Igualdad

Adopción: el derecho a la familia trasciende la edad, el género y la clase social

Todos los días son un gran día para repensar los estereotipos de género. Sin embargo, entre las efemérides más sesgadas por miradas sexistas, el Día de la Madre brilla por sus bajadas de línea sobre la maternidad y cuál es la forma “correcta” de ejercerla.

Si bien también se hace referencia al Día de la Familia, poco énfasis se pone en repensar los roles de género y la estructuración familiar. Sin importar cuánto empeño pongamos en cambiar la suma, el resultado en el imaginario social, impulsado por publicidades flojas en perspectiva de género, siempre es el mismo: mamá, papá, dos hijes y un perrito. Pero, ¿qué pasa cuando no hay mamá y papá? ¿Y cuándo mamá, papá y les hijes se conocieron ayer?

La Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF) del Ministerio de Desarrollo Social y el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación presentaron de manera conjunta la Campaña Nacional de Adopciones cuya propuesta es: “Crecer en familia es un derecho. Elegí adoptar”.

Esta campaña nace a raíz de datos proporcionados por la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con fines Adoptivos (DNRUA), la cual indica que de las 2.583 familias postuladas para adoptar, el 87,53 por ciento aspira a vincularse con niños y niñas de menos de dos años. “De 100 familias o personas inscriptas, sólo 17 adoptarían niños, niñas o adolescentes con discapacidad, apenas 2 adoptarían grupos de hermanos (grupo fraterno), y sólo 1 adoptaría adolescentes”, explicó Alejandra Shanahan, directora nacional de Promoción y Protección Integral de la SENAF, en diálogo con Feminacida.

Luisa Paz: “No me siento mamá, soy una compañera de la vida”
Luisa Paz es delegada del INADI en Santiago del Estero y militante trans histórica (fue de las primeras en recibir el DNI con su nombre). Como si no fuera suficiente, también es la primera mujer trans en adoptar dos adolescentes: Gilda y Feliza. Entrevistada por Feminacida, Luisa relata cómo junto a su compañero José encararon la vinculación y futura adopción de sus dos hijas y nietas.
– ¿Cómo conociste a Gilda?
Como delegada del INADI, un día me llamó la directora de uno de los hogares de protección para niñas adolescentes de Santiago del Estero. Me comentó que necesitaban que diera un taller por un caso de bullying a una nena que se reconocía lesbiana. Cuando llegué, me atendió una niña con un bebé y otra nena de aproximadamente 3 años, que lloraba con una bombachita en la mano. Se me ocurrió tenerle a la beba para que pueda cambiar tranquila a la otra nena. Ya en la oficina, y aún con la bebé en brazos, la directora me dice: “¡Ah! Estás con Silvinita, son tan especiales ellas”.

Nos pusimos a planificar los talleres y la directora me llevó a recorrer el hogar. Me presentó, también, a las 11 chicas adolescentes que vivían allí. Me contó la historia de Gilda, la adolescente que me abrió la puerta, que en ese entonces tenía 16 años. “¿Qué va a pasar cuando cumpla 18?”, le pregunté a la directora. “A los 18 tiene que dejar el hogar”, respondió. Eso me interpeló profundamente, me hizo ver mis privilegios. Iba a volver al lugar donde había sido abusada y violentada. Volví a mi casa y lo hablé con mi compañero: “Mirá José, hay una niña a la que tenemos la posibilidad de cambiarle la vida”, le dije. Quería convencerlo de que la conociera para que podamos iniciar la petición de vinculación. Nosotros ya teníamos la carpeta y estábamos en el registro de adoptantes. Al volver al hogar, la directora me dijo: “Mirá que es la mamá y las dos nenas”, a lo que respondí: “Lo sabemos, y no hay ningún problema”. Así comenzó todo con Gilda.

– ¿Y a Feliza?
Con Feliza fue distinto. Al comienzo de la pandemia, la directora me comentó que nadie iba a trabajar en el hogar y debían ubicar a todas las niñas en hogares de acogida. Me ofreció tener a Gilda y a las dos chiquitas, a lo que aceptamos inmediatamente. A la semana me contó que Gilda tenía una hermana con retraso madurativo que también estaba en el hogar, Feliza. “Es un despropósito llevarla sola a otro lugar, su único lazo familiar es Gilda”, me dijo, así que le pedí que me la traiga. Ahora, si bien hablo maravillas del proceso, ni yo ni mi compañero sabíamos lo que era convivir con una adolescente con retraso madurativo.

Al reabrir el hogar, necesitaban que llevara a Feliza, ya que nosotros sólo estábamos en proceso de adopción con Gilda. A la directora le preocupaba que ya no había motivo legal para que estuviera con nosotros y tampoco quería que se encariñe. En ese momento senté a Gilda y a mi compañero para comentarles la situación, les expresé que me parecía cruel enviarla de vuelta al hogar. Ambos coincidieron conmigo en que comenzáramos el proceso de adopción de Feliza. Así fue como la incorporamos a la familia, aunque la verdad es que ella nos aceptó a nosotros. Hoy nos gusta ver cómo ha podido crecer a raíz del amor.

– ¿Cuándo te sentiste mamá por primera vez?
Yo no me siento una mamá. Siento que la historia de ellas me movió todo el alma. Les dimos eso que se les había arrebatado, los Derechos Humanos, para que puedan encauzar sus vidas de la mejor manera tras 14 años de sufrimiento que vivieron con su familia biológica. Ellas tienen una mamá que falleció. Cada tanto le pregunto a Feliza: “¿Y tu mamá?”, ella me responde: “¡Vos, chica!”. Cuando le pregunto de nuevo, me dice: “Mi mamá ha fallecido, se llamaba Elena”. Esos son los únicos recuerdos que tiene y por ningún motivo le sacaría eso. Al hacer el trámite para tener nuestro apellido, Gilda quería cambiarse el nombre. Yo le dije: “No, Gilda, ¿qué te queda de tu mamá? Tu mamá te puso ese nombre, conservalo”.

Sí me siento una compañera que les extendió una mano para que caminemos juntas. Pero no atento contra lo que ellas sienten. Gilda me dice “mamá”, las nenitas me dicen “abuela”, y yo respondo a eso, pero para mí soy una compañera de la vida.
– ¿Enfrentaste los mitos con respecto a la adopción de adolescentes?
Sí. El estigma con Gilda. Me han dicho: “Te va a salir puta”. La lupa se agiganta cuando se trata de una adolescente adoptada. Como ya tiene dos hijas, se asume que no necesita andar con changos. Esas dos hijas no las tuvo por amor, las tuvo por imposición. No ha vivido su sexualidad por gusto, ha sido violada. Ahora tiene la oportunidad de elegir con quién quiere estar.

Un día vino a contarme que en la escuela nocturna conoció a un muchacho. Estaba con una sonrisa de oreja a oreja porque la invitó a comer un pancho al parque. Para ella era tan significativo que un chico la invitara al parque, sin violencia o abuso. ¿Cómo no permitirle que experimente eso? Hoy tiene 20 años, está viviendo con su novio y sus dos hijas. Nosotros experimentamos el nido vacío, José está yendo a terapia. Les hemos dado todo cuanto hemos podido para que ella sepa defenderse, conocer sus derechos y que nadie que ella conozca, ni sus hijas, deban vivir lo que vivió ella.

– ¿Te sentiste en desventaja para la adopción por ser una mujer trans?
Yo fui la primera en tener prejuicios. Pensaba que no me iban a dejar adoptar por ser trans. Venía con la mochila de los años 80, de Mariela Muñoz. Esas cosas quedan en otras compañeras trans y por muchos años no quise avanzar. Cuando tenía la carpeta aprobada y conocí a Gilda, no me preocupaba que se enterara y dijera “no quiero”, tenía la atención puesta en que yo debía cambiar el rumbo de su vida. Ni siquiera pensamos en que íbamos a darles de comer a cuatro niñas, lo primordial era evitar el destino que se les venía. La primera vez que vino a la casa, mis amigas vinieron a conocerla. ¿Quiénes son mis amigas? Las trans. Yo creo que no hizo falta aclarar nada y ellas jamás me preguntaron. Hasta el día de hoy les dicen “tías” y hablan como nosotras, me encanta que hayan aprendido ese lenguaje.

Desactivar los mitos
Cuando se habla de adopción, son muchos los preconceptos que tenemos sobre el sistema y el proceso que implica vincularse con un niño, niña o niñe. Para sensibilizar a la sociedad y repensar el modelo de adopción, la campaña trabaja con cinco grandes mitos.

El primer mito se relaciona a lo complejo que es adoptar. “La realidad es que para inscribirse no hay más requisitos que ser argentino o nacionalizado y mayor de 25 años”, aclaró Shanahan. En las placas difundidas a través de las redes sociales de la SENAF, se cita a Mónica, trabajadora social, quien destaca que “han habido procesos de 30 días”. Acostumbrades a pensar la adopción de forma unilateral, es importante recordar que la prioridad en un proceso de vinculación es encontrar a la mejor familia cuidadora para les niñes y adolescentes.

El segundo mito es que todes les niñes y adolescentes están “disponibles” para ser adoptades. Cuando los organismos de niñez intervienen y deciden separar a un niño o niña de su familia de origen debe haber graves vulneraciones de derechos. Como primer recurso se debe trabajar con las familias la posibilidad de restitución. “Si después de este trabajo que hacen los organismos, no es posible la restitución o no hay familia, familia ampliada o referentes afectivos, se determina la situación de adoptabilidad”, amplió la funcionaria.

Según datos del DNRUA, los niños, niñas y adolescentes en situación de adoptabilidad determinada son 2.200 en todo el país. En paralelo, hay más de 2.500 personas adultas esperando poder adoptar y en más del 90 por ciento de los casos, su voluntad adoptiva sólo incluye niños y niñas en la primera infancia.

El tercer mito se vincula con la creencia de que adoptar adolescentes conlleva una carga mayor ya que tienen una historia previa. Desde la SENAF, incentivan la apertura a vivir una experiencia de amor y convivencia a quienes tengan la voluntad de incluir uno o más miembros a su familia. Su compromiso es acompañar a ambas partes en el proceso y estar a disposición siempre.

El cuarto mito que circula es la idea errónea de que la heteronormatividad tiene privilegios en el proceso de adopción. “No es así, partiendo de la base de que hay chicos o chicas que piden sólo una mamá, sólo un papá”, sostiene Shanahan. De acuerdo al Código Civíl y Comercial, las personas en situación de adoptabilidad tienen que ser parte del proceso y estar de acuerdo con la familia que vaya a adoptarle.

El quinto y último mito es que hay que tener un gran poder adquisitivo para adoptar. Sobre esta suposición, la funcionaria afirma: “La adopción no es una cuestión de clase, es una cuestión de amor. Nosotros desde el Estado tenemos que acompañar, si hay alguna situación que lo requiera, con programas que haya disponibles y que no haya una limitación por una cuestión social”.

Fuente:feminacida

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