Medio Ambiente

Euforia: la alegría insana del neoliberalismo

Entender una época es también entender sus pasiones y sus afectos. De ahí que sea tan importante prestar atención a la euforia como sucedáneo de la alegría en el presente neoliberal. La euforia, que se exhibe sin poderse compartir, es también un afecto propio del pensar triste porque nos condena a la soledad.

Javier López Alós

Desde las alteraciones bioquímicas en el cerebro a su comportamiento, las ciencias médicas, en particular la psiquiatría y la psicología, se han encargado de estudiar múltiples aspectos en torno al estado de ánimo conocido como euforia. Fuera de esas coordenadas, aquí se presenta una interpretación de la euforia como alegría insana y antesala de la melancolía.
En lugar de centrarnos en los elementos psicofísicos de la euforia —cuya importancia queda fuera de discusión—, se propone acometer la cuestión integrándola en una reflexión general sobre la producción de afectos en las sociedades del capitalismo tardío. De este modo, podremos pensar mejor cuál es su función sistémica, por qué la euforia se ha convertido en la modalidad afectiva característica de los ciclos de producción y consumo y la manera en que, como estos, nos arrastra a períodos de crisis cada vez más prolongados.
En un artículo publicado hace unas semanas, reivindicaba la sana alegría como pasión que, por su carácter compartido y propenso a la acción libre y responsable, tiene un potencial subversivo. Frente a ella, presentaba la melancolía como ejemplo de pasión triste a la que el individualismo competitivo de nuestra época nos aboca, al punto de sentirnos incapaces de alegrarnos por más razones objetivas que podamos darnos: se cumple lo que por tanto tiempo hemos deseado, pero notamos un vacío. Me preguntaba entonces por qué nos resulta tan difícil y tan extraña la alegría, por qué incluso invocarla en contextos vocacionales en los que se supone que queremos estar y nos hacen bien parece algo extemporáneo. En esta ocasión, propongo reflexionar sobre la euforia como otro camino que, con más rodeos y más ruido, nos acaba conduciendo también a la experiencia del vacío.
Según la sana alegría se nos vuelve cada vez más ajena, tendemos a oscilar entre los estados eufóricos y el abatimiento. El paso de uno al otro no sólo agota los cuerpos, sino que tiene efectos destructivos en la vida social. Por supuesto, también en la vida intelectual, no sólo porque las bajas pasiones envenenan las relaciones, sino por algo en lo que se suele reparar poco: la manera en que condicionan el qué y el cómo de lo que se hace y se piensa.

Fuente:Blog del Proyecto Lemu

Comenta aquí