el mejor de los casos- nuestro deleite.
Que gracias a nuestra inteligencia y capacidad de innovación, muy superior a la de toda la «naturaleza», podremos conseguir el control total del mundo. ¡Sólo es cuestión de tiempo! Siempre encontraremos una solución a todos los problemas que se puedan ir presentando: clima, salud, falta de recursos, extinción de biodiversidad, etc. El ingenio humano es ilimitado.
Que esas soluciones no implican una regresión hacia atrás, sino un futuro que siempre va a ser mejor. Nos espera un progreso ilimitado, un paraíso terrenal con menos trabajo, menores preocupaciones, más salud, más comodidades.
¿Y cómo  se promueve esa innovación?  Compitiendo unos con otros. Los seres humanos somos egoístas y competitivos. Estamos programados biológicamente para buscar nuestro propio beneficio y reproducirnos, y así conseguiremos la mejor sociedad de todos los tiempos.
Por esta razón es difícil que se llegue a un acuerdo en las discusiones que se dan entre los profetas de la solución tecnológica a las crisis planetarias o los que apuestan por una reducción de la empresa humana, ya sean decrecentistas, proponentes del buen vivir o de la simplicidad voluntaria. Son discusiones entre dos paradigmas distintos, entre dos formas totalmente diferentes de ver la realidad.
Cambiar la ficción que nos trajo hasta aquí, es entonces una de las tareas cruciales si queremos evitar un «espantoso futuro de extinción masiva» y disrupción climática.
Y uno de los mitos más poderosos del paradigma moderno, y que mantiene tranquila a la mayoría de la gente en medio de la crisis climática y ecológica que amenaza a la misma civilización humana, es el de que ya aparecerá una solución,  una tecnología salvadora, o una innovación milagrosa. Lamentablemente, y a pesar de todas las argumentaciones en contra, el solucionismo tecnológico se está convirtiendo en el único mecanismo propuesto,
Entonces conviene volver a mirar algunas conquistas científicas modernas y ver como están sosteniéndose en medio de nuestro continuo traspaso de los límites planetarios.
Y uno de los mayores orgullos de los defensores de las bondades y logros de la modernidad son los avances de la ciencia y la tecnología médica. Innovaciones y descubrimientos que nos han posibilitado una mejor calidad de vida y un crecimiento importante de la expectativa de vida  humana durante el último siglo.
Pero no obstante los importantes logros obtenidos a principios del siglo XX en el control de las enfermedades infecciosas y que tuvieron un gran impacto en la salud global, hoy hay signos importantes que muestran que esas mejoras, que extrapoladas hacia el futuro, parecían prometer vidas centenarias para todos, están llegando a su fin.
Y no solo por la pandemia que, ya sea que fuera originada por nuestra depredación de la naturaleza o por un error humano en el laboratorio de Wuhan (y aquí),  provocó pérdidas de esperanza de vida no vistas desde la Segunda Guerra Mundial en Europa Occidental.

 

 

Figura: Un paso adelante, dos hacia atrás. Expectativa de vida al nacer. The Economist

 

Sino que no podemos negar que, durante las últimas décadas en los países occidentales industrializados, ha habido un fuerte aumento en la incidencia de los trastornos autoinmunes (en donde el mismo sistema inmunitario ataca y destruye tejido corporal sano por error). Nuevas enfermedades que, a pesar de ingentes esfuerzos de investigación, no se les encuentra solución desde hace décadas y que hemos ayudado a crearlas con nuestras formas de vida estresadas y con nuestra obsesión por los plásticos,  los pesticidas y las sustancias químicas (la OMS calcula que el 2,7% de la carga de enfermedad mundial fueron atribuibles a los productos químicos en 2016).
Hoy las enfermedades que más tememos ya no provienen de virus y bacterias, sino que son propiciadas por nuestras «innovaciones modernas». Consideremos que las enfermedades autoinmunes abarcan ya a más de 80:  esclerosis múltiple, celiaquía,  tiroides, miastenia grave, anemia perniciosa, artritis, lupus, diabetes tipo I, fibromialgia, psoriasis, síndrome de fatiga crónica, síndrome de Guillain-Barré, vitiligo y un largo etcétera.
Y otras muy graves son parcialmente autoinmunes, como el parkinson o el alzheimer.

 

Figura: Enfermedades autoinmunes 1950 – 2010 

 

Tampoco podemos negar el aumento de la incidencia del cáncer. Cuyo origen no es posible conocer con exactitud, pero sabemos por el NIH -el instituto de salud estadounidense-   que  el riesgo de contraerlo aumenta con «la exposición a productos químicos o a otras sustancias, así como algunos comportamientos».
De nuevo, no parece que estuviéramos yendo hacia un futuro mejor,  los datos nos muestran que nuestro estilo de vida y las sustancias que creamos y volcamos en el ambiente y en nuestros cuerpos nos enferman.

 

Figura: Muertes por cáncer desde 1990 a 2016 – Fuente: Our World in data

Otra regresión en la salud de la población, es la denominada «epidemia de los opioides»  que se vio reflejada en una disminución en la expectativa de vida de la primer potencia del mundo occidental, Estados Unidos.

 

Figura: expectativa de vida al nacer Estados Unidos con un país comparable promedio (Canadá) – 1980 – 2020. En 2014 EEUU alcanza un máximo de 78.9 años de expectativa de vida y a partir de ahí baja. Fuente: Health System Tracker

Acá la lógica es distinta, el empeoramiento en la salud no viene lateralmente, sino desde la misma concepción de la «innovación médica» puesta en el mercado.
La crisis de los opioides es uno de los sacrificios masivos recientes más grandes en manos del capitalismo, que impacta por el descaro, por la impunidad, por lo poco que vale una vida humana con tal de que aumente el dinero para algunos pocos. Y por la falta de consecuencias a los culpables.
Se calcula que entre 1999 y 2021 unos 700 mil estadounidenses han muerto por sobredosis de  opioides y que hay millones de adictos. Sólo en los últimos 3 años murieron por esta causa más de 200 mil estadounidenses (71 mil en 2019, 56,000 en 2020 y 75,600 en 2021). Pero un nuevo informe de The Lancet,  predice que el número de sobredosis «crecerá exponencialmente» en los próximos siete años, matando a 1,2 millones de personas más. Esta cifra supondría duplicar el número de muertes registradas en las dos últimas décadas. Y no sólo en EEUU, sino globalmente.
La crisis empieza en 1996 cuando la compañía farmacéutica Purdue Pharma, entonces propiedad de la familia Sackler, decide introducir un nuevo producto en el mercado, OxyContin. Un analgésico, altamente adictivo (80 a 100 veces más fuerte que la morfina) diseñado para personas con dolor severo, como los pacientes de cáncer, pero que salió al mercado como una píldora moderada para los enfermos de dolor crónico.
Con la anuencia de los reguladores federales y manipulando a la profesión médica para que prescribieran masivamente las farmacéuticas, lograron que entre 1991 y 2011 se triplicaran las prescripciones en Estados Unidos, pasando de 76 millones a 219 millones al año, y en 2016 llegaron a 289 millones. En el nuevo informe de The Lancet muestran que esos crecimientos exponenciales se están dando ahora globalmente: en «Australia se ha multiplicado por 15. en Inglaterra por 2. en Finlandia por 7 y en Brasil el 465%».
Pero esto no fue algo pergeñado por un único laboratorio. Johnson&Johnson y las distribuidoras Cardinal Health, Amerisource Bergen y McKesson implicadas también, terminaron acordando un pago de 26 mil millones de dólares para arreglar sus juicios con varios estados y recientemente Purdue Pharma acordó por 12 mil millones.
Absorbamos esto: millones de adictos y 700 mil muertes sólo en Estados Unidos,  y nadie fue preso, a pesar de como dijo el Procurador de Pensilvania «Esta epidemia fue fabricada por un ejército de ejecutivos farmacéuticos». Y no fue la única vez que las farmacéuticas han sido castigadas por engañar al público y a las autoridades.
En resumen los descubrimientos y las tecnologías que en su momento generaron un impacto terrible en la expectativa de vida humana y en nuestro bienestar, se están viendo socavados por la captura del ingenio humano y de la ciencia por parte del mercado al servicio del crecimiento económico. Hoy importa más que crezca la economía, que los accionistas se enriquezcan,  de que estemos sanos. O vivos.
Es una racionalidad un tanto rara la nuestra, ¿No?.
En primer lugar, y a pesar de hacer un culto de la razón y de confiar en nuestro ingenio para resolver todos los problemas que se nos presenten,  somos incapaces de hacernos eco de las advertencias de la ciencia respecto a lo climático, respecto al colapso de la biodiversidad, al peligro de las enfermedades zoonóticas y futuras pandemias, al peligro de llevar a cabo determinadas investigaciones médicas, al peligro de superar los límites de la contaminación química y un largo etcétera.
Y en segundo lugar, el problema no es la razón sino al servicio de que la estamos usando.
Y es que como partes de la naturaleza, el ser humano tiene una capacidad maravillosa e ilimitada de innovar. La naturaleza es creativa, transforma el caos y la entropía en orden. La diferencia es que bajo el paradigma dominante hemos puesto esa creatividad al servicio del mercado y no al servicio de la vida.  Al servicio de la competencia, de la acumulación egoísta y no de la cooperación.
Cuando decidamos tener reverencia por la vida y no por las cuentas bancarias, salirnos del paradigma antropocéntrico y unirnos, como una especie más, a la red de la vida y actuar en consecuencia, las soluciones empezarán a aparecer. Y seguramente no tendrán nada que ver con la creación de sustancias tóxicas, con la depredación de ecosistemas, con la contaminación de la atmósfera y con la creación de sustancias para enfermar a nuestros cuerpos y los de nuestros hijos.

Fuente:Blog del Proyecto Lemu

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