Cultura

Milena Busquets: «La escritura siempre nace de una incomodidad con el mundo»

Milena Busquets no tiene una habitación propia para trabajar. Le gusta escribir “en medio de cierto barullo controlado”. Las palabras justas (Anagrama) es el diario de una escritora que tiene como principal aliada la ironía y una honestidad brutal para ir demasiado lejos, sin el temor a ser cancelada. “Debería haber un censo de escritores, más de la mitad de las personas que me siguen en Instagram ponen en su perfil que son escritores”, dice en una de las entradas la autora de un libro que se convirtió en un fenómeno editorial, También esto pasará, novela en la que exploró la relación con su madre, nada menos que la editora y escritora Esther Tusquets, la fundadora de la editorial Lumen que murió en 2012.

“¡Qué maravilloso sería poder vivir de la escritura! No haberme visto obligada a vender nada, prosperar, crecer, comprar propiedades, irme con los chicos de vacaciones a lugares fabulosos, vivir en un piso grande y luminoso con un suelo de madera clara. Igual si tuviera más pinta de pobre, conseguiría algún trabajo. Ni siquiera he logrado que mi propia editorial me dé traducciones. Debo transmitir más preocupación y miseria”, revela Busquets en Las palabras justas, diario de una escritora que vive con sus dos hijos, practica yoga, visita al psiquiatra y está enamorada de J., un hombre veinte años mejor que ella y que se llama Javier, como aclara en la entrevista con Página/12.

La voz acatarrada de Milena llega desde Barcelona, la ciudad donde nació hace 50 años, donde trabajó como editora y traductora antes de dedicarse a la escritura. “El clima está horrible, un calor espantoso, lo nunca visto”, resume la escritora la ola de calor que afecta a varios países de Europa. La autora de la novela Gema y de la recopilación Hombres elegantes y otros artículos explica las razones por las que la “autoficción”, uno de los géneros que practica, le parece un término “muy discutible”. “Me molesta un poco de la autoficción el hecho de poder cambiar la realidad según mi voluntad, o sea, basarme en la realidad, usarla, explotarla, pero con el derecho a que si algo no me gusta o no encaja o no me parece lo bastante literario, cambiarlo. Ese ‘derecho’ me parece un poco dudoso, creo que o bien cuentas lo que ocurrió ciñéndote a los hechos, o bien inventas. Pero en fin, es algo muy personal y que atañe solo a lo que yo escribo. Hay autores de autoficción que me encantan y leo ávidamente, pero yo, como escritora, decidí quedarme con el ‘auto’ y dejar de lado toda ficción. Luego lo que ocurre es que la ficción se cuela en lo que uno escribe a pesar de todo, del mismo modo que se cuela en nuestra vida”.

La escritura como campo de batalla

-¿Por qué en “Las palabras justas” aparece una especie de enamoramiento respecto de Madrid como ciudad y cierto hastío hacia Barcelona, que es tu ciudad natal?

No me ha pasado solo a mí porque hay un hombre en Madrid del que estoy enamorada; es un sentimiento general: Barcelona es una ciudad un poco deprimida; hay una sensación de hastío y de cansancio. Madrid ha sabido salir del Covid de una forma mucho más brillante. No sé si es puro azar o casualidad o si responde a algo. En Madrid hay más latinoamericanos, con lo cual da más animación. En este momento Madrid está muy divertido; pasan muchas cosas, la gente está muy contenta. En Barcelona la sensación es que nos está costando más retomar el vuelo. Puede que sea solo una cuestión de tiempo y dentro de seis meses todo vuelva a estar normal.

-Chéjov es una especie de héroe de “Las palabras justas”. Quienes te vienen leyendo ya sabían de tu gusto por Proust, pero no habías blanqueado tu pasión y admiración por el autor de “Tío Vania”.

-Hombre, ¡es muy bueno Chéjov! En mi época de editora había publicado una selección de cuentos que había hecho Richard Ford. Me estoy dando cuenta de que a veces hace falta una cierta madurez para entender los textos y los autores. Me pasó con Chéjov y me está pasando ahora con Miguel Delibes, que es un autor que había leído en el colegio porque en España es obligatorio. Me gustaba, pero no me apasionaba, y lo estoy releyendo ahora con pasión; me está enamorando. En el caso de Chéjov me gustaba muchísimo, pero a raíz de una obra de teatro que vi volví a Chéjov. Es un autor magnífico, de una modernidad increíble. Sí, lo amo, soy muy apasionada con los autores que me gustan. No pongo ninguna distancia; leer sigue siendo una parte importante y feliz de mi vida.

-En cambio tu relación con la escritura no está marcada por la idea de felicidad; en una de las entradas de “Las palabras justas” escribís: “demasiado feliz para escribir”. ¿La escritura surge de una incomodidad, de una molestia o desajuste con el mundo?

-La escritura siempre nace de una incomodidad con el mundo. Esa entrada en la que digo “demasiado feliz para escribir” es porque quiero decir “demasiado enamorada” para escribir. Hay que tener un cierto equilibrio para escribir; no puedes ser excesivamente feliz porque cuando estás en plena euforia no tienes la frialdad necesaria para enfrentarte a un texto, y tampoco puedes estar demasiado angustiado o atemorizado porque entonces el miedo te paraliza. Tanto la felicidad como el miedo paralizan al escribir. Yo me enfrento a la escritura más bien con muchísimo respeto y con un poco de temor. Lo más difícil de ponerse a escribir es abrir el ordenador; ya no es empezar a teclear sino decir “voy a escribir”; hacerlo es un acto en sí mismo de enorme valentía. En la escritura te enfrentas a todo; si lo haces honestamente la escritura es un campo de batalla donde te juegas la vida cada día, y eres perfectamente consciente del fracaso, al menos yo. Cuando estás escribiendo algo que es válido, tú sabes si lo que estás haciendo responde a algo verdadero o si estás dando golpes de ciego y sin acertar en absoluto. Una vez que tienes unas cincuenta páginas de un libro, una vez que está un tono y el formato que tendrá (si será un relato corto o un diario), vas un poco más cómodo en la escritura.

Susurrar al oído

-Se podría decir que “Las palabras justas” es el diario de una mujer enamorada de dos hombres: de Chéjov y de J. ¿La idea era escribir un diario durante un año en la vida de una mujer y entonces aparece J. o el diario era la excusa para escribir sobre el enamoramiento?

-Jota se llama Javier… Estaba aburrida de la autoficción, sabía que la ficción no es lo mío y que quería seguir indagando en la “literatura del yo”; entonces empecé a escribir una cosa que no sabía muy bien si serían pequeños artículos o aforismos. Había leído a La Rochefoucauld, un escritor francés del siglo XVI, y los diarios de Jules Renard, y empecé a escribir sin poner fechas. No era un diario al principio. A un tercio del libro me di cuenta de que había un peso de la intimidad muy importante, como siempre en lo que escribo. Entonces pensé que el mejor formato es un diario, que permite la libertad de poder decir las locuras que quieras o escribir sin ningún tipo de trabas. Javier solo aparece a partir de mayo o junio, lo conozco bastante entrado el año. Y no falseé nada. Tenía claro que aparte de ser honesta con mis ideas y mis opiniones no quería ningún tipo de autocensura, que es uno de los peligros de la actualidad. Los escritores, para ser más amables, algo que es positivo, acabamos autocensurándonos muchísimo. La parte buena es ir con más cuidado con el prójimo y los grupos más vulnerables, pero por otro lado acabas cerrando la boca en cosas que es bueno decir porque artísticamente te hace ir un poco más lejos. Pero Javier no fue la excusa.

-¿Qué buscan los lectores en los diarios de los escritores?

-El diario te permite una cercanía absoluta. No hay ningún formato (ni la novela, ni la poesía, ni el ensayo) que tenga esa sensación de susurrarle al oído a los lectores. Esta cercanía me interesa no solo en la escritura sino en la vida. Y se nota en lo que escribo. Soy muy entusiasta, soy un poco pueril, tengo muy poca distancia con la vida. A pesar de tener cincuenta años, todo lo vivo muy a flor de piel, con poca barrera. Por eso la autoficción y el diario son formatos que encajan tan bien, porque me permiten una cosa muy rápida, muy inmediata.

-¿Escribiste otros diarios?

-Sí, tengo bastante diarios íntimos de niña y adolescente, que están en cajas; no los he vuelto a mirar. Seguro que son horribles. Las niñas un poco raras a las que nos gustaba leer teníamos un diario. No sé si las jóvenes ahora lo siguen haciendo.

-Quizá el Instagram sea como el diario de estos tiempos, ¿no?

-Pero es distinto… un diario íntimo en la adolescencia es algo muy secreto; en la adolescencia es cuando descubres el valor de la vida íntima y te encuentras contigo mismo.

En Instagram se escriben textos íntimos, pero no hay intimidad, ¿no?

-Los diarios me encantan, pero nunca en la vida me hecho una selfie porque soy de otra generación. Me daría una vergüenza terrible, me parecería rarísimo. Los jóvenes han cambiado muchísimo; esta explosión de la imagen propia me sorprende y me preocupa un poco por la importancia máxima del aspecto físico, que es temporal y por lo que se puede hacer tan poco. Si te dedicas a escribir, puedes aprender a escribir, puedes mejorar. Hay técnicas y la experiencia te puede dar una visión más honda de las cosas. En el mundo en que me eduqué nos enseñaban que el aspecto físico no tenía ninguna importancia; que lo importante era lo que pensabas, lo que hacías. Claro, no teníamos móviles, no podíamos hacer fotos con esa facilidad. Quizá tengas razón tú porque veo que en el Instagram también escriben mucho. Lo cual es bueno.

Tierra mítica

En “Las palabras justas” señalás que te llama la atención que muchas de las personas que te siguen en Instagram se definen como escritores. ¿Por qué hay tantos?

La semana pasada estaba pensando en buscarme otro trabajo y dejar de escribir. Tengo 50 años, he publicado algunos libros que han gustado mucho y aún dudo si merezco el honor de llamarme escritora. Tal vez tengan razón ellos y hay que perder un poco este síndrome del impostor que parece un problema. Tal vez este miedo a decir “soy escritor” impide hacer más cosas…No lo sé. Me choca la facilidad con la que la gente se autodenomina escritor, cuando para mí ser escritor es como subir al Everest. Me siento escritora en muy pocas ocasiones. Yo me siento a los pies de Kafka, de Chéjov, de Delibes. No cualquiera es escritor, no cualquiera es lector. La literatura es una tierra mítica para mí, no sé por qué. Podría ser al contrario porque nací en un mundo de editores y escritores, pero en vez de hacer que sea una cosa familiar nunca he podido perderles el respeto y la admiración. Igual no está mal que todo el mundo diga que es escritor. Al mismo tiempo que hay más gente que se llama escritora, hay mucha más gente que no estamos seguros si somos escritores. Este síndrome de estar en falso, esta inseguridad vital, es un signo de los tiempos.

-¿Por qué en “Las palabras justas” aparece la preocupación por la cuenta bancaria y la economía de un escritor?

-Decidí ponerlo por la imagen muy glamorosa del escritor con un poco de éxito; una persona como yo que vende bastante libros no puede vivir de escribir. Tengo dos hijos y no es fácil. Podía poner la parte de Milena más burguesa, pero como quería la sinceridad pensé: hay días en los que la preocupación por el dinero para un escritor es muy acongojante. Y está bien decirlo porque es una profesión que se ha glamorizado y por eso muchos dicen que son escritores porque no son conscientes de lo que cuesta vender un libro. Es muy difícil vender libros. Me parecía un ejercicio de honestidad, aunque yo fui educada en que hablar de dinero es de muy mala educación; pero me parecía que este tabú hay que romperlo y es mejor reconocer que hay épocas en que tienes dinero y épocas en que no. Incluso un escritor de éxito normalmente vive con un dinero justo. Y está bien que se sepa.

-¿Cuántos libros vendiste con “También esto pasará”?

-No sé la cifra exacta, pero sólo en español unos 120 mil libros. Yo me administro muy mal. Soy un desastre. Seguro que otro escritor lo tendría todo en el banco y tendría mucho dinero. Yo cuando tengo mucho dinero invito a mis amigos a cenar, me voy de viaje con mis hijos, compro cosas para todo el mundo. Conocí a James Ellroy en un cóctel en Barcelona y le conté lo que había pasado con También esto pasará y que los americanos me habían pagado mucho dinero y que se había vendido a 30 países. “¿Quieres que te dé un consejo?. Ahórralo todo porque si no se gasta todo y no tendrás nada”. Evidentemente no le hice caso (risas). Un escritor no es la persona más prudente del mundo. Si eres muy prudente, no te dedicas a escribir.

-¿El porcentaje que se queda un autor, el 10 por ciento del precio de venta del libro, debería ser mayor?

-No lo sé…es verdad que ganamos un porcentaje pequeño. Y de ese diez por ciento se queda un diez por ciento tu agente. No sé en base a qué está calculado y si debería cambiar. Lo que está claro es que hay mucha gente involucrada en hacer un libro y en venderlos y que también deben vivir ellos. Los libreros también deben vivir y no conozco libreros ricos. Los traductores, que considero que son artistas, cobran una miseria, cuando traducir es un trabajo muy difícil y sé lo que cuesta porque hice traducciones. No sé si habría una forma más ecuánime o justa de repartir el dinero.

El amor por el padre

-Una figura importante en “Las palabras justas” es tu padre, el poeta Esteban Busquets, que murió cuando tenías 17 años. Con él te sentías “a salvo”, con tu madre no. De hecho afirmás que “También esto pasará” debería haber sido sobre tu padre. ¿Tu próximo libro será sobre tu padre?

 

-Mi padre fue muy importante. Junto a mi abuelo representa el amor incondicional. Mi madre en cambio representa la exigencia máxima, el listón siempre un poco más alto. Lo que estoy escribiendo ahora no es sin embargo sobre mi padre. Estoy al principio, no puedo decir más porque lo ignoro casi todo aun.

Fuente:Página12

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