Cultura

Cómo John Cho se convirtió en la estrella menos pensada de Hollywood

Por lo que valga, John Cho pide disculpas. «Escuchá, he enviado mis cartas pidiendo perdón a todas las naciones del mundo». Para hacerle justicia, él no fue quien acuñó el término «milf», aunque sí quien lo popularizó gracias a una pequeña pero notoria participación en American Pie (1999). Más de dos décadas después, el rancio legado de esa comedia -incluyendo ese ganchero epíteto para las madres sexy- perdura.

«Lamento haber desencadenado eso», bromea Cho en la comunicación vía Zoom. A los 50 años, el actor luce apenas un poco más viejo de lo que se veía interpretando  a un estudiante secundario apuntando al pecho de una chica. «Siempre pensé que ‘milf’ era un término vulgar, pero diré que hay un montón de mujeres que se identifican con eso, con lo que de alguna manera dio un giro.»

Lo mismo puede decirse de la carrera de Cho: en algún punto dio un giro. Luego de ese “MILF Guy #2” en American Pie y “Sale House Man #1” en Belleza americana vino una cadena de apariciones televisivas en programas de alto perfil como New GirlHow I Met your Mother y Grey’s Anatomy. También hubo algunas películas. Harold and Kumar Go to White Castle revolucionó el género stoner. Cho interpretó Harold, Kal Penn era Kumar. Fue un triunfo para los marihuaneros de todo el mundo.

Entonces a Cho le llegó la oportunidad de emular al héroe de su infancia, su «Estrella del Norte», George Takei, asumiendo el personaje de Sulu en la trilogía que realizó J. J. Abrams sobre Star Trek. Lento pero seguro, se convirtió en una de esas caras más reconocibles de Hollywood. Y no solo porque hubiera muy pocos que se vieran como él.

Por un largo tiempo, los personajes de Cho podían ser resumidos como «el tipo asiático en aquella peli». La descripción abarcaba básicamente a tres nombres: Steven Yeun de The Walking Dead, Daniel Dae Kim de Lost y Cho de, bueno, todo lo demás. No fue hasta la llegada de Columbus, un modesto y cerebral drama de 2017, que a Cho se le empezó a ofrecer un material en el que de verdad podía lucirse. La película fue aclamada por la crítica de manera unánime y le dio algunas de las mejores reseñas de una carrera que llevaba décadas.

Eso señalizó otro giro, esta vez hacia el territorio de los protagonistas masculinos. Desde entonces volvió a conquistar a los críticos con su thriller íntimo Buscando…, y se encargó del rol principal en la adaptación con actores de Cowboy Bebop, popularísimo western espacial del animé. Ahora se mete cómodamente en la piel de un padre soltero en Don’t Make Me Godisponible en la plataforma Prime Video.

Cualquiera que esté prestando atención sabe que es un gran momento que Cho haya ascendido de categoría. Pero el mismo actor está menos entusiasmado. «Cada parte de mi carrera se sintió muy gradual. Nunca fui descubierto en una esquina de la calle, apoyado en un buzón vistiendo una canpera de jean». Hace una pausa por momento y entonces deja escapar una profunda carcajada. «Eso fue bastante específico». El detalle del buzón, explica, es que se trata de cómo fue descubierto Matt Dillon. «Mientras tanto, yo anduve por ahí consiguiendo cosas», se encoge de hombros hablando de su reciente fama. Dicho eso, es justo decir que es la perseverancia lo que hace a una estrella. Aunque un buen peinado también ayuda.

A pesar de tener medio siglo en sus espaldas, Cho tiene más pelo que nunca. Además de un bien cultivado bigote de manubrio, exhibe un jopo perfecto, la clase de estilo que evoca interminables metaforas sobre nubes y algodón de azúcar. Es fácil ver por qué, cuando Cowboy Bebop llegó a la plataforma el año pasado, la frase «John Cho’s Hair» se convirtió en tendencia en Twitter. Y no, no es una peluca.

La más reciente película de Cho es una «de llorar». Allí interpreta a Max, un padre soltero que lleva a su hija adolescente en un viaje a través del país, tras descubrir que le quedan solo meses de vida. Le sigue a Buscando…, otra historia de padre e hija. Cho tiene dos hijos: el primero nació en 2008. Y en ese momento todo cambió para él.

«Sería más fácil decir en qué ser padre no me cambió. Tener un hijo es una alteración total de tu vida y tus valores. Se siente como si todo se reacomodora y se pusiera en su apropiado lugar dentro tuyo», señala, haciendo círculos alrededor de su abdomen. Criar a dos niños lo llevó a reexaminar su propia infancia, que pasó en Corea del Sur y Estados Unidos, donde se mudó cuando tenía 6 años.

«Quiero emular la mayoría de las cosas que mis padres me enseñaron, como el amor, la amabilidad y la moralidad. Pero hay un par de cosas culturales a las que quiero conscientemente ponerles un freno». Como la vergüenza, dice. «Crecí con una sensación de vergüenza. Es una cosa cultural determinada para enseñarnos a comportarnos y ser civilizados con el otro, pero la metodología es la vergüenza, y no quiero que esa sea la fuerza impulsora de mis hijos en el modo en que se comportan en el mundo.» Otra cosa, agrega, es que la cultura coreana es «bastante patriarcal».

Como actor, Cho existe en un espacio único. Es la rara estrella asiática cuyos roles, al menos recientemente, tienen poco que ver con su asianidad. Don’t Make Me Go no es muy diferente. La película trata a la raza como extraordinariamente no extraordinaria. Que Max sea asiático es una anécdota. Es el último en un paquete de personajes que tratan a la herencia de Cho como algo incidental más que fundamental. Por su parte, Cho puede reconocer un patrón en sus elecciones, pero dice que no tiene ninguna «filosofía» en lo que respecta a la elección de papeles. «Es situacional», explica.

«Pero una película que trata a la raza como un trasfondo se siente más auténtica, porque mientras el resto de la sociedad mainstream en Estados Unidos te mira y solo ve el color de tu piel, internamente la gente no piensa en su raza a través del curso del día. Otras identidades están mucho más al frente en tu concepción de vos mismo.» Cuando le señalo que uno no se levanta cada día pensando en primer lugar que es asiático, finge estar asombrado: «¿Vos no? Cada mañana me miro en el espejo y pienso ‘¡Ah, mirá, sigo siendo asiático!'»

Nadie está más sorprendido por el ascenso de John Cho que el mismo John Cho. Aunque su raza no lo define, sin duda lanza una sombra sobre sus ambiciones. Mientras crecía a comienzos de los años ’80 en Los Angeles, la idea de que alguien como él pudiera tener la carrera que tiene hoy era risible. Hoy se resiste a llamarlo pesimismo. «Podría argumentar que mi opinión estaba realmente basada en evidencia», declara. «No vi a nadie que hiciera posible esa sensación.»

Los pocos programas que presentaban actores asiáticos, como M.A.S.H., aparentemente lo habían hecho sin pensar demasiado. Sus roles eran tan insignificantes y tan truncados que, cuando era niño, Cho no creía que fueran profesionales. «Pensé que el programa se había conseguido a estos tintoreros para estar allí. De chico no me parecía que lo que estaban haciendo fuera lo mismo que estaba haciendo Sylvester Stallone, ¿se entiende? Eran trabajos diferentes.» Y de vez en cuando, agrega, «en realidad estaban ahí solo para divertirnos a su costa.»

Como le sucedió a mucha gente, la visión del mundo de Cho cambió en la secundaria. Estudió Literatura Inglesa en la Universidad de Berkeley en California, donde también intentó actuar por primera vez. «Conocí a estos actores asiático-estadounidenses y dije ‘Mierda, son actores de verdad. Están entrenados y educados, y se están ganando la vida.»

En pantalla, de todos modos, la representación que vio todavía era terrible. Por eso, Cho le puso el ojo a películas que llegaban de Hong Kong y Corea. «En estas películas eran personas hermosas atravesando todo la gama de la experiencia humana», dice. Esto  le disparó interrogantes sobre el entretenimiento estadounidense: «¿Cómo puede ser que allí seamos tan raros y tan idiotas?»

Cho siempre tuvo uina idea clara de los personajes que quería. Y una experiencia temprana le dio la idea de aquellos que quería evitar. En 1997 tuvo un cameo en The Jeff Foxworthy Show, encarnando a un pibe de delivery. Ya ha dicho que se arrepiente de haber tomado ese papel. «Estaba interpretando a un chino de delivery con un acento sureño. Ese era el chiste», dice Cho, que es coreano, gracias. «Recuerdo estar haciéndolo y que el equipo de gente blanca se reía. Era muy incómodo. No quise volver a tener nunca esa sensación». Y Cho se aseguró de que no sucediera nunca más.

Cuando una oportunidad de llegar al estrellato se abrió con la comedia de 2002 Un gran mentiroso, Cho en principio la rechazó porque el personaje debía hablar con acento. El actor clarifica que no se trató de que el rol hubiera sido escrito con malicia. «Solo pensé que, tratándose de una película para niños, los chicos podrían reírse accidentalmente por ese acento, pensando que esa era la parte graciosa.»

Fijar una posición fue duro, pero el guionista y director Shawn Levy lo hizo fácil. Escuchó a Cho y eliminó el detalle del acento, asunto terminado. La respuesta del realizador fijó un precedente de con qué escrúpulos asumiría el actor las decisiones de su carrera. «Siempre es válido hablar desde el corazón. Solo tenés que ser capaz de soportar las consecuencias. Si no podés, entoncés no podés hablar desde tu cabeza.»

La decisión nunca fue tan clara como podría pensarse. Cho recuerda un período de su vida en el que estaba recibiendo un montón de guiones de lo que él llama personajes «¿Es esto racista?». «No eran personajes francamente racistas, lo que hacía más difícil evaluarlos», se ríe. «Lo engañoso aparece cuando es un material que es anti-estereotipo, pero se apoya en el estereotipo para las bromas«. Como ejemplo, apela a un hombre asiático en un club de strip tease. «¿Es eso una perversión del estereotipo, en la que se supone que nos debemos reír de cuán absurdo parece? Si es así, aún se trata de un estereotipo, vestido con ropas de oveja». Para ayudarlo a descifrar qué era ofensivo y qué no, Cho se valió de «una pequeña red de amigos» a la que llamaba para pedir consejo: «Era como una línea de teléfono rojo».

En 2016, un movimiento en las redes sociales ideado por el estratega digital William Yu reimaginó a Cho como el protagonista de franquicias de acción y comedias románticas. #StarringJohnCho («Protagonizada por John Cho») puso la cara del actor photoshopeada en posters de The Avengers y Spectre para llamar a que se elijan más asiáticos estadounidenses en roles protagónicos tradicionales. «Fue muy raro verme en esas cosas», recuerda, y agrega que interpretar a James Bond o al Capitán América nunca fueron sus objetivos. «¿Quizá porque me dediqué a editar mis propios sueños?», reflexiona en voz alta, pero rápidamente se aleja del tema. «¡Lo más raro de esas campaña es que un montón de gente pensó que yo la había iniciado!»

Aun con lo perfectamente agradable que es Cho -y, de paso, también se muestra sonriente y serio-, se tiene la sensación de que en realidad no quiere estar aquí, hablando de este tema. En los comienzos de su carrera, quizá, pero con el tiempo se fue moderando. En estos días prefiere estar en casa con sus hijos. «Hacer campañas en los medios es bastante duro ahora. Creo que el requerimiento de que reveles tus profundidades interiores es más alto que nunca», dice, apuntando al actual panorama en la comedia de stand up como ejemplo. «Todo se trata de revelar cosas, de ser muy personal. Eso es lo que la gente quiere, pero esa es justo la parte de mi persona sobre la que pongo más protección». Y explica: «Estoy haciendo una película sobre un padre y su hija, con lo que la gente quiere saber sobre mi hija, y yo me pongo muy a la defensiva con eso porque es mi trabajo.»

Una consecuencia inevitable de haber surgido como actor asiático en la primera década del nuevo siglo es que eso te convierte en una especie de faro de la representación. Y la pura longevidad que Cho ha conseguido en una industria tan voluble («Soy como un virus que no puede ser eliminado») lo ha convertido en una especie de ideal, aunque a veces reticente, vocero de esos temas. A Cho le cuesta mucho llegar a un veredicto sobre si las victorias cinematográficas pueden llevar a un cambio que tenga real significado. Y aborda la pregunta como un padre, en oposición al actor.

«Sabés, siendo un pibe asiático, había un montón de oportunidades en las que te obligaban a sentirte diferente. Y eso parece haber cambiado. Creo que la cultura pop tiene mucho que ver con cómo los chicos ven a otros chicos que tienen un aspecto diferente al suyo. Y creo que ahora los chicos se sienten mucho más relajados con un mundo multicultural». Su hija, sonríe, ama Moana. «Y yo amo que ame Moana, que se enganche con eso. La representación es importante de un modo que no podría haber conceptualizado.»

Lo que sigue en el futuro para Cho aún está en el aire, pero él tiene algunas ideas. Una es una película de acción hiperviolenta en la que él básicamente le patea el culo a todo el mundo durante dos horas. Sería su «carta de amor» a compañeros asiático-estadounidenses, dice y sonríe. Es una definición que ruega por una explicación.

«Quizás es diferente para los chicos más jóvenes, pero diré un secreto: mi generación de amigos asiático-estadounidenses siempre caminó por ahí con un puño en el bolsillo», dice. «Conozco a un buen número de amigos a los que si los empujás un poco de más, harás brotar la furia, y es muy difícil volver a meter eso en la botella. Por eso quise hacer una película que fuera simplemente un desfile de asesinatos. Yo desencadenando la perdición sobre todos». Se ríe maníacamente. «¡Sé que hay un segmento de asiático-estadounidenses que van a darme las gracias!»

Fuente:Página12

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