Medio Ambiente

Satisfechos y radioactivos

Vamos a ser todos radiactivos y felices. Contaminados y orgullosos de haber hecho bien las cosas. El contador Geiger se moverá enloquecido, mientras se verifica el triunfo de la democracia sobre la barbarie. En Europa, crucemos los dedos, nos dirigimos a toda máquina hacia un enfrentamiento nuclear. Avanzamos hacia el abismo con la misma alegre irreflexión con la que las grandes potencias se lanzaron a la Primera Guerra Mundial, como se relata en el excelente libro de Christopher Clark The Sleepwalkers: «How Europe Went to War in 1914». Pero, a diferencia de entonces, los sonámbulos de hoy se hallan en un estado de narcosis inducida.

Por: Marco D’Eramo

Paralizados por los horrores perpetrados en Ucrania, ya no percibimos la escalada que se está desarrollando ante nuestros ojos. No me refiero sólo a la intensificación del esfuerzo bélico de Rusia y a la insensata brutalidad desplegada por sus fuerzas armadas. Tampoco a las sanciones cada vez más duras de Occidente contra Moscú, ni a la afluencia de armamento procedente de los Estados miembros de la OTAN, cada vez más potente y sofisticado, consignado a Kiyv, del cual sabemos muy poco. En realidad, la escalada más preocupante se produce en el discurso sobre la guerra y en su retórica. En el conflicto actual, el campo de la propaganda es decisivo, quizá incluso más que el propio campo de batalla.
En las últimas semanas se han adoptado la totalidad de los tropos relacionados con los “crímenes de guerra”, el “genocidio”, las “atrocidades” (antes de que comenzara la guerra escribí para Sidecar sobre el uso de las atrocidades como herramienta política). Seamos claros: seguramente se han cometido atrocidades y otras nuevas serán perpetradas. La guerra es atroz por definición; si no lo fuera, sería más bien un evento deportivo, un torneo caballeresco. Sin embargo, que yo sepa, no ha sido común calificar el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki como un genocidio o una atrocidad. Las atrocidades se cometen en todas las guerras, pero sólo se denuncian en algunas de ellas. Estas categorías se evocan con el objetivo específico de excluir cualquier posibilidad de negociación. No es casualidad que el pobre Macron (desairado por Estados Unidos y objeto de burla por parte de Putin tras horas de inútil tête à tête) se haya opuesto a la intensificación verbal que representan las acusaciones de “genocidio”. No se puede negociar con un criminal de guerra; no se puede llegar a acuerdos con quien es reo de genocidio. Si Putin es el nuevo Hitler, entonces lo único que queda por hacer es arrasar el nuevo Reich. Peor todavía si se introduce en el juego la locura y se actúa suponiendo que el enemigo está loco, porque entonces no queda espacio para el razonamiento, así que no hay salida posible de la situación bélica.
No hay espacio, en efecto. ¿Quién recuerda las cuatro rondas de negociaciones entre Rusia y Ucrania celebradas entre el 28 de febrero y el 10 de marzo (tres en Bielorrusia, una en Turquía)? Entonces parecía posible un acuerdo; ahora es inconcebible. La sensación que todos teníamos desde el principio —que a Estados Unidos no le disgustaría una invasión rusa y que haría muy poco por evitarla— se ha ido confirmando a medida que pasaban los meses. Ya a principios de marzo, cuando quedó claro que nadie quería negociar un acuerdo de paz, uno de los principales estudiosos del estalinismo, Stephen Kotkin (no conocido precisamente por su ternura hacia Rusia), advirtió en una entrevista con The New Yorker
El problema […] es que es difícil averiguar cómo puede producirse una desescalada, cómo es posible salir de la espiral de maximalismo recíproco. Seguimos sobrepujando las apuestas con más y más sanciones y cancelaciones. Hay presión por nuestra parte para “hacer algo”, porque los ucranianos están muriendo cada día mientras nosotros en cierto modo nos mantenemos al margen militarmente. (Aunque, como he dicho, les estamos suministrando armas y estamos haciendo mucho en el ámbito cibernético). La presión por nuestra parte opta por el maximalismo, pero, cuanto más acorralemos a los rusos, menos tiene Putin que perder y, desafortunadamente, más puede subir su apuesta. Tiene muchas herramientas que no ha utilizado y que pueden perjudicarnos. Necesitamos una desescalada de la espiral maximalista y necesitamos un poco de suerte y buena fortuna, tal vez en Moscú, tal vez en Helsinki o Jerusalén, tal vez en Pekín, pero ciertamente en Kiyv. 

 

Protestas en Moscú contra la guerra de Ucrania. Novaya Gazeta

Desde entonces han pasado dos meses y la situación se ha deteriorado. El 26 de abril, James Heappey, secretario de Estado británico para las Fuerzas Armadas, dijo a los ucranianos que debían llevar la guerra a territorio ruso. Estas figuras de la política exterior occidental son conscientes de que, en contra de lo que dictaría el sentido común, el estancamiento del avance militar de Putin ha socavado en realidad las esperanzas de paz. El Kremlin nunca podría exponerse ante la opinión pública rusa y sentarse a dialogar sin haber conseguido ninguno de sus objetivos bélicos, pues eso pondría de manifiesto el fracaso de su ofensiva. Y la OTAN, por su parte, no tiene ningún interés en desescalar el conflicto y ahorrar a Rusia el castigo tanto por sus atrocidades en Bucha como por su insubordinación ante la potencia hegemónica estadounidense.
La trayectoria de la guerra ha demostrado que el poder militar ruso estaba sobrevalorado. Del mismo modo que Alemania ha sido definida como un gigante económico y un enano político, la Rusia de Putin ha sido percibida, hasta hace poco, como un enano económico y un gigante militar. Pero un gigante enano es un oxímoron y el poderío militar de Moscú es ahora más realista contemplarlo en relación con su capacidad económica: un PIB mayor que el de España pero inferior al de Italia. Ello quedó patente de modo decisivo el 14 de abril, día en el que se produjo el hundimiento del crucero lanzamisiles guiados Moskva, que a la sazón era el buque insignia de la Flota del Mar Negro de Rusia. Sea cual fuere la verdad sobre su desaparición, si se hundió a causa de un incendio —hecho que implica que la Armada rusa se encuentra en un estado tan lamentable que fue incapaz de apagarlo— o debido a un ataque con misiles ucranianos —lo cual indica que Rusia carece de la tecnología necesaria para repeler una ofensiva contra su buque más avanzado—, la calamidad demostró lo que los puntos muertos de la guerra terrestre ya sugerían: que la Rusia de Putin también puede definirse con el sardónico definición una vez utilizada por un periodista del Financial Times para describir la URSS bajo Gorbachov, un “Alto Volta con misiles”.
Sin embargo, más concretamente, las deficientes defensas antimisiles del Moskva han enseñado al Pentágono que si ésta es la condición de los sistemas electrónicos rusos, el riesgo que supone su arsenal nuclear es relativo. Como señala Andrew Bacevich en The Nation,
[…] lo más embarazoso para los responsables políticos estadounidenses es que el fracaso de la “operación especial” de Putin pone en evidencia que la “amenaza” global rusa como algo esencialmente fraudulento. Salvo un ataque nuclear suicida, Rusia no representa peligro alguno para Estados Unidos (énfasis añadido para los lentos de comprensión). Tampoco representa una amenaza significativa para Europa. Un ejército bloqueado en sus esfuerzos por superar a la fuerza reunida de la nada para defender a Ucrania, no llegará muy lejos si el Kremlin decide atacar a los miembros europeos de la OTAN. El oso ruso se ha desvirtuado a sí mismo.
Bacevich se precipita demasiado al excluir la posibilidad de un ataque nuclear suicida, pero también se equivoca en otro punto. Es cierto que Rusia no constituye una amenaza seria para Estados Unidos y su arsenal defensivo, protegido a su vez por una red de satélites y tecnología de vanguardia. Pero, ¿qué ocurre con Europa? Las ciudades europeas están realmente en peligro tanto por su capacidad de respuesta antimisilística más modesta, como por su contigüidad con Rusia (es decir, por la relativa rapidez con la que Rusia podría golpearlas). Berlín se encuentra a apenas mil kilómetros de la frontera rusa. No olvidemos que el conflicto entre la OTAN y Rusia ha tenido lugar enteramente dentro de Europa: sería la tercera vez en poco más de un siglo que Estados Unidos libra una guerra en el continente europeo sin tener que afrontar sus consecuencias en casa (en marzo, el antiguo director de la CIA, Leon Panetta, reconoció que Estados Unidos estaba librando una guerra por delegación en Ucrania).
En estos momentos, la OTAN y Estados Unidos han empezado a hablar como vencedores, discutiendo abiertamente qué castigos infligir a un Moscú derrotado. “Queremos debilitar a Rusia hasta el punto de que no pueda hacer el tipo de cosas que ha hecho al invadir Ucrania“, ha afirmado el secretario de Defensa estadounidense Lloyd Austin. Mientras tanto, predice con certeza el infalible Francis Fukuyama, ”Rusia se dirige a la derrota total en Ucrania“, derrota que ”hará posible un ‘nuevo nacimiento’ de la libertad“ y nos sacará de la depresión que nos aflige, dado el decadente estado de la democracia global. El espíritu de 1989 seguirá vivo gracias a un grupo de valientes ucranianos”. Además, escribe Fukuyama, la guerra será una buena lección para China. Al igual que Rusia, China ha creado fuerzas militares aparentemente de alta tecnología en la última década, que crecen, sin embargo, de experiencia en combate. La miserable actuación de las fuerzas aéreas rusas sería probablemente reproducida por las Fuerzas Aéreas del Ejército Popular de Liberación, que tampoco tienen experiencia en la gestión de operaciones aéreas complejas. Confiemos en que los dirigentes chinos no se engañen a sí mismos en cuanto a sus propias capacidades, como han hecho los rusos, si llegan a contemplar un futuro movimiento contra Taiwán.
En resumen, “gracias a un puñado de valientes ucranianos”, la defensa del mundo libre se convierte en una inesperada ocasión para reafirmar la hegemonía global de Estados Unidos y consolidar un imperio al que unos meses antes se le había diagnosticado un declive irreversible. Como escribe Pankaj Mishra, “la humillación sufrida por Estados Unidos en Iraq y Afganistán, y domésticamente por parte de Trump, desmoralizó a los exportadores de democracia y capitalismo. Pero las atrocidades de Putin en Ucrania les han dado ahora la oportunidad de hacer que Estados Unidos parezca grande de nuevo” (Todos aprovechan la guerra para ajustar cuentas personales: Boris Johnson, por ejemplo, la utiliza para causar problemas a Alemania, cobrándose una pequeña venganza por las humillaciones sufridas durante las negociaciones posteriores al Brexit).
El problema es que cuanto más arrinconada se encuentre Rusia, más se verá limitada por su debilidad militar y más tentada estará a compensar esta con amenazas nucleares. Sabemos por experiencia que las amenazas no pueden prolongarse indefinidamente: tarde o temprano deben materializarse, aunque ello sea totalmente contraproducente (como ha comprobado Putin, con un coste considerable, cuando amenazaba con invadir Ucrania). “No hay que presionar demasiado a un enemigo desesperado”, advertía Sun Tzu hace veinticuatro siglos aproximadamente.

 

Se trata de una escalada diferente a la descrita por Kotkin, pero su efecto es el mismo. Cuanto más se atasca Rusia en Ucrania, menos se sienten obligados sus enemigos a negociar y, por lo tanto, más más intransigentes se vuelven y más elevan las condiciones para su rendición, lo que lleva a Moscú a intensificar sus esfuerzos, y así sucesivamente en una espiral de sobrepujas. La primera víctima de este ciclo es el pueblo ucraniano. El resultado del estancamiento de las negociaciones es el bombardeo de más ciudades y la muerte de más civiles. Occidente seguirá pregonando sus valores sobre sus cadáveres (a menos que decida intervenir directamente y desencadenar una guerra nuclear). Parafraseando un viejo dicho: es fácil hacerse el héroe cuando el cuello de otro está en juego.
Y que no se nos diga que la sabiduría de nuestros gobernantes (tan a menudo invocada contra “la irresponsabilidad de los populistas”), se detendrá al borde el abismo nuclear. Toda la propaganda de guerra se halla presa de una furia intervencionista que es difícil hacer retroceder: vale para la indignación guerrera el famoso dicho estadounidense según el cual el odio es como la pasta de dientes, que una vez que ha sido apretada, es difícil hacerla entrar de nuevo en el tubo de dentífrico.
Mientras tanto, la invasión rusa ya ha causado daños irreparables. Ha demostrado lo mucho que preocupa realmente la cuestión medioambiental a estas élites dotadas de visión de futuro que gobiernan nuestras sociedades. Toda crisis global se convierte en una nueva oportunidad para relegar el futuro de nuestro planeta al rango más bajo de la agenda de prioridades. Se desencadena una pandemia, ergo olvidémonos del medio ambiente. ¿Una guerra en Ucrania? Empecemos con el fracking a toda máquina. Ya nos están haciendo tragar el regreso de la energía nuclear. Más plantas de carbón, más gas de nuestro “democrático” aliado Al Sisi, cualquier cosa es mejor que pactar con el pérfido Kremlin.
La segunda víctima de la invasión rusa es la UE, que saldrá destrozada, aunque se salve de ataques misilísticos contra suelo europeo. Las fantasías alemanas de una nueva Ostpolitik se han desvanecido, los sueños franceses de una (relativa) autonomía militar se han disipado y las relaciones amigables (mantenidas durante toda la Guerra Fría) entre Roma y el Kremlin se han roto. Sobre todo se ha extinguido toda noción de autonomía política de la Unión Europea. Europa en su totalidad se ha realineado (se halla subsumida diría Kant) en la OTAN, la misma organización que Macron calificó en estado de “muerte cerebral” en 2019. Al contrario, Monsieur le Président: hoy hay cola ante la ventanilla de la OTAN.
Pero hay más: la invasión rusa, con su objetivo de “desnazificar” Ucrania, también ha dado una legitimidad renovada al neofascismo y al autoritarismo en toda Europa. La derecha ya no es juzgada por sus impulsos dictatoriales, sino por su relativa hostilidad o simpatía hacia Putin. Polonia, juzgada por la UE por infringir su Estado de derecho, se encuentra milagrosamente elevada a baluarte de la democracia, mientras que Hungría es ulteriormente condenada al ostracismo por sus tibias posturas antirrusas.
Putin ha realizado dos milagros. El primero ha sido la creación de Ucrania. Si para existir políticamente una nación debe imaginarse, como indica Benedict Anderson, primero como una comunidad y si esta comunidad sólo puede imaginarse cuando los muertos se convierten en nuestros muertos, entonces la invasión rusa ha hecho nacer realmente a Ucrania, no sólo como una entidad geográfica, ni siquiera como una construcción político-diplomática (recordemos que desde el siglo XIV hasta 1991 Ucrania ha estado siempre bajo control extranjero), sino como una comunidad, como un sentimiento de pertenencia a un pueblo.
El segundo milagro ha sido la legitimación de los neonazis ucranianos a los ojos del mundo. Cabe destacar aquí, para quien no los haya leído, los dos magníficos reportajes sobre la ultraderecha europea publicados antes de la invasión de Ucrania: uno en Harper’s, otro en Die Zeit, ambos sobre los neonazis ucranianos y su principal organización, el Batallón Azov (ahora Regimiento). Cuando los tanques rusos cruzaron la frontera, el Batallón Azov se convirtió en un hervidero de héroes. Esta transformación roza el ridículo, si no fuera ya trágica, como se ha evidenciado en entrevistas como la de La Repubblica, que cita al comandante del segundo regimiento diciendo: “No soy un nazi, leo a Kant a mis soldados”. El comandante cita a continuación la conocida conclusión de la Crítica de la razón práctica: “Hay dos cosas que llenan la mente con una admiración y un asombro siempre nuevos y crecientes, cuanto más a menudo y con más constancia reflexionamos sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí cabeza y la ley moral en mi interior”. Todo esto recuerda a las SS, que eran conocidas por su exquisito gusto por la música romántica alemana.
Esto demuestra que, en las guerras de propaganda, el principio del tercero excluido no se cumple. No es cierto que si es falso lo que dice un contendiente, entonces es cierto lo que afirma su adversario: las mentiras en la guerra no son simétricas y los dos enemigos pueden sin duda mentir simultáneamente. Por ello es infantil acusar de filoputinismo a quien cuestiona la narrativa occidental de la guerra. El hecho de que Putin sea, tomando prestadas las palabras de Roosevelt, “un hijo de puta”, no significa que sus enemigos sean ángeles. Y lo contrario también es cierto: el cinismo político occidental no debería convertir a Putin en un santo.
Llama la atención que Estados Unidos escenifique siempre el mismo guion, presentándose como el imperio del bien, a veces enfrentándose al imperio del mal, a veces a un Estado canalla o a un criminal loco. Durante más de ochenta años se nos ha mostrado este misma película de vaqueros. Pero, en realidad, la historia de la humanidad se parece más a un spaghetti western que a un western estadounidense: una historia sin héroes ni villanos en la que todos actúan sin escrúpulos en su propio interés o en lo que (a menudo erróneamente) perciben como tal. Esperemos que esta vez la historia no termine con Joe Biden cabalgando en solitario hacia una puesta de sol borrada por un hongo nuclear.

P.D. Al contrario que la mayoría de los comentaristas que se respetan, me alegraría mucho que los hechos me contradijeran y admitir que he cometido un enorme error de análisis. Me alegraría, sobre todo, simplemente por estar vivo.

Fuente:Blog del Proyecto Lemu

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