Cultura

Bafici 2022: arrancó la Competencia Internacional

El 23° Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente vuelve a abrirles los brazos a las exhibiciones en salas de cine, luego de una edición abortada en 2020 y otra en 2021 acotada a algunas pocas proyecciones presenciales, refugiada por las condiciones pandémicas en los visionados online. La Competencia Oficial Internacional en esta nueva entrega del encuentro porteño mantiene la estructura ensayada el año pasado. Esto es, a diferencia de la tradición del Bafici desde su creación en 1999 y hasta tiempos muy recientes, los largometrajes comparten espacio de igual a igual con los formatos más cortos en una sección integrada por treinta y un títulos en total. Son de la partida dieciséis películas de largo aliento (dos de ellas fuera de competencia) y quince cortometrajes, con duraciones que van de los 2 a los 30 minutos. Una decisión que más de un habitué describió como temeraria, pero que el año pasado dio un fruto inesperado: la ganadora del Gran Premio de la Competencia Internacional fue el corto argentino Mi última aventura, de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini.

Será cuestión de ver qué decisión toma dentro de diez días el quinteto responsable de catar los 29 títulos en competencia y entregar los premios del palmarés, previa discusión y deliberación, como corresponde. El jurado está integrado por el español Javier Angulo, fundador de la revista Cinemanía y director de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, el compositor chileno Jorge Arriagada, responsable de la banda de sonido de más de cuarenta films de Raúl Ruiz, la actriz y directora francesa Pascale Bodet, a quien el Bafici le dedica un apartado especial en la programación, la guionista y realizadora argentina Sofía Mora y el documentalista israelí David Fisher, cuya retrospectiva promete ser uno de los descubrimientos de esta edición. Como es costumbre desde los tiempos seminales del Abasto, sede central del Bafici durante sus primeros quince años de vida, los títulos llegan desde los lugares más diversos del planeta: Alemania, Bolivia, Chile, España, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Hungría, Irlanda, Francia, Japón y México, entre otros, amén de la participación argentina, que este año incluye nada menos que cuatro largometrajes y otros tantos cortos.

El puntapié inicial de la Competencia Internacional le correspondió a la sátira alemana L’etat et moi, del realizador Max Linz. No, no se trata de un error: el título original en idioma francés se liga ostensiblemente a una de sus temáticas centrales, la relación entre la ciudadanía, el estado y las leyes. Linz no es un debutante en el Bafici. Su largometraje previo, Music and Apocalypse, había formado parte de esta misma sección oficial en 2019, y en esta nueva obra vuelve a incursionar en terrenos similares, al menos en términos formales. Si en aquel entonces los dardos iban dirigidos al sistema educativo universitario, ahora los blancos están dispuestos sobre el telón de fondo del sistema penal, en un relato que cruza tiempos y espacios y utiliza a la misma actriz, la austríaca Sophie Rois, en dos papeles principales. Por un lado, Rois es Hans List, un compositor de música (el término alemán komponist es constantemente confundido con kommunist) que abandona su época, durante los días de la Comuna de París en 1871, y despierta en un museo en la Berlín contemporánea. La misma intérprete es responsable de encarnar, por otro lado, a Josephine Praetorius Camusot, la jueza encargada de la sentencia por alteración del orden público y atentado contra las autoridades.

Alejado miles, millones de kilómetros de cualquier avance naturalista, L’etat et moi entrelaza el siglo XIX con el XXI (en Berlín-Mitte corren las carrozas y los sacos y corbatas se alternan con las levitas), y el tono de las actuaciones está deliberadamente marcado por la exageración e incluso el grotesco, con varios pasos de comedia slapstick (el joven abogado enamorado de una violoncelista no puede evitar tropezarse y caer a cada paso). No es un hueso blando de roer, como tampoco lo era Music and Apocalypse, y en el torrente sanguíneo de Linz corre algo del absurdo político del Alexander Kluge más radical. ¿Cuánto del veneno satírico del film logra impactar en el espectador? Dependerá en cierta medida del interés y conocimiento sobre las leyes, su aplicación discrecional sobre los distintos estratos sociales y el funcionamiento de los engranajes judiciales.

Casualmente o no, el segundo largometraje presentado en competencia también mezcla y entrevera deliberadamente dos temporalidades, y el humor, si bien es de una índole más reposada, igualmente forma parte de sus pliegues narrativos. Fanny camina, codirigida por el realizador Ignacio Masllorens (AtlasEl teorema de Santiagoy el director teatral y regidor Alfredo Arias –la primera apuesta local de la sección, aunque con aportes de coproducción franceses–, se acerca a la figura de la actriz Fanny Navarro, estrella del cine argentino durante los años 40 y primeros 50 y presidenta muy visible del Ateneo Cultural Eva Perón. Luego del golpe del 55, debido en gran medida a su fidelidad al Partido Justicialista, su carrera sufrió toda clase de magulladuras y golpes, ingresando en un período de ostracismo profesional interrumpido por algunos escasos papeles en el cine y, más tarde, en la naciente televisión.

La dupla de realizadores no intenta, de ninguna manera, crear una película biográfica al uso, convencional; por el contrario, la apuesta es a construir un espacio legendario y fantasmagórico, en el cual la relación entre Navarro y Evita (entre otros personajes reales e imaginarios) es iluminada desde un presente que no es otra cosa que un pasado redivivo, un continuo espaciotemporal. La fotografía, en un blanco y negro ultra estilizado, no hace más que potenciar esa sensación de universo paralelo al real, pura creación artística aunque ligada al pasado y el presente del país. Protagonizada por Alejandra Radano en el rol titular y presentada el año pasado en el Festival de Biarritz, Fanny camina es una criatura cinematográfica particular, crítica pero profundamente enamorada de un espacio al mismo tiempo real y mitológico: la Argentina del primer peronismo.

Fuente:Página12

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